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La experiencia de ser otro

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Esclavo de la actualidad como bien saben los lectores de este blog, hoy me he impuesto hablar de las elecciones europeas. Apasionante, lo se. Quiero empezar aclarando que el titular no hace referencia a que, viendo las encuestas, voy a hablar de una máquina que cambie a los representantes que el pueblo tiene pensado elegir por otros que se acerquen a la altura del reto que se nos presenta. Lamentablemente no existe tal artilugio mágico.

Pero sí hay otro en marcha que debería acompañar al acta de diputado, dietas, billetes en primera clase, tablet y demás prebendas. Junto a todo eso debería acompañar, como regalo, un pack de esos tan de moda: una invitación a vivir una experiencia.

A primera vista no es decir mucho. El lector avisado estará pensando que la publicidad, como con tantas otras, ha desgastado la palabra experiencia y ahora todo lo es: te compras una plancha (perdón, centro de planchado) para vivir la experiencia de planchar, un sofá para vivir una sit experience o la última marca de kleenex para vivir una experiencia de narices.

No, yo hablo de una de verdad. Habría que invitar a sus señorías a experimentar una sesión (tal vez dos para el señor Cañete) en la máquina para ser otro, un experimento que se está llevando a cabo en Barcelona.

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El estómago del doctor Beaumont

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En 1833, el doctor William Beaumont (1785-1853) es un médico desconocido de Connecticut que durante años había prestado sus servicios en el ejército como cirujano auxiliar, lo máximo a lo que podía aspirar por su formación de aprendiz de médico sin pasar por la universidad.

Pero ese mismo año su nombre pasa a la historia de la medicina al publicar «Experimentos y observaciones sobre el jugo gástrico y el funcionamiento de la digestión”. Su trabajo es un bombazo, una auténtica revolución respecto al conocimiento sobre la  fisiología del aparato digestivo.  Fue su salto a la fama, a la gloria médica.

¿Cómo un oscuro médico con una precaria preparación teórica llegó a descubrir la verdad de la digestión humana? Con la ayuda imprescindible de un colaborador especial que le acompañó en todo el proceso, un humilde transportista canadiense llamado Alexis Saint Martin.

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I+D+i en España, una moto y un botijo

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En la España de los primeros 70, Arturo Estévez iba por los pueblos con su extraña motocicleta y un botijo siempre a mano. La moto estaba equipada con un curioso depósito. Arturo seguía un  ritual. Cuando ya había conseguido congregar al suficiente público, echaba un trago del botijo y el resto lo vaciaba en el depósito de la moto. Y después encendía el motor y ¡funcionaba! Un motor de agua que dejaba a la audiencia boquiabierta y con ganas de salir corriendo a contar a todo el mundo que habían sido testigos del prodigio.

Arturo aseguraba que no había ningún truco, excepto unas raras piedras que lanzaba también al depósito de su mágico vehículo. Arturo Estévez Varela no era un mago, ni un buhonero,  era perito mercantil, jefe de un taller mecánico e inventor en sus ratos libres. Seguir leyendo I+D+i en España, una moto y un botijo

Hedy Lamarr, el glamour de la inteligencia

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Hedy Lamarr actuó en unas 30 películas, junto a estrellas como Clark Gable, Robert Taylor o Spencer Tracy. También compartió reparto con alguna debilidad personal como George Sanders o John Garfield, y fue dirigida por gente como King Vidor, Cecil B. deMille o el gran Jacques Tourneur. Incluso hizo una película con el inclasificable Victor Mature como compañero de reparto, Sansón y Dalila (1949), su obra más famosa.  Pero no dejó de ser una estrella menor en aquellos años 40 que son al cine lo que el Renacimiento a la pintura. Se la nombró “la actriz más bella de la historia del cine”, pero aún no había aparecido Ava Gardner y ya sabemos como se las gastan los publicistas de Hollywood.

Efectivamente fue una actriz muy guapa y con clase en una época en la que mientras Europa se desangraba Hollywood enseñaba al mundo lo que era el glamour, pero no estaba en el olimpo de las estrellas, ocupado por mujeres como Rita Hayworth, Ingrid Bergman,  Lana Turner o Lauren Bacall. Ni siquiera en el mío particular: Gene Tierney o Gloria Grahame, fueron señales del cielo para indicarme que dejaba de ser un niño, relevo que luego tomarían señoras como Elisabeth Taylor o Ava Gardner. Y para actrices de carácter ya estaban Bette Davies o Katharine Hepburn. Hedy Lamarr no había sido para mí más que una sombra fugaz hasta que descubrí su mejor obra, su vida. En 2009 se preparaba un biopic sobre Hedy que parece haberse quedado en el limbo. Venga, anímense, estamos esperando.

Si quieren una película fascinante con desnudos, guerra, espías, sexo, huidas espectaculares, sistemas de guía de misiles, wifi y teléfonos 3G, sigan leyendo. Con ustedes, Hedy Lamarr.

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Menudo pájaro el tal Alex

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Alex murió en 2007, aunque yo conocí su historia hace unos días a través de una página web que les recomiendo que visiten, naukas.com. Pueden ir allí directamente a leer el caso pero a mí me apetece contarlo.

La vida de Alex estuvo siempre ligada a la de Irene Pepperberg, psicóloga en las universidades de Arizona, Harvard y Brandeis, y la persona que mejor le conocía. Junto a ella, Alex llegó a aprender unas 150 palabras. También diferenciaba objetos en función de su forma o su color y podía hacer sumas sencillas de menos de dos dígitos.

Así a simple vista no parece un genio, más si sabemos que cuando murió tenía 31 años de vida y había desarrollado, según Peppenberg, la inteligencia de un niño de 5 años y el nivel emocional de uno de 2.

Lo asombroso del asunto es que Alex tenía el cerebro del tamaño de una nuez. Era un loro.

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Milgram y la obediencia debida

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La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.
Stanley Milgram (Los peligros de la obediencia, 1974)

El antidisturbios que golpea al anciano en youtube es su vecino, coincide con usted en el parque donde los hijos de ambos juegan juntos. El director de la sucursal que le vendió preferentes a unos jubilados analfabetos está a su lado en la barra del bar, tomando lo mismo que usted. El broker experto en evasión a paraísos fiscales se enamoró de la misma mujer que usted, y a él tampoco le hizo ningún caso.

La señora ministra, a la salida de su última reunión con el lobby de armamento, no puede dejar de pensar en esa mancha que le ha salido en el brazo. La jueza toma las mismas pastillas que usted para poder dormir.

Por las calles, las universidades, las plantas nobles de los bancos, los palacios y los estadios de fútbol caminan algunos verdaderos psicópatas. Son muy pocos. Fanáticos hay unos cuantos más, pero siguen siendo minoría.

El resto son personas como usted y como yo: personas normales, mediocres si me permiten, que, en determinadas circunstancias pueden convertirse en torturadores, sobre todo si cumplen órdenes de otros.

En julio de 1961, Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó un conocido experimento  en el que intentaba medir hasta dónde llega la obediencia a la autoridad cuando se enfrenta a la conciencia personal.

Los resultados sobrecogieron al propio Milgram.

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