Archivo de la etiqueta: Primera Guerra Mundial

Fowler y Belmont, sobre el valor

El 26 de agosto de 1914, Patrick Fowler era un soldado más metido en la batalla de Le Cateau. Irlandés nacido en Dublín, formaba parte del 11º Regimiento de Húsares que se enfrentó a los alemanes en una de las primera carnicerías de la Primera Guerra Mundial, aquella atrocidad.

Fowler pasó a la historia, aunque no se reseña un desempeño especialmente relevante aquella batalla. Pasó a la historia solo por haber sobrevivido. Concretamente por cómo había sobrevivido.

Se pasó casi toda la guerra escondido en un armario. Más de cuatro años.

Una hazaña que no hubiera sido posible sin la segunda heroína de esta historia, Madame Belmont-Gobert.

Vayamos por partes.

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Perros de la guerra

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No podemos saber qué pensaba el Sargento Stubby, del 102º regimiento de infantería de los Estados Unidos, cuando recibió su bautismo de fuego nada menos que en Chemin des Dames, que en febrero de 1914 no era precisamente el mejor sitio en el que estar. Salió de allí y se convirtió en alguien querido y respetado por sus compañeros. Se había ganado ese respeto después de servir durante 18 meses y haber participado en más de 15 batallas durante la Primera Guerra Mundial.

El segundo de los protagonistas de esta historia también fue un héroe de la misma guerra, aunque sirvió en el ejército francés y se distinguió principalmente en la batalla de Verdún. Se llamaba Satán, un curioso nombre para un soldado que, además, nunca mató a nadie.

Aunque no tan curioso si se tiene en cuenta que Satán, al igual que Stubby, era un perro.

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The Wipers Times, prensa de trinchera

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Sacar adelante una revista siempre ha sido una tarea complicada. Sobre todo si sus fundadores, en este caso Frederick Roberts y Jack Pearson, son ingenieros que no tienen no idea de lo que es el periodismo profesional.  Desconozco si antes habían fantaseado con dedicarse a ello, pero en realidad su incursión en el periodismo fue casual: tropezaron con una imprenta en un local abandonado y tuvieron la idea.

Ellos mismos lo explican así en el primer editorial:

Habiendo conseguido un equipo de impresión (un poco sucio) a un precio razonable, hemos decidido editar un periódico. (… ) Debemos pedir disculpas a nuestros suscriptores por el retraso en su impresión. Esto se ha debido al hecho de que hemos tenido muchos visitantes no deseados cerca de nuestras imprentas durante los últimos días (…) Cualquier deficiencia en la producción se justifican por la falta de experiencia y el hecho de que piezas de metal de varios tamaños han impactado en nuestra prensa. Esperamos publicar el semanario “Times”, pero es posible que nuestro esfuerzo tenga un final prematuro debido a una crítica adversa o a las atenciones por nuestro rival local, los Sres Hun and Co. (…) Aprovechamos esta oportunidad de decir que no aceptamos ninguna responsabilidad por las declaraciones contenidas en nuestros anuncios.

Toda un  declaración de intenciones, tanto en la forma como en el fondo. El mérito estuvo en mantener la revista, fiel a su cita con unos lectores entusiastas, durante más de dos años: de febrero de 1916 hasta noviembre de 1918. Era apenas una hoja de mal papel y sin fotografías, aunque con dibujos. La publicidad se la inventaban ellos mismos, aunque digan que no asumen su responsabilidad. No parece gran cosa, pero The Wipers Times ha pasado a la historia como uno de los mayores logros del periodismo y, yo diría, del triunfo del espíritu humano.

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La Navidad de 1914

Hace exactamente 100 años, la Navidad en Europa, y más concretamente en los campos de Bélgica, fue muy diferente. Ese verano había empezado la Primera Guerra Mundial y los hombres se mataban con saña en el barro de Francia. Pero era Nochebuena y el Káiser quiso tener un detalle con sus chicos, que recibieron abetos para decorar y, más importante, raciones extras de pan, salchichas y alcohol. El frente estaba en calma y la cosa empezó a animarse, los alemanes se arrancaron por villancicos. Entonaron Stille Nacht (Noche de Paz) el villancico austríaco compuesto un siglo antes y ahora universal.

