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La guerra del emú

Tiempo lectura: 5 minutos

 

En 1932 el ejército de Australia inicia una guerra que espera ganar de forma fulgurante. El enemigo, totalmente indefenso, sin capacidad de respuesta, no es tal. Sobre el papel es una medalla fácil que se convertiría en un éxito de propaganda. Las siguientes generaciones hablarían de la Guerra del Emú. 

Y así ha sido, pero no en el sentido que se buscaba. El supuesto enemigo, que ni sabía que lo era, no resultó tan indefenso, sino mucho más hábil de lo estimado. El resultado fue una de las derrotas más bochornosas de la corta historia del ejército de australiano. 

El enemigo, por cierto, era el bicho que tienen en portada, el emú. Y su victoria fue total. Tanto, que no solo sobrevivió a su ejército, sino que ahora figura, todo chulo él, en el escudo de Australia. 

El emú es como un avestruz en pequeño. Es un pájaro grande que no vuela con lo que no parecía rival ante uno de los ejércitos ganadores de la Primera Guerra Mundial. Además, no tiene pinta de ser muy inteligente, aunque eso solo era la primera de las trampas que el astuto contrincante alado le puso a los australianos. El puñetero.

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Pelotón de emús lanzándose a la ofensiva

Antecedentes

Vamos, primero, con el contexto bélico. Australia, como miembro del Imperio británico en aquel momento, participó con soldados en la Primera Guerra Mundial. La Gran Guerra tiene mucho que contar, pero no es el momento. Solo me gustaría recordar que los soldados australianos sufrieron lo mismo que el resto: euforia inicial; descubrimiento de la realidad de una guerra industrial; trincheras de barro y sangre; armas químicas y gases letales.  En fin, un  horror interminable para el que nadie, nunca, está preparado. 

La vuelta de esos soldados a casa, muchos mutilados física o emocionalmente, supuso un gran problema. Los libros de historia del cole no suelen pararse en esas ‘menudencias’ y yo ahora tampoco, que ya lo pueden leer en el enlace anterior y tengo a los emúes esperando.  

El caso es que había un gran número de hombres desempleados a los que el gobierno prometió, por sus servicios a la patria, tierras y subvenciones. Las tierras las entregó: zonas remotas al oeste de la isla, de muy baja calidad. Las subvenciones, ya si eso. Con una subsistencia de por sí complicada, la crisis de 1929 se unió a la fiesta. Los precios del trigo cayeron aún más, los agricultores estaban al límite. 

Un ejército de 20.000 emúes 

Por si todo eso fuera poco, había un ejército fantasma de 20.000 emúes al acecho, esperando su oportunidad. Despreciando lo que aquellos labradores habían hecho por la grandeza de su país, aquellas bestias despiadadas ocuparon  los campos con la malvada intención de comerse las cosechas. 

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Compañía de emúes con su líder desafiante al frente.

Además, habían buscado aliados y, en una operación combinada, los emúes inutilizaron las cercas anticonejos y estos, eternos enemigos del agricultor australiano, también pudieron acceder a las maltrechas cosechas. 

Los agricultores necesitan hacer algo y como todavía tenían muy presentes sus experiencias en Gallipoli y otros lugares –quién puede olvidar eso en solo una vida– piden armas al gobierno para acabar con la invasión a las bravas.

Así, en este punto tenemos, por un lado a granjeros exmilitares muy cabreados que piden armas y por otro a un gobierno que les había prometido subsidios que nunca llegaban. La solución está clara: ni hablar de entregarles armas, sería el ejército el que se encargaría directamente de dar una solución final al problema emú en Australia. 

Comienza la guerra del emú

El ministro de Defensa, George Pearce, dio luz verde a la guerra del emú. No solo le pareció buena idea la solución –criticada por otros políticos a los que el método para resolver el problema les pareció un poco cruel– sino que pensó que la victoria le proporcionaría una buena propaganda. Estaba tan convencido que mandó, junto a los soldados, un equipo de camarógrafos para inmortalizar la gesta. 

