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Descanse en paz maestro

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Ha muerto José Luis Sampedro, un sabio de esos que se cuentan con el dedo de una mano, que decía aquel. De los que de verdad encajan en la definición de maestro, una palabra depreciada muchas veces. No estoy a la altura para hacerle un homenaje con mis propias palabras. El mejor homenaje es pararse un momento a escuchar las suyas, a aprender y a pensar por nosotros mismos.

Que la tierra le sea leve, maestro.

El hombre del traje blanco

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Viendo por la tele como Francisco, el nuevo Papa de Roma, nos bendecía desde su balcón pensaba que ya tenía tema para esta semana.  ello esta semana. Pero no era el Papa. Deslumbrado por la blancura inmaculada del cardenal argentino recién ascendido me vino la imagen de otro hombre con traje blanco nuclear: Alec Guiness. No me digan que Sir Alec no daría bien como Papa. Y en cierta manera lo fue, nada menos que Obi Wan Kenobi, cardenal destacado del jediismo. Así que en mi retorcido sentido de la actualidad hoy les voy a hablar de cine, de una peli que me marcó: El hombre del traje blanco. Y, más concretamente, de su escena final.

El hombre del traje blanco (The man in the white suit, 1951) es película británica dirigida por Alexander Mackendrick para la productora Ealing, creadora de deliciosas comedias británicas durante los años 40 y 50. El argumento nos lleva a Sidney Stratton (Alec Guiness), un científico solitario y visionario; un químico graduado en Cambridge que ha salido rebotado de sus últimos siete empleos y al que solo le interesa su investigación para lograr un tejido que no se rompa ni se ensucie. Está dispuesto a lo que sea para conseguirlo. Stratton consigue el tejido, un éxito que acabará enfrentándole a todo el mundo ya que ni a patronos ni a obreros les interesa, supondría el fin del sistema tal como se conoce.

La escena elegida en esta ocasión son los últimos 15 minutos de película, cuando la película enloquece por completo:  Stratton ha conseguido hacerse el traje e inicia una alocada huida con la intención de publicar su descubrimiento, mientras todo el mundo intenta impedírselo.  Seguir leyendo El hombre del traje blanco

Enric Durán, el Robin Bank de Vilanova

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Escribo en estas páginas para hacer público que he expropiado 492.000 euros a 39 entidades bancarias a través de 68 operaciones de crédito. Incluyendo los intereses de demora, la cifra actual de la deuda es de más de 500.000 euros que no pagaré”.

Así empieza, en catalán, la carta que Enric Durán publicó en la revista Crisi el 17 de septiembre de 2008. Dos días antes había quebrado Lehman Brothers y 12 días después tiene lugar el llamado “lunes negro”, en el que la Bolsa de Nueva York experimenta la mayor caída de su historia en un solo día. Ya es oficial, el experimento del mercado financiero autorregulado se convierte en una pesadilla interminable para los de siempre.

Durán califica su acto como “una acción individual de insumisión a la banca” con el objetivo de denunciar al sistema bancario y la cultura del consumo a crédito, y a la vez destinar el dinero expropiado a iniciativas sociales para crear riqueza al margen del sistema.

Tras una huida a Brasil y Venezuela regresa, ya que su intención siempre fue difundir su acción y que sirviera de ejemplo y reflexión pública. El 17 de marzo, seis meses después de su confesión pública, ofrece una rueda de prensa para presentar una nueva revista Podem!, pagada, como Crisi, con el dinero expropiado. Aquella misma tarde le detienen e ingresa en prisión, en la que pasa 65 días hasta que se le concede la libertad bajo fianza. El próximo martes, 12 de febrero de 2013, va a empezar su juicio, en el que el fiscal pide 8 años de cárcel. Un caso que con un jurado popular sospecho que le saldría a devolver a Durán, aunque también sospecho que no va a tener tanta suerte como Camps.

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El Padrino, el espejo del arte

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Retomo mi sección de escenas de películas con El Padrino (The Godfather, 1972), dirigida por Francis Ford Coppola e interpretada en sus papeles principales por Marlon Brando, Al Pacino, James Caan y Robert Duvall, entre otros. La historia se basa en una novela de igual título escrita por Mario Puzo en 1969 y que se había convertido en poco tiempo en todo un bestseller. El guión lo adaptaron Puzo, Coppola y Robert Town, no acreditado pero que escribió algunas escenas, entre ellas la que luego destacaré.

