De traders y tahures

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Sigo la miniserie sobre algunas de mis lecturas de este verano. Tranquis, éste es el segundo y último capítulo. Y en realidad  viene del capítulo anterior. Entra vídeo.

Previously, en el blog insostenible: En “Entre tiburones”, Joris Luyendijk nos hace una disección de los trabajadores de La City de Londres //  psicóticos al margen de la realidad con exceso de testosterona // gente normal que solo desea permanecer en su rebaño de altos ingresos a costa del estrés// incentivos perversos que invitan a personas de débiles convicciones morales a poner en riesgo la economía real// nadie en la cabina de mando.

[Fundido en negro e inicio del segundo capítulo]

Cuando ya había decidido hacer un post contando la historia de Nick Leeson me fui al siguiente libro. Algo más ligero, pensé. Voy a por la “Breve historia del Salvaje Oeste”, de Gregorio Doval. Algo que me lleve del mundo cerrado de La City hacia desiertos e inabarcables praderas.

Y  me encontré con George Devol, tahúr del Mississippi. Mientras leía, Leeson y Devol no paraban de mezclarse.

Nick Leeson nació en 1967 en una pequeña ciudad al noroeste de Londres. Tras su paso por una escuela prestigiosa, con solo 18 años empezó a trabajar en un  banco privado, Coutts. Dos años después pasa a Morgan Stanley, donde tampoco está mucho tiempo (algo habitual en el sector) y en 1989 entra a trabajar en Barings.

Barings era el banco más antiguo de Inglaterra. Había financiado la compra de Louisiana (Francia la vendió a Estados Unidos) y eran banqueros de la monarquía inglesa desde Jorge V. Toda una institución, a la que Leeson hizo ganar mucho dinero apostando fuerte en los mercados. Eso le llevó a ser nombrado, en 1992, director general de un nuevo equipo de trading para operar en los mercados de futuros de Singapur.

Bolsa de valores de Singapur

Había mucho dinero a ganar en Asia y la venerable institución no quería quedarse atrás. Así que le dio a Leeson todo el poder. Él negociaba y a la vez evaluaba los riesgos e informaba a la sede central. En Londres solo querían saber cuánto les tocaba de bonus, que las piscinas no se pagan solas. Así que tenemos a un joven trader, ambicioso e imbuido de esa cultura del riesgo típica de los mercados financieros al que nadie controlaba. Todo iba sobre ruedas.

En enero de 1995 tuvo lugar el gran terremoto de Kobe. Mientras el mundo se horrorizaba, Leeson vio una gran oportunidad para ganar mucho dinero y tapar algunos pufos que había ido acumulando. Pero la apuesta le salió mal y el pufo se multiplicó. En febrero, el banco más antiguo de Inglaterra entró en bancarrota y dejó de existir. Nick Leeson había acabado con él.

El mejor tahúr del Mississippi

George H. Devol es considerado por muchos como el mejor tahúr del MIssissippi, el más admirado. Nació en 1829 en un pueblo de Ohio, el menor de seis hermanos. Su padre era carpintero naval y siempre estaba fuera; la madre bastante tenía con 6 hijos y George creció asilvestrado; a los 10 años huyó de casa para trabajar en barcos de vapor. Como era avispado, pronto se dio cuenta de que el trabajo duro en el barco nunca le llevaría a vivir como él quería. En otro tiempo y lugar quizás se hubiera hecho bróker. Devol veía cómo vivían los jugadores profesionales de los vapores del Mississippi, y se afanó en aprender las artes del juego y del desplume de incautos.

No tenía 17 años y ya era un experto manipulando cartas.  Al estallar la guerra con México se enroló como tabernero en el Corvette, un vapor que recorría Río Grande. Allí acabó de perfeccionar sus técnicas y se puso manos a la obra, limpiándoles las exiguas pagas a los soldados.

A diferencia de los traders como Leeson, los tahures ponían sobre la mesa su dinero y su cabeza, dispuestos a que les privaran ambas cosas. Devol no se amilanaba. Era alto y corpulento, con unas manos enormes que no rehuían ninguna pelea. Más famosa aún era su cabeza. Según él contaba “los médicos me han dicho muchas veces que mi cráneo tiene casi una pulgada de grosor en la frente”. Dotado de gran inteligencia, cuando las cosas se ponían feas no dudaba en pasar su cabeza a modo ariete para tumbar a todo aquel contrincante que se pusiera a tiro. Por si acaso también practicó con el revólver. En su oficio el dinero se ganaba rápido, pero no fácil. Muchas veces se confunde una cosa con la otra.

