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Cruzarse de brazos. La historia de August Landmesser

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Muchas veces los actos más heroicos son los gestos más simples. Como cruzarse de brazos. Todo depende del contexto, de lo que hagan los demás. A veces decir no o mantenerse quieto, con los brazos cruzados, es lo más difícil. Que se lo digan a August Landmesser.

Observen la fotografía tomada en los astilleros Blohm und Voss de Hamburgo el 12 de junio de 1936. Ese día se procedía a la botadura del barco escuela Horst Wessel y el propio Adolf  Hitler  había venido a presidir el acto. Al paso del Führer todos los trabajadores levantan el brazo, como está mandado.

Bueno, no todos.  Uno de ellos, solo uno, se cruza de brazos y le niega el saludo al dictador. Un hombre anónimo que en ese momento pasaba  a la historia como el hombre de los brazos cruzados.

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Claudette Colvin, la otra

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Si una ley es injusta, es lícito no acatarla
Henry David Thoreau

Mientras más obedecíamos, peor nos trataban
Rosa Parks

Si hablamos de desobediencia civil, de desobedecer leyes injustas, no solemos acordarnos de Claudette Colvin, su nombre no nos dice nada.

En seguida nos vienen a la mente Mandela o las sufragistas inglesas, unas señoras muy desobedientes que consiguieron el voto para la mujer.  Y, sobre todo, Rosa Parks, la costurera que en diciembre de 1955 se negó a ceder su asiento en el autobús a un blanco, tal como marcaban las leyes de Alabama. Parks, pasó la noche en el calabozo y pagó una multa de 14 dólares, pero a la vez fue un símbolo para el inicio del movimiento en favor de los derechos civiles y el fin de la segregación racial en Estados Unidos. Eso es lo que consiguió Rosa al no obedecer una ley injusta.

Pero, como sugería al principio,  no quiero hablar de Parks, que ya la conocemos. De quien quiero hablar hoy es de Claudette Colvin. La otra.

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Kristallnacht, la noche gloriosa de Der Stürmer

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La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938,  un país presuntamente civilizado protagonizó uno de los actos más indignos de la historia contemporánea. Hito que no es nada fácil, con la propensión a los actos malvados que tiene la historia de cualquier época. Fue la Kristallnacht, la noche de los cristales rotos. 

Por toda Alemania y Austria se desató la violencia contra los judíos. Las cifras varían pero se estima que hubo un centenar de muertos y más de 30.000 detenidos, en su mayoría deportados posteriormente a los campos de concentración. 

Para que nadie se confunda: los detenidos no fueron los linchadores sino las víctimas. Sus viviendas y comercios fueron saqueados,  las sinagogas incendiadas, así como las escuelas y hospitales judíos.

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Síndrome de Cotard y “cotard inverso”

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Un consulta médica en Japón en 2012. El paciente, de 69 años, se dirige al doctor en estos términos: “creo que estoy muerto, me gustaría conocer su opinión”. El médico, supongo que tras un momento de sorpresa, le hace ver que si estuviera muerto no podría estar hablando en ese momento. El paciente, efectivamente, no se lo explica, por algo ha ido a consulta. Lo imagino inquieto ante la falta de perspicacia del médico.  Después de un año de tratamiento psicológico el paciente se recuperó. “Ahora estoy vivo, pero estuve muerto una vez”.

En 1990, un joven escocés tuvo un accidente de motocicleta en el que recibió una fuerte contusión cerebral. Salió del hospital convencido de que estaba muerto. Su madre lo llevó a Sudáfrica y el calor le confirmó que le habían llevado al infierno, mientras su cuerpo seguía muerto en Escocia.

En 2004, un británico de 48 años llamado Graham se despertó un día convencido de que estaba muerto. Meses antes, aquejado de una profunda depresión, había intentado electrocutarse en la bañera y por eso estaba seguro de que su cerebro había dejado de funcionar: “les decía a los doctores que las pastillas no iban a servirme de nada porque no tenía cerebro, me lo freí en la bañera”.

Dejó de fumar y de hablar, perdió el interés por comer, no tenía sentido para un muerto hacer nada de eso. Los médicos le sometieron a un escáner cerebral que les sorprendió. Mientras Graham estaba despierto e interaccionando con otras personas su cerebro mostraba una actividad similar a una persona anestesiada o en estado vegetativo. Tras el tratamiento, Graham empezó a mejorar y acabó sintiéndose vivo de nuevo, aunque “las cosas se ponen un poco raras a veces”.

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Aprender a defenderse

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En 1975 a Martin Seligman se le ocurrió dar una serie de descargas eléctricas a unos perros para ver cómo reaccionaban. No era un psicópata con mucho tiempo libre, sino un  psicólogo realizando un experimento serio. Claro que eso se lo deberíamos contar a los perros. El resultado fue la Teoría de la Indefensión Aprendida (learned helplessness) y su relación con la depresión. 

El experimento consistía en colocar a unos perros en unos habitáculos donde se les propinaban descargas eléctricas, sin ningún tipo de patrón o justificación. Al primero se le daba la oportunidad de parar la descarga impulsando con su hocico una palanca, al segundo no se le daba ninguna posibilidad de detenerla. Después se les pasaba a otros habitáculos, donde se les volvía a infringir descargas eléctricas. La diferencia es que de estas podrían librarse fácilmente, solo tenían que saltar una pequeña valla para salir de allí. El primero de los perros lo hacía a la primera, sin problemas. El segundo no se movía, simplemente soportaba la descarga resignado. Había aprendido a estar indefenso y se resignaba a su suerte. Seguir leyendo Aprender a defenderse

La Tercera Ola

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La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona.
(Voltaire)

En 1967, Ron Jones era un joven profesor de Historia de la Cubberley High School, en Palo Alto, California, que se había encontrado a menudo con una pregunta de sus alumnos: ¿cómo pudo prosperar el nazismo en un país tecnológica y culturalmente tan avanzado como la Alemania de los años 30? Su respuesta fue crear La Tercera Ola.

Iba a ser solo una semana, pero una semana muy intensa para sus alumnos. La velocidad con la que aceptaron el experimento fue escalofriante y sorprendió a todo el mundo. El propio creador se vio afectado y reconocía posteriormente: “Mi ego se infló, me gustó”.

Pero vayamos paso a paso, son sólo cinco días.

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