Archivo de la categoría: Historias

Pervitin, adictos por la patria

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Hace unos años la revista Der Spiegel publicaba un artículo en el que se revelaban algunas cartas de soldados alemanes en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. En una, el futuro escritor y premio Nobel Heinrich Boell escribía desde el frente, en 1940, a sus padres: “si es posible, por favor remitidme un poco más de Pervitin.”

Otro joven soldado destinado en Polonia en noviembre de 1939, también decía por carta a su familia: “Las condiciones aquí son duras, y espero que lo entenderéis si solo puedo escribiros cada dos o cuatro días. Hoy os escribo principalmente para pedir un poco de Pervitin…”.

Las condiciones son difíciles, escribir es muy complicado… está claro que el Pervitin es algo muy importante para ese soldado. Pero ¿qué es el Pervitin? Un vigorizante, una vitamina, algo que “te mantiene alerta”, enérgico y de buen ánimo.

O, siendo más preciso, metafentamina.

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Transferencia Gruen, una experiencia religiosa

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Pasó la Semana Santa y algunos, los menos, dedicaron esos días a conmemorar la antigua fe de sus abuelos: recrearon el martirio de Jesús, pasearon sus imágenes y visitaron sus templos. Otros, los más, vivieron la nueva (o no tan nueva) fe: se fueron al centro comercial.

Yo, que estuve poniéndome al día en lecturas, pelis, series y reportajes, recuperé un documental grabado (no son horas, señores programadores) que hablaba de la “transferencia Gruen”;  le quité un poco de polvo a “Coerción”, de Douglas Rushkoff, que ampliaba un poco el tema; y acabé visitando alguna web sobre interiorismo de centros comerciales.

Todo me hizo pensar que las iglesias que revientan aforo hoy día son los centros comerciales. No se si venden o estamos ante otra burbuja (motivo de otro post), el caso es que llenan la pista de devotos. Y se construyen con el mismo cuidado e intención que los viejos templos: provocar una emoción, vivir una experiencia. Cada elemento del espacio, por pequeño que sea, está pensado para que adoremos al único dios verdadero: la compra.

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La resurrección de Jesús según Mateo

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La verdad os hará libres (Juan 8, 32)

Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró. 51 La cortina del templo se rasgó de arriba abajo en dos partes, * 52 la tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los monumentos, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron, * 53 y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de El, vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos. 54 El centurión y los que con él guardaban a Jesús, viendo el terremoto y cuanto había sucedido, temieron sobremanera y se decían: Verdaderamente, éste era hijo de Dios”.

San Mateo 27: 50-54

 

No soy un voz autorizada en estos temas. En primer lugar no soy doctor de la Iglesia y en segundo he de confesar que mi fe es quebradiza, andando entre el culto subgenio y el pastafarismo según con qué pie me levante. Pero como a la vez tengo un alma inquieta, llega la Semana Santa y a mi alrededor (en el trabajo, en el parque, en el bar durante el descanso del derbi), todo el mundo debate sobre teología y la vida, figura y pensamiento de Jesús de Nazaret, he querido informarme. Para ello he cogido el ejemplar de La Biblia que tengo en casa, edición Nácar-Colunga, que según tengo entendido es una versión fetén, o al menos la más común por estos lares.

Y me he encontrado con el fragmento arriba indicado. Vuelvan a leerlo y reflexionen.

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Fordlandia, una ciudad en ruinas

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Siempre me han fascinado las historias de megalomanías fracasadas. No por el goce morboso sino porque nos pone en nuestro sitio. En su momento hablé de Prípiat, “la ciudad del futuro”, una fantasía del paraíso socialista achicharrada súbitamente por la radioactividad. En el post la confrontaba con Detroit, una ciudad moribunda, un final más acorde con la fantasía capitalista. Y la ciudad de los coches me llevó, maravilla de Internet, a Fordlandia.

Podríamos decir que Fordlandia se encuentra en el punto más elevado de la soberbia de Henry Ford, pero para ser más exacto y menos pedante, en realidad se ubica en el Amazonas brasileño, a orillas del río Tapajós. O sea, en medio de la selva, entre Santarem y Belem.

La ciudad se construyó de la nada en 1930 en lo que no dejaba de ser una versión más de la típica colonia industrial del siglo XIX pero sin tanta clase como la Güell. Aquello era más bien como las Little boxes que cantaba Pete Seeger, puro american way of life.

Para Ford era tan importante la producción como su deseo de jugar a ingeniero social creando su sociedad ideal, su paraíso capitalista.
Pero al gigante de la industria esto le salió mal.  Aquella aventura acabó 16 años después con 20 millones de dólares gastados y una ciudad fantasma.

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La cárcel de Stanford somos todos

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Seguro que no soy nada original –a estas alturas pocas cosas tengo más claras– pero al hilo de los últimos brotes de violencia callejera contra personas, e incluso contenedores, yo no paro de acordarme del experimento del profesor Zimbardo, conocido también como el “experimento de la cárcel de Stanford«.

Zimbardo quiso demostrar, nada menos, que las líneas morales son extremadamente inestables y que es muy fácil moverlas dependiendo de la situación. Y lo hizo con uno de esos atrevidos experimentos que se llevaban en los 60, como el de su colega Milgram, y que ahora están muy demodés, criticados ferozmente por la psicología oficial. Criticados públicamente, que en las cocinas de los ejércitos vaya usted a saber lo que tienen ahora a fuego lento.

El de Phillip Zimbardo tuvo lugar en el verano de 1971 y es muy probable que hayan oído hablar de él o hayan visto una película basada en el mismo.

La película, claro, exagera, pero la verdad es que en aquella falsa cárcel de Stanford al profesor el asunto se le fue un poco de las manos. Previsto para 2 semanas, el experimento tuvo que cancelarse a los seis días.

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El estómago del doctor Beaumont

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En 1833, el doctor William Beaumont (1785-1853) es un médico desconocido de Connecticut que durante años había prestado sus servicios en el ejército como cirujano auxiliar, lo máximo a lo que podía aspirar por su formación de aprendiz de médico sin pasar por la universidad.

Pero ese mismo año su nombre pasa a la historia de la medicina al publicar «Experimentos y observaciones sobre el jugo gástrico y el funcionamiento de la digestión”. Su trabajo es un bombazo, una auténtica revolución respecto al conocimiento sobre la  fisiología del aparato digestivo.  Fue su salto a la fama, a la gloria médica.

¿Cómo un oscuro médico con una precaria preparación teórica llegó a descubrir la verdad de la digestión humana? Con la ayuda imprescindible de un colaborador especial que le acompañó en todo el proceso, un humilde transportista canadiense llamado Alexis Saint Martin.

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