Una industria boyante

La bebida, la prostitución y el juego eran un sector de la economía en sí mismos. Dice Gregorio Doval en su libro: “Entre 1850 y 1880, el jugador profesional se situó entre la aristocracia de la sociedad del Oeste. En palabras de Bar Masterson, uno de ellos, “el juego era una profesión respetable, casi equiparable en rango a la medicina y muy por encima de los dentistas y los enterradores”.

Quizás Masterson, como buen tahúr, exagere. Lo que sí parece cierto es que los buenos jugadores eran modelos de éxito y que formaban parte de una industria boyante. También nos dice Doval que hacia 1850 existían al menos media docena de empresas dedicadas a fabricar y vender, sin tapujos, cartas marcadas o dados trucados.

A Devol le iba bien. Se especula que durante toda su carrera como jugador profesional llegó a ganar más de dos millones de dólares de la época, aunque eso es difícil se saber. Sus víctimas preferidas eran los pagadores del ejército. También ganaderos, plantadores de algodón, especuladores o banqueros. Le gustaba sacarles el dinero a los sacerdotes, aunque a éstos luego siempre se lo devolvía aconsejándoles que se alejaran de las mesas de juego.

Solía atraer a los incautos poniéndole un poco de teatro al asunto. El atrezzo siempre ayuda. Se vestía de forma ostentosa, luciendo corbatas de seda y alfileres de brillantes y se presentaba como un rico plantador, para que sus iguales le invitaran a la partida. Procuraba que todo el mundo viera el enorme fajo de billetes que sacaba a la menor ocasión y remataba todo ello con unos negros contratados para hacerse pasar por esclavos de su presunta plantación. Procuraba despedirse de ellos en cada puerto de forma escandalosa, para que todo el mundo escuchara como sus peones, rodeados de montañas de maletas, le prometían a “massa George” que cuidarían bien de la plantación en su ausencia.

Cárcel y libros

Cuando los yanquis llegan a Nueva Orleans en 1861 someten al juego a regulaciones y mayores impuestos. Devol, sin embargo, siguió con su negocio,  desplumando a los pagadores del ejército yanqui, pero esta vez eso le creó un pequeño contratiempo: un año de cárcel.

No sufran por George. Durante el día seguía trabajando desde la cárcel, llevándose la pasta de ricos sudistas encarcelados con él. Por la noche, en compañía de sus carceleros, recorría los mejores locales de la ciudad: garitos, restaurantes, hoteles. Aquellos carceleros yanquis pasaron unas vacaciones con Devol, hasta que los descubrieron y acabaron con sus noches de juerga. Entonces el preso tiró de influencias y consiguió que el gobernador civil –con el que no cuesta imaginar largas noches de póquer compartido– le liberara.

Esto me lleva otra vez a un salto temporal y a Nick Leeson, el bróker de Barings. Tras conocerse la quiebra y destaparse todo el pastel, huyó de Singapur con una identidad falsa. Su fuga duró muy poco, le estaban esperando en Alemania. Fue extraditado a Singapur y condenado por fraude a 6 años de prisión. No creo que se escapara por las noches a operar en la bolsa de Tokio, pero tras su salida no le ha ido mal. Escribió su biografía, Rogue Trader, de la que se hizo una peli protagonizada por Ewan McGregor. Hoy se gana la vida contando su experiencia en conferencias muy bien pagadas.

Tras salir de la cárcel Devol pasó de un Mississippi en decadencia a buscar nuevas oportunidades en los trenes que iban hacia el Oeste. Se hizo habitual en los ferrocarriles hasta que se prohibió el juego en los trenes.

En 1892 publicó su autobiografía: Forty Years a Gambler on the Mississippi. Según explica Gregorio Doval en su libro, no tuvo mucho éxito de ventas, sobre todo porque era bastante más veraz que otras que, adornadas de heroicidades increíbles, gustaban más. Como diría John Ford, siempre es mejor imprimir la leyenda.

Los últimos días del tahúr fueron en Cincinnati, retirado del juego y viviendo con  su mujer y su suegra, intentando promocionar una biografía que no se vendía.  Murió en Arkansas en 1903, casi en la ruina.

Sí, hay algunas semejanzas, pero me parece que los traders de bolsa y los tahúres del Mississippi no son lo mismo.

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