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Trospicracia

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Tróspido. Me encontré con ella una noche en twitter. Sonora, misteriosa, con la elegancia de una esdrújula. Las palabras agudas son trabajadoras, las llanas clase media y las esdrújulas la aristocracia del idioma. Fue amor a primera vista. La fuerza de la erre y la sensualidad de la de, combinadas con el acento, me cautivaron. Pero veo que no soy el único, Internet se ha enamorado de ella.

Parece ser que su descubrimiento se debe a @hematocrítico, un profesor gallego, bloggero y activo en twitter. Enhorabuena. Como buena parole fatale, es esquiva y no acabamos de saber qué quiere. Su significado no está del todo definido, en la RAE la acaban de conocer y sus señorías son gente prudente, no se pronuncian. Pero se ha llegado a un consenso: es un adjetivo que indica algo que está mal, que es desagradable, incorrecto o erróneo más allá de lo que pueden describir los adjetivos al uso.

Si te casas con tu prima tus hijos saldrán tróspidos. El gato de las tiendas de los chinos es tróspido (bueno, tal vez toda la tienda); un yogur caducado es tróspido.

Eso me lleva a preguntarme, ¿vivimos en una democracia tróspida? ¿Una trospicracia?

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“La Gran Niñera” en Nueva York

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Tras perseguirlo con empeño, Michael R. Bloomberg, alcalde de Nueva York, lo ha logrado. Desde el pasado jueves 13 de septiembre la guerra contra la obesidad tiene una nueva baja: las bebidas azucaradas de gran tamaño. La Junta de Salud de Nueva York aprobó (8 votos a favor y una abstención) la prohibición de vender bebidas azucaradas de tamaño grande en locales de comida rápida, cafeterías, restaurantes, cines, estadios, salas de conciertos, teatros, lugares de trabajo y otros sitios dónde se vendan alimentos preparados. El tamaño máximo permitido para los envases será de 16 onzas, medio litro redondeando. La prohibición no afecta a los supermercados

Los argumentos de la alcaldía no son nuevos, se trata de luchar contra un problema real y preocupante, la obesidad que carcome la salud de los países ricos. El propio alcalde, en su cuenta de twitter se felicitaba por la nueva política diciendo que era “el mayor paso que cualquier gobierno haya tomado para controlar la obesidad. Ayudará a salvar vidas«.

La medida ha sido duramente criticada desde varios sectores. Evidentemente los lobbies de los fabricantes de refrescos están planteando batalla. Vale, son los malos, que les veo venir. Pero que a los productores de bebidas azucaradas les importe más la cuenta de resultados que la salud del personal no nos tiene que nublar el juicio ante argumentos de bastante peso. A mi me convencen.

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Eufemia

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“No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Tenemos ante nosotros una prueba de la más penosa naturaleza. Tenemos ante nosotros muchos, muchos meses de lucha y sufrimiento”.

