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La Navidad de 1914

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Hace más de cien años, la Navidad de 1914 en Europa, y más concretamente en los campos de Bélgica, fue muy diferente. Ese verano había empezado la Primera Guerra Mundial y los hombres se mataban con saña en el barro.

Pero era Nochebuena y el Káiser quiso tener un detalle con sus chicos, que recibieron abetos para decorar y, más importante, raciones extras de pan, salchichas y alcohol. El frente estaba en calma y la cosa empezó a animarse, los alemanes se arrancaron con Stille Nacht (Noche de Paz) el villancico austríaco compuesto un siglo antes y ahora universal.

Al otro lado, tras la sorpresa inicial, los británicos  se sumaron a la fiesta, contraatacando con sus villancicos. Y luego se volvió todo un poco loco, en el buen sentido. Unos alemanes se armaron de banderas blancas y se lanzaron a la tierra de nadie: “¿Hey Tommy, quieres unas salchichas?”; “OK Fritz, te las cambio por chocolate” contestaron los ingleses.

Y allí se juntaron, estrecharon sus manos, intercambiaron comida y compartieron bebida y tabaco. La mayoría no se entendía pero todos decían lo mismo porque eran iguales, más iguales que nadie en el mundo en ese momento.

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En Gaza las víctimas son culpables

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“La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. 
1984 (George Orwell)

 

La gente, ese concepto tan abstracto cuando no incluye a tu hermana, tu cuñado y tus dos sobrinos pequeños, sigue muriendo en Gaza. Muere desde hace muchos años y, aunque no lo parezcan, son siempre los mismos. Bueno, en realidad sí que nos parecen siempre los mismos ¿verdad?

Son morenitos de piel, pero no del mismo moreno que pasea sus rolex por Marbella, Dubai o donde quiera que vayan ahora esos ciudadanos del mundo. A esos, que se juntan con reyes o presidentes de todo pelaje, tanto les da un país o una nación sin estado, su única patria es Suiza. Su moreno no es de playa sino de yate, y la diferencia se nota. A la playa no van, que ahora caen bombas porque la situación es muy compleja. Tanto que a usted, una persona de inteligencia media-alta, le cuesta entender que quien ha matado a esos niños en la playa no ha sido el que ha tirado la bomba. Ni mucho menos. Pero para eso está la prensa, para explicarlo. Y si no lo acabamos de entender, al menos lo sentiremos así: esa es la clave.

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La experiencia de ser otro

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Esclavo de la actualidad como bien saben los lectores de este blog, hoy me he impuesto hablar de las elecciones europeas. Apasionante, lo se. Quiero empezar aclarando que el titular no hace referencia a que, viendo las encuestas, voy a hablar de una máquina que cambie a los representantes que el pueblo tiene pensado elegir por otros que se acerquen a la altura del reto que se nos presenta. Lamentablemente no existe tal artilugio mágico.

Pero sí hay otro en marcha que debería acompañar al acta de diputado, dietas, billetes en primera clase, tablet y demás prebendas. Junto a todo eso debería acompañar, como regalo, un pack de esos tan de moda: una invitación a vivir una experiencia.

A primera vista no es decir mucho. El lector avisado estará pensando que la publicidad, como con tantas otras, ha desgastado la palabra experiencia y ahora todo lo es: te compras una plancha (perdón, centro de planchado) para vivir la experiencia de planchar, un sofá para vivir una sit experience o la última marca de kleenex para vivir una experiencia de narices.

No, yo hablo de una de verdad. Habría que invitar a sus señorías a experimentar una sesión (tal vez dos para el señor Cañete) en la máquina para ser otro, un experimento que se está llevando a cabo en Barcelona.