La tarea se le encomendó a la 7ª Batería Pesada de la Real Artillería Australiana, al mando de G.P.W. Meredith. Muy temprano, en la mañana del 2 de noviembre de 1932 se desplegaron en un punto intermedio entre Perth y Kalgoorlie. Iban pertrechados con ametralladoras automáticas Lewis, que se habían hecho famosas en la pasada guerra. Llevaban 10.000 proyectiles. Teniendo en cuenta que los emúes eran 20.000 tal vez contemplaban que la otra mitad se rindiera.  

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El ministro de defensa, George Pearce.

Pronto divisaron una compañía enemiga, de apenas unos 50 emúes. El comandante Meredith dio la orden de rodearlos. Se iban a enterar esos bichos. Y empezaron a disparar.

Al final del día, el resultado fue de solo una docena de pájaros muertos. No daban las plumas para muchos sombreros. No hay datos de cuánta munición se gastó. 

Un enemigo formidable

Los días siguientes la guerra del emú no progresó adecuadamente, que digamos.  El 4 de noviembre, cuando Meredith había conseguido –mediante una emboscada–  acercarse más al enemigo, la ametralladora se atascó y los emúes huyeron cobardemente.

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Ametralladora Lewis

Un poco a la desesperada, otro día se montó la ametralladora en una camioneta, pero esos malditos pájaros son capaces de correr a unos 50 km/h. Se pueden imaginar ese camión persiguiendo emúes por los sembrados: el pobre ametrallador bastante tenía con no romperse la crisma, no efectuó ni un solo disparo. 

La buena noticia, resaltada por Meredith en su informe, es que las tropas australianas no habían sufrido ninguna baja. Ojo, que no es tan obvio.

Resultó que los emúes eran invencibles, unos pájaros escurridizos y muy astutos. Primero hicieron creer al enemigo que eran estúpidos (eso siempre funciona) y después demostraron que eran unos buenos estrategas. 

En palabras del propio Meredith. “Cada grupo tiene su líder, que vigila mientras los otros comen. Al primer indicio sospechoso, él da la señal, y docenas de cabezas salen de la cosecha. Algunas aves se asustarán, comenzando una estampida precipitada por el matorral, pero el líder siempre permanecerá hasta que sus seguidores se hayan puesto en lugar seguro”.

Los puñeteros corrían que se las pelaban, en todas direcciones, haciendo muy difícil alcanzarles. Además, se comprobó que tenían la piel muy dura, y los disparos lejanos, aunque les acertasen, no los mataban. “Podían enfrentar ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques”, según el frustrado comandante. 

Retirada a tiempo, que no victoria

La guerrilla emú iba ganando. Las mofas hacia el ejército y las críticas de los animalistas hicieron el resto. A la semana el ejército se retiró. Las cifras finales de la guerra del emú varían según las fuentes, entre 50 y 200 emúes muertos, con unos 2.500 proyectiles disparados. emú,emúes,emús,guerra del emú,Australia 1932

Hubo una segunda intentona en diciembre del mismo año, con resultados un poco mejores para el ejército, pero no del todo satisfactorios. La inversión en munición seguía siendo desproporcionada con el resultado obtenido. 

Los agricultores siguieron pidiendo ayuda al ejército en 1934, 1943 y 1948, pero el gobierno ya estaba escarmentado y se negó a recurrir de nuevo al ejército. 

El sistema de recompensas a los granjeros funcionó mejor y durante los años 40 fueron masacrados miles de emús. Actualmente es una especie protegida, que cuenta con más de 600.000 ejemplares.

Así que mejor no molestarles.

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2 comentarios sobre “La guerra del emú”

  1. Gracias por el relato. Muy bueno para dejar de pensar un rato sobre el tema de moda, que los medios nos recuerdan todos los días todo el día.
    Me gusta mucho tu estilo. Un humor agradable. Fluido, sin que las interesantes alusiones al contexto hagan perder el ritmo; lo justo y necesario, con palabras coloquiales (hay quienes creen lucirse usando palabras «cultas» y haciendo acotaciones que son microrrelatos).
    Un hermoso recuerdo histórico para mostrar cómo funciona la inteligencia militar.
    Que tengas un buen día.

    1. Muchas gracias Jorge. Lo que describes es exactamente lo que pretendía, así que me has alegrado el día con tu comentario. Qué digo el día, la semana.
      Estoy ahora que no quepo por la puerta, lo que en estos días, además, no es problema 🙂

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