Al otro lado, tras la sorpresa inicial, los británicos  se sumaron a la fiesta, contraatacando con sus villancicos. Y luego se volvió todo un poco loco, en el buen sentido. Unos alemanes se armaron de banderas blancas y se lanzaron a la tierra de nadie: “¿Hey Tommy, quieres unas salchichas?”; “OK Fritz, te las cambio por chocolate” contestaron los ingleses. Y allí se juntaron, estrecharon sus manos, intercambiaron comida y compartieron bebida y tabaco. La mayoría no se entendía pero todos decían lo mismo, porque eran iguales, más iguales que nadie en el mundo en ese momento.

Al día siguiente la tregua continuó, de forma tan espontánea como había empezado ya que no contaba con el beneplácito de los mandos de ambos ejércitos. Cuentan las crónicas que alguien sacó un balón que produjo el milagro que casi siempre consigue: todos regresaron a la infancia. Improvisaron unas porterías y  jugaron un partido de fútbol en la tierra de nadie, que ya era de todos los jugadores por igual. No había ni árbitro. También cuentan las cartas de los soldados que aquel partido lo ganaron los alemanes, 3-2.

Pero la fiesta acabó y volvieron a sus trincheras, cada uno a su barro, su miedo y su sangre; a una muerte sin pausa y sin prisa que se prolongó cuatro años más.

No estoy contando nada nuevo, la historia es conocida y con el centenario vamos a tenerla hasta en la sopa. Un ejemplo es el anuncio inglés que encabeza esta entrada. Ya saben, tiempo de fraternidad y de marisco al triple de precio para recordar lo mejor del espíritu humano. Yo voy a intentar hacer una especie de “making off” o “detrás de las cámaras” a mi manera.

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Checoslovacos por Siberia

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EXTERIOR ESTEPA RUSA – DÍA. Amanece en una mañana fría de invierno. Todo está en calma. En un vagón de tren en medio de la nada dos soldados de guardia contemplan la belleza del paisaje sin parar de tiritar por el frío.

Milan: ¿Qué coño hacemos aquí Pavel?

Pavel: Joder Milan, no me digas que a estas alturas todavía no lo sabes.

Milan: No, si lo sabía, pero ya no me acuerdo. No se si por el frío o por el hambre.

Pavel: La verdad es que yo tampoco me acuerdo. Solo quiero volver a casa de una puta vez.

De todas las historias fascinantes de la Primera Guerra Mundial creo que la de la Legión Checoslovaca en una de las mejores, digna de un guión del Hollywood anterior a la era de los superhéroes.  Trata de un ejército errante de un país que en ese momento todavía no existía y que ya desapareció metido en una guerra civil que no era la suya. A ver si acierto a contarla, así por encima.

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Shell shock y la mirada de las mil yardas

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Hoy, 28 de junio, se cumplen 100 años del atentando de Sarajevo que supuso el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Una guerra de trincheras de barro donde se mezclaba sudor, sangre, mugre y muerte. Todo aderezado con explosiones y mucho ruido, sobre todo mucho ruido. Un sonido constante de explosiones, gritos, ametralladoras, crujir de huesos, llantos y quejidos de dolor. Locura, en suma, fuera de toda humanidad o humanidad en su máxima expresión, según se mire.

Ante semejante panorama a cada cual le da por una cosa diferente: histeria, pasividad, mutismo y apatía absoluta por todo lo que le rodea, falta de concentración o llanto incontrolable. Otros sufren episodios constantes de inestabilidad emocional, pesadillas recurrentes y muy vívidas, sudores fríos y ceguera o sordera histéricas. Algunos incluso experimentan convulsiones musculares espectaculares, pierden el control de su propio cuerpo en una especie de baile grotesco.

Aunque, de todas las manifestaciones la que particularmente me atraviesa cada vez que me la encuentro en una imagen, como la que encabeza esta entrada, es la mirada de los mil metros, o de la mil yardas (en su original en inglés, Thousand-yard stare).

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