Discurso de Winston Churchill en la Cámara de los Comunes
13 de mayo de 1940 

Había una vez un reino muy muy cercano aquejado de una extraña enfermedad cuyo nombre no se podía pronunciar. Aquella enfermedad atacaba a las palabras, con lo que se entiende que los virus neutralizaran en primer lugar su propio nombre. Las palabras tienen el germen en su adn, así que el mal innombrable no era nuevo y tenía mucho que ver con su peso.  Porque en contra de lo que mucha gente cree, las palabras no son etéreas, pesan su significado en oro y hay que tener mucho oro para comprar significados. La prueba es que las palabras de los de abajo nunca llegan arriba, lastradas por la pobreza, que es como el plomo. Por contra, las palabras de los de arriba se precipitan siempre sobre los de abajo. Unas veces caen como losa y otras bajan gráciles como filo de diamante.  Eso es algo que los sabios doctores de la la corona saben y callan, por no crear alarma social entre sus súbditos.
La enfermedad se manifiesta en que las palabras cambian de forma de tal manera que algunas no se reconocen en el espejo por las mañanas. Eso provoca que la lengua se ensucie con ruido de interferencias, como una pantalla con «nieve» buscando su sintonía. En casos extremos se desarrollan tumores necróticos en la lógica proposicional que hacen irrecuperables regiones enteras del pensamiento.
No es una enfermedad exclusiva de este reino, de otros lugares remotos también llegaron microbios que disfrazaron las viejas palabras guerra e inocente con un estilo más «casual«: intervención humanitaria  o daños colaterales; el maldito bicho no se anda con sutilezas y ataca también perífrasis y circunloquios con la misma saña.  Hubo un tiempo, hace ya muchos años, en el que el mal casi mata a todas las palabras al convertir Horror en solución final. Pasado ese trance de muerte parecía que las palabras estaban inmunizadas, pero el virus es muy resistente. Se sabe que determinadas perturbaciones atmosféricas o desastres naturales, como la pobreza o la injusticia, convierten a la viejas palabras en afiladas espinas que pueden herirte, como un huso a una princesa, si no las sabes manejar con cuidado. Ante eso, algunos consejeros de palacio inocularon un potente bacilo, el miedo, que tiene la virtud de limar asperezas: siempre han sido partidarios de palabras romas con las que puedan jugar los niños.
Por estos pagos, hace años, esos consejeros crearon consenso y transición para sustituir statu quo e impunidad, palabra ésta última de muy mala fama. Pero últimamente y en poco tiempo el reino ha sufrido una grave recaída y anda postrado en el lecho por un rebrote del mal innombrable. Porque lo que tal vez esos aprendices de brujo no calcularon, o sí, es que el miedo produce un efecto secundario muy potente que hace que el virus se vuelva más agresivo, hiriendo de muerte a las palabras más resistentes y borrando el rastro de las más débiles.
En este reino, austeridad  y liberalización acaban de abrir un negocio de reformas a domicilio que lo mismo te alicata una autopista que te derriba una escuela. Diferente tiene que llevar un parche amarillo en la ropa, siempre visible, que dice extremista.  De un tiempo a esta parte no despedimos a nuestros familiares en la estación, los reajustamos o flexibilizamos con lágrimas en los ojos. La subida de impuestos es ponderación fiscal y las viejas tradiciones laborales de nuestros bisabuelos la modernidad. A libertad la hemos puesto a trabajar en un burdel de los de público exclusivo. Privado, por supuesto. Le hemos competitivizado la paga dos veces, pero ella no se queja porque tiene para ir tirando y si se queja hay cuarenta palabras más en la puerta. Mientras, la lógica ha sido detenida y está en prisión preventiva, a la espera de una decisión judicial que será responsable ya que justa está afectada por un ERE iniciado tras demostrar unos tecnócratas extranjeros que su sueldo era un gasto inasumible para la corona.
Otras palabras viejas, viéndolo venir, sencillamente han huido con lo puesto hacia tierras lejanas. Responsabilidad, por ejemplo, harta de pudrirse en el paro ha cogido su petate y ha emigrado donde pueda sentirse útil.
Por cierto, vergüenza se encuentra en paradero desconocido;  sus familiares agradecerán cualquier dato que ayude a su localización.

No hay blog para tanto chorizo (y hay gente que no lo merece)

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Esta entrada vuelve a ser una de esas de desahogo. Lo siento, no todas van a ser historias interesantes. El sueño de la razón produce monstruos, tituló Goya uno de sus Caprichos. Una mirada lúcida y genial a un páramo de incultura, egoísmo, fanatismo y barbarie. Una España que lleva siglos pareciéndose demasiado a sí misma mientras bailamos alrededor de la hoguera. De vez en cuando el hedor es tan fuerte que llega hasta las plazas de toros, los campos de fútbol o Telecinco. Quizás estamos en uno de esos días.

El sueño de una sanidad y educación de calidad está desaguando por alcantarillas que llegan hasta ‘bancos malos’, paga y no preguntes. El sueño de justicia mira fijamente a Krahe y se pone la venda con expresidentes autonómicos o atilas financieros. Cuando Dívar, alias El Findes, se va de hoteles de lujo (perdón, de 4 estrellas) invitado por el contribuyente y en su defensa alega que él pagaba algunas de las cenas, vuelve a recobrar sentido una vez más aquello de que “la justicia vale menos que el orín de los perros”.  El sueño de una administración eficaz reparte pelotazos millonarios con la excusa de hacer carreteras innecesarias o aeropuertos absurdos. El sueño de unos medios corporativos altavoces de sus amos que, como no pueden explicar lo inexplicable, tiran balones fuera con La Roja y los vídeos de youtube. Eso los serios, otros ya son caricaturas que compiten en el quiosco directamente con El Jueves, con perdón para El Jueves. Hay que rebuscar en la basura para encontrar algún The Wire (la realidad ha dejado muy light a Crematorio) que nos haga la fotografía de lo que está pasando de verdad fuera de la sala de estar.