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Tratado Transatlántico, atado y bien atado

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Mientras nos distraemos con la última ocurrencia sin sustancia de la campaña de las elecciones europeas, las corrientes subterráneas siguen fluyendo, la revolución neocon no se detiene. Una sola frase del tecnócrata digital Draghi vale más que mil discursos vacíos de quienes nos piden el voto, por nuestro bien. Hastiados y anestesiados por la cháchara intrascendente de la campaña electoral y el sálvame político de marhuendas de uno y otro signo, el ruido impide escuchar lo que importa. Pocos son los friquis que dedican un tiempo a leer la web de ATTAC, por ejemplo. Allí podrían enterarse de lo que las élites están cocinando para el futuro de Europa: la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones (Transatlantic Trade and Investment PartnershipTTIP).

Sus valedores, entre los que está ese trueno de Javier Solana, alegan a su favor que es la manera de defenderse de la creciente influencia de las nuevas potencias como China, principalmente. Estados Unidos y Europa deben unirse para defender sus intereses comerciales en el mundo ante los nuevos bárbaros. Y en esas están la Comisión Europea y el Departamento de Comercio de EE.UU. defendiendo la democracia a brazo partido. La Comisión Europea dice que provocará la creación de 400.000 empleos, Obama habló de millones de puestos de trabajo. Un nuevo hito para el progreso y nuestro bienestar.

¿Será por eso que todas las conversaciones se llevan en secreto?

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Fordlandia, una ciudad en ruinas

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Siempre me han fascinado las historias de megalomanías fracasadas. No por el goce morboso sino porque nos pone en nuestro sitio. En su momento hablé de Prípiat, “la ciudad del futuro”, una fantasía del paraíso socialista achicharrada súbitamente por la radioactividad. En el post la confrontaba con Detroit, una ciudad moribunda, un final más acorde con la fantasía capitalista. Y la ciudad de los coches me llevó, maravilla de Internet, a Fordlandia.

Podríamos decir que Fordlandia se encuentra en el punto más elevado de la soberbia de Henry Ford, pero para ser más exacto y menos pedante, en realidad se ubica en el Amazonas brasileño, a orillas del río Tapajós. O sea, en medio de la selva, entre Santarem y Belem.

La ciudad se construyó de la nada en 1930 en lo que no dejaba de ser una versión más de la típica colonia industrial del siglo XIX pero sin tanta clase como la Güell. Aquello era más bien como las Little boxes que cantaba Pete Seeger, puro american way of life.

Para Ford era tan importante la producción como su deseo de jugar a ingeniero social creando su sociedad ideal, su paraíso capitalista.
Pero al gigante de la industria esto le salió mal.  Aquella aventura acabó 16 años después con 20 millones de dólares gastados y una ciudad fantasma.

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Sandy, la isla del tesoro

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Hace unos días mi amigo Pep me habló de la Isla de Sandy, en el Pacífico Sur y estamos decididos a ir. Como somos gente previsora y no hacemos las cosas al tuntún, primero iremos de vacaciones, a ver qué tal es todo aquello. Pero a poco bien que vaya estamos pensando en establecernos y convencer a nuestras familias para que nos acompañen. Una vida tranquila, alejados del mundo.

Ya hemos consultado los mapas. Parece estar ubicada al este de Australia, en el Mar del Coral. Según el mapa tiene forma alargada, unos 30 kilómetros de largo por cinco de ancho.

Aunque en realidad es mucho más pequeña que eso. Tanto que, como se descubrió en 2012, ni siquiera existe. Era una isla que solo estaba en los mapas, una isla fantasma. Lo dicho, alejada de este mundo. ¿Será allí donde vive ese famoso registrador de la propiedad que hace las veces de presidente del gobierno?

De todas maneras nosotros no nos fiamos de lo que cuenta la prensa –respecto a la isla, sobre Rajoy creemos a pies juntillas a La Razón–  y vamos a echar un vistazo. Y si es verdad, ya que estamos por allí,  nos acercaremos a la Micronesia para comernos una paella en Os Guedes, que me acabo de enterar que es española.

Pero vayamos por partes.

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