Lo que inicialmente iba a ser una película de bajo presupuesto dirigida por un Coppola de 31 años prácticamente novato, se convirtió en una trilogía (The Godfather II, 1974; The Godfather III, 1990) que aparece en todas las listas de las mejores películas de la historia del cine.

Desde el principio soy consciente que no hay nada nuevo que decir sobre El Padrino.  Pero cada vez que me la encuentro el resto de mi vida se espera un rato hasta que acabe. Tal vez haya mejores películas pero a mí ninguna me provoca el mismo efecto y muy poquitas me gustan cada vez más pasados los 10 visionados.  En esencia la película cuenta un periodo de la vida de una de las familias del crimen organizado (cuidadosamente se eliminó la palabra mafia del guión) de Nueva York justo después de la Segunda Guerra Mundial, concretamente el traspaso del poder del padre a uno de los hijos. En ese sentido se ven ecos de El rey Lear en la película, un film que habla de casi todo: el poder, la política, la violencia, la moral, la familia (sobre todo); en definitiva, de la condición humana.

La película está repleta de escenas intensas, memorables. Precisamente eso es lo que algunos críticos le echan en cara como uno de sus defectos: a veces más que una narración fluida se convierte en una sucesión de buenas escenas que no se integran en el relato. Como sea, el caso es que acabada una, ya quieres ver la siguiente.  Todas son formidables, pero hoy destacaré mi favorita tras el enésimo visionado: en la que Michael toma las riendas y se convierte en el jefe de la familia. El cambio se ritualizará en la escena final, pero lo vemos antes, cuando todavía están vivos tanto el padre como Sonny, su sucesor oficial.

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Lo llaman pato y no lo es

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En los anuncios el helado es puré de patata. Cuando me enteré, hace muchos años (ahora tal vez usan otra cosa), fue uno de esos momentos en los que notas que maduras de un salto. Nuestros sentidos nos engañan. Eso lo saben los científicos, los artistas, los filósofos y los magos. Pero necesitamos tierra sobre la que caminar y no podemos estar todo el día y todos los días preguntando a la razón; necesitamos confiar en lo que vemos, oímos y tocamos.

Nunca hemos tenido tantos medios técnicos para acercarnos a la verdad. Pero esos mismos medios multiplican las posibilidades de ocultarla o disfrazarla. Corremos, algunos, hacia una meta que se aleja de nosotros a la misma velocidad. O tal vez más rápido, como cuando intentas salir de las arenas movedizas y te hundes más a cada paso.

Esta intensa introducción en plan listocongafas me ha venido al recordar noticias de días pasados sobre las marcas blancas de algunos hipermercados y relacionarlas con la Consti que celebramos estos días. La conclusión es clara, tenemos una democracia marca blanca. No se llama Hacendado sino “Santa Transición”.

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25N, Catalunya desde el aire

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Queda una semana y sigo indeciso, tan despistado que no se ni en qué país vivo. El 25N hay elecciones al Parlament de Catalunya y parece que son las elecciones del siglo, como un clásico pero elevado a infinito y más allá. Se pretende iniciar un camino incierto que puede llevarnos a situaciones tan extremas como no saber qué competición jugará el Barça en los próximos años. Imagínense.

Aunque los mensajes apocalípticos, generalmente foráneos, no han calado en la sociedad catalana (en el Juicio Final llevaremos abogados y algo apañaremos antes de entrar en la sala) la cosa es seria. Y como veo que pasan los días y sigo sin ver la luz, decido echar un vistazo a los carteles electorales para que me iluminen. No soy un experto en comunicación política, ni en todo lo demás, pero acabo de recibir la tarjeta oro de Caprabo y eso debería significar algo. Tal vez encuentre la verdadera esencia de los partidos encerrada en unos píxels. En ese momento el espíritu de la democracia me susurra que pase de carteles y que base mi decisión informándome en los programas electorales. ¿Programas electorales? El espíritu ese es tonto perdido.  Seguir leyendo 25N, Catalunya desde el aire