Y lo más triste es que lo antes mencionado es solo una pequeña muestra. No hay blog para tanto chorizo.

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Hildegart, la hija imperfecta

Tiempo lectura: 9

 

La madrugada del 9 de junio de 1933 había sido una noche calurosa en Madrid. Una noche especialmente terrible en un piso de la calle Galileo, el que ocupaban Aurora Rodríguez Carballeira y su hija Hildegart, de 18 años. Una noche en la que Aurora no ha pegado ojo. Tiene que tomar una decisión difícil, muy difícil: aguantar un poco más o acabar con la obra de su vida.

A las nueve de la mañana decide lo segundo. Entra en la habitación de Hildegart. Su hija todavía duerme. Fueron 4 disparos. Primero dos en la cabeza, luego otro en la barbilla y finalmente uno en el corazón, como para asegurarse.

No es un asesinato cualquiera, es un escándalo que conmociona a la España efervescente de la II República.

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15M: “Mariano, tenemos que hablar”

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Entre los múltiples eslogans acertados del 15M (‘poco pan, pésimo circo’ me parece brillante, por ejemplo) siempre hubo uno que me llamó especialmente la atención: “Vamos despacio porque vamos lejos”. No cuadraba con tanta efervescencia de tuits, streamings y demás palabros que envuelven el movimiento desde sus primeros pasos. En la generación del too fast too furious era una nota discordante.  Sabia, pero discordante. Vivimos una cultura audiovisual en que todo ha de ser instantáneo, donde los vídeos en internet de más de 3 minutos cansan y donde los anuncios plantean el problema y ofrecen una solución perfecta en 20 segundos. Si la felicidad se consigue en 20 segundos comprando lo adecuado ¿quién quiere esforzarse despacio para conseguir algo?

Por eso, parte de la ciudadanía y, sobre todo la prensa sobrecogedora sector ultracentrista, enterraron el 15M cuando vieron que a los dos minutos el sistema no se había venido abajo ni el cielo caía sobre nustras cabezas. Lo repitieron a las dos horas y a los dos meses y lo seguirán repitiendo tras comprobarse, un año después, que el muerto está muy vivo, mucho más que algunas portadas, tan rancias que a sus mismos autores les avergonzarán de aquí a unos años y negarán haberlas perpetrado.

El 15M sigue caminando despacio (o no, el tiempo es relativo ¿verdad?) pero sin pausa y con buena salud, demostrando además una capacidad de movilización envidiable, se mire como se mire. Yo lo vi en Barcelona con mis propias gafas. Un éxito.

Con tanto crédito acumulado, los autores de ‘no recortaremos sanidad y educación’, ‘no subiremos el IVA’ o ‘hazte bankero‘  («…que sino te haré yo a la fuerza», maldita letra pequeña) y sus altavoces van a seguir con el mismo discurso, como el rey desnudo que una vez descubierto por el niño siguió altivo, «con sus ayudas de cámara sosteniendo la inexistente cola” como si nada pasase. Triste trabajo el de algunos periodistas que cada vez se pasan más tiempo hablando solos.

Porque lo importante, aunque fueron muchos, no es que los indignados ayer en Madrid o Barcelona sean 45.000 o 50.000, ese es el debate que quieren algunos para no hablar de lo que realmente importa: el 15M es el resultado del sufrimiento causado por el capitalismo salvaje, la enfermedad del sistema es lo que importa. La gente se dio cuenta que la crisis es en realidad una estafa y, cómo mínimo, dijo aquello de “ahora me vas a oír”.  Había esclavos a los que su estado les parecía natural, seguro que agradecían a su dueño que les tratara con cierta amabilidad; además, les daba de comer. No hace tanto tiempo de aquello. Siempre hubo resignados y sumisos y siempre los habrá. Siempre hubo capataces y siempre los habrá. Y nunca han sido ellos los que han logrado los progresos sociales.

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