Pont-Saint-Esprit es un pequeño pueblo de 4.500 habitantes, situado a orillas del Ródano en la frontera entre la Provenza y el Languedoc. Uno de esos sitios agradables donde nunca pasa nada.
Hasta que pasa.
En agosto de 1951, como si de un episodio de tarantismo medieval se tratara, un montón de vecinos se vuelven locos. Durante varios días, aquel bonito rincón del sudeste francés parece un ensayo del fin del mundo.
Charles Granjhon, de 11 años, intenta estrangular a su madre; un hombre trata de ahogarse mientras grita que su estómago está siendo devorado por serpientes; otro vecino clama “¡Soy un avión!” y salta por la ventana de un segundo piso.
Dos años después, un científico estadounidense, Frank Olson, salta desde un décimo piso en Manhattan.
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