La tecnología no es neutral. Parte VI

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“Y a continuación …” en el reino de la Videocracy

Vamos a continuar la serie con Neil Postman y su “Divirtámonos hasta la muerte” y con la televisión, por seguir la cronología.  Más adelante, con Nicholas Carr, veremos cómo afecta Internet a nuestra manera de pensar. Pero permítanme hacer un poco de ‘historia’ de la televisión. Qué cosas, hace sólo 30 años de todo esto.

Escribe Postman:

Otro de los aspectos que contribuye a banalizar la realidad en la televisión es la continuidad. No hay ningún asesinato  tan brutal, ningún terremoto tan devastador, ningún error político tan grande que no se pueda borrar de nuestras mentes con un  y a continuación…’  del presentador.

Con esto el presentador nos evita reflexionar sobre lo que nos acaba de decir, no tenemos tiempo, nos dice que ya hemos pensado durante el tiempo suficiente la cuestión anterior  (aproximadamente unos ¿veinte segundos?) y que ahora debemos fijar nuestra atención en otra noticia, en un anuncio o un programa de entretenimiento. Porque en el fondo no se trata de crear un plato que nos alimente sino un pastiche que nos sacie.

En parte porque la televisión  -igual en noticiarios que en programas de ficción- vende su tiempo en minutos y segundos; en parte porque ha de usar imágenes más que palabras; y en parte porque el público puede moverse libremente ante el aparato (es tan fácil cambiar de canal o apagarla, maldita sea), los programas están estructurados, decía Postman, de manera que casi todos los segmentos de ocho minutos deben ser un acontecimiento completo. Bueno, eso era en tiempos del bueno de  Neil, ahora todavía es más rápido, influencia de Internet.

Las telecomedias, por ejemplo, están programadas para que haya un punto culminante cada tres minutos. Raramente se pide a los espectadores que trasladen un pensamiento o un sentimiento de un bloque de tiempo al otro.  Podemos convenir que en la ficción todo vale para captar al público, pero ¿vale también en la información?, ya que en la continuidad, en el “y a continuación”,  todo es igual, todo se mezcla; como en el tango Cambalache, todo se confunde: un desfile de moda con el movimiento del 15-M, un gol de Messi con el penúltimo político corrupto.

Banalización

Además, los espectadores saben que por grave que pueda parecer una noticia, justo a continuación vendrán una serie de anuncios que, en un instante, reducirán la importancia de la noticia, de hecho, la banalizarán. Este es un elemento clave en la estructura de un programa de noticias y por sí solo refuta cualquier pretensión de que las noticias en televisión sean diseñadas como forma seria de discurso público. Como dice Postman en su libro:

Imaginad lo que pensarían de mí, y de este libro, si me parara aquí para decirles que volveré a mi argumentación en un momento, y entonces escribiera algo favorable sobre la United Airlines o el Chase Manhattan Bank. Con toda la razón pensarían que no tengo ningún respeto hacia ustedes ni hacia el tema del libro.

Tal vez llegue pronto, pero de momento eso difícilmente pasa en un libro. Sí pasa en Internet o, desde hace tiempo, en el cine, por ejemplo, donde la publicidad encubierta o publicidad por emplazamiento (la palabra encubierta no les gusta nada a los publicitarios) es constante e incluso a veces forma parte del mismo argumento o de los diálogos. En televisión está aún más presente, la escena del desayuno se escribe únicamente para anunciar una marca de leche; o recuerdo ahora un episodio entero de la comedia Modern Family (muy recomendable, por cierto) dedicado a la salida a la venta del iPad.

Para Postman, y creo que para la mayoría, en la ficción esa mezcla es más respetable, la continua lucha entre arte y comercio es tan vieja como la Humanidad. Como espectadores tenemos  interiorizados los códigos: es ficción, me están contando una mentira (aunque un episodio de Los Simpsons es más verdad que el telediario) y sólo pedimos que sea bella y esté bien contada.

Es en los formatos de ‘realidad’ cuando es más peligroso. Estamos tan acostumbrados que ya no nos sorprendemos cuando tras decirnos que han muerto diez personas en una inundación al lado de casa pasamos a unos consejos de nuestros amigos de McDonalds.

Los daños son especialmente graves para los espectadores más jóvenes, que tanto dependen de la televisión para recibir indicaciones de cómo reaccionar ante el mundo que les toca vivir. Pueden crecer en la suposición de que muchas noticias de crueldad y muerte están exageradas y que, en cualquier caso, no se lo deben tomar muy en serio ni deben reaccionar de una manera razonada. No hay tiempo de razonar si no se quieren perder el próximo anuncio que, casi con toda seguridad, les llevará a un mundo maravilloso donde reina la felicidad y los problemas son fácilmente superables comprando lo adecuado. Y todo a continuación, formando parte del mismo discurso, casi sin solución de continuidad.

Un exposición tan intensa y prolongada a la publicidad sí puede tener un efecto importante en los más pequeños. Los anuncios se estructuran siguiendo un esquema básico: hay un problema que se resuelve gracias a algún adelanto tecnológico la mayoría de los casos (en los anuncios de cosméticos cada vez aparece más terminología seudocientífica, por ejemplo). La solución suele ser sencilla y se encuentra en 20 segundos; al menos los de CSI tardan 40 minutos en resolver crímenes complejos gracias a la tecnología. El esquema de muchos videojuegos es similar.

Dicho esto, también creo que, actualmente, no son los ciudadanos más jóvenes el sector desprotegido, son precisamente los más mayores. Los jóvenes han nacido con la televisión y lo que es más importante, han nacido con Internet. Han nacido con pantallas a las que no les tienen ninguna clase de respeto o miedo, pantallas que ellos pueden manipular a su antojo; y si ellos pueden, las grandes corporaciones todavía más. El momento en que cada uno de nosotros pudo manipular una ‘tele’ (ese lugar sagrado) fue algo, a nivel sicológico, mucho más importante de lo que pudiera parecer, una pequeña revolución. Los más jóvenes se están convirtiendo en emisores, en productores de información y ficción, algo que se hace de una forma relativamente fácil en nuestros días.

Así que creo que, a diferencia de lo que se dice, la imagen no les fascina (DRAE: 1. tr. Engañar, alucinar, ofuscar) tanto como a los mayores. Son los mayores los que aún conservan ese respeto casi sagrado a la pantalla del televisor, un emisor omniscente que por mecanismos inexplicables les llevaba lo que pasaba en el mundo a sus casas. El chamán de la tribu. Son ellos los que nacieron con la idea ‘la cámara no miente’, los que no dominan los códigos y no saben leer entre líneas. ‘Lo han dicho en la tele’ hoy no significa lo mismo para ambas generaciones. Evidentemente no todos los ancianos están cautivos y desarmados ante el televisor, es una generalización, pero creo que sirve. Y son ellos, y no los jóvenes, los que acuden en masa, al menos en España, a las urnas. No se si me explico.

Como no quiero aburrir más que lo imprescindible, seguiremos con el tema otro día.

Un comentario sobre “La tecnología no es neutral. Parte VI”

  1. No aburres en absoluto Miguel. Según lo que expones, da la sensación que la televisión se ha convertido en un sistema magnífico para comprender cómo funciona el cerebro en cuanto al límite que tenemos respecto a la capacidad de prestar atención sin realizar esfuerzo. También respecto a la delgada frontera que separa el morbo de la compasión o sufrimiento, y de otras muchas cosas. Vamos, que comprendiendo el funcionamiento de este invento te conviertes en sicólogo, sociólogo y sobretodo y más peligroso, manipulador.

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