Archivo de la etiqueta: siglo XX

Zoos humanos, un esqueleto en el armario

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Antes de emnpezar con los zoos humanos permítanme una historia particular, con nombre y apellido. Sara (Saartije en afrikáans) Baartman nace en 1789 en Cape Est, Sudáfrica, en la tribu de los khoikhoi. Siendo adolescente emigra  a Cape Flats, cerca de Ciudad del Cabo donde es esclava de unos granjeros. Pueden imaginar que la vida de la muchacha no era idílica.

En 1810 es vendida al británico William Dunlop, que se la lleva a Europa. Con apenas 20 años Saartjie sale de África rumbo a la civilización. A partir de ese momento su vida será aún peor.

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Transferencia Gruen, una experiencia religiosa

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Pasó la Semana Santa y algunos, los menos, dedicaron esos días a conmemorar la antigua fe de sus abuelos: recrearon el martirio de Jesús, pasearon sus imágenes y visitaron sus templos. Otros, los más, vivieron la nueva (o no tan nueva) fe: se fueron al centro comercial.

Yo, que estuve poniéndome al día en lecturas, pelis, series y reportajes, recuperé un documental grabado (no son horas, señores programadores) que hablaba de la “transferencia Gruen”;  le quité un poco de polvo a “Coerción”, de Douglas Rushkoff, que ampliaba un poco el tema; y acabé visitando alguna web sobre interiorismo de centros comerciales.

Todo me hizo pensar que las iglesias que revientan aforo hoy día son los centros comerciales. No se si venden o estamos ante otra burbuja (motivo de otro post), el caso es que llenan la pista de devotos. Y se construyen con el mismo cuidado e intención que los viejos templos: provocar una emoción, vivir una experiencia. Cada elemento del espacio, por pequeño que sea, está pensado para que adoremos al único dios verdadero: la compra.

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Fordlandia, una ciudad en ruinas

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Siempre me han fascinado las historias de megalomanías fracasadas. No por el goce morboso sino porque nos pone en nuestro sitio. En su momento hablé de Prípiat, “la ciudad del futuro”, una fantasía del paraíso socialista achicharrada súbitamente por la radioactividad. En el post la confrontaba con Detroit, una ciudad moribunda, un final más acorde con la fantasía capitalista. Y la ciudad de los coches me llevó, maravilla de Internet, a Fordlandia.

Podríamos decir que Fordlandia se encuentra en el punto más elevado de la soberbia de Henry Ford, pero para ser más exacto y menos pedante, en realidad se ubica en el Amazonas brasileño, a orillas del río Tapajós. O sea, en medio de la selva, entre Santarem y Belem.

La ciudad se construyó de la nada en 1930 en lo que no dejaba de ser una versión más de la típica colonia industrial del siglo XIX pero sin tanta clase como la Güell. Aquello era más bien como las Little boxes que cantaba Pete Seeger, puro american way of life.

Para Ford era tan importante la producción como su deseo de jugar a ingeniero social creando su sociedad ideal, su paraíso capitalista.
Pero al gigante de la industria esto le salió mal.  Aquella aventura acabó 16 años después con 20 millones de dólares gastados y una ciudad fantasma.

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La cárcel de Stanford somos todos

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Seguro que no soy nada original –a estas alturas pocas cosas tengo más claras– pero al hilo de los últimos brotes de violencia callejera contra personas, e incluso contenedores, yo no paro de acordarme del experimento del profesor Zimbardo, conocido también como el “experimento de la cárcel de Stanford«.

Zimbardo quiso demostrar, nada menos, que las líneas morales son extremadamente inestables y que es muy fácil moverlas dependiendo de la situación. Y lo hizo con uno de esos atrevidos experimentos que se llevaban en los 60, como el de su colega Milgram, y que ahora están muy demodés, criticados ferozmente por la psicología oficial. Criticados públicamente, que en las cocinas de los ejércitos vaya usted a saber lo que tienen ahora a fuego lento.

El de Phillip Zimbardo tuvo lugar en el verano de 1971 y es muy probable que hayan oído hablar de él o hayan visto una película basada en el mismo.

La película, claro, exagera, pero la verdad es que en aquella falsa cárcel de Stanford al profesor el asunto se le fue un poco de las manos. Previsto para 2 semanas, el experimento tuvo que cancelarse a los seis días.

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Johann Reichhart, al servicio de Alemania

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Johann Reichhart siguió el negocio familiar, el que le enseñó su padre y su abuelo. Pero había empezado antes, ocho generaciones antes, nada menos. Johann hizo lo que había hecho siempre su familia. A falta de sus memorias (qué pena), desconozco si tuvo algún momento de rebeldía contra sus mayores o siempre aceptó su destino, al que dedicó toda su vida.

El caso es que una vez aceptado se dedicó en cuerpo y alma, como debe hacer un verdadero profesional. Él se lo tomaba muy en serio. Los más viejos del lugar deben recordarlo todavía con su uniforme, impecablemente vestido a la antigua usanza de su profesión: traje negro, camisa blanca, corbata negra de lazo, guantes blancos y sombrero de copa. Era muy estricto. Siempre aferrado a una libreta donde registraba todo con la exactitud y pulcritud que se presupone a un profesional germano.

También le acompañaba siempre su principal instrumento de trabajo, su fallbeil portátil.

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Claudette Colvin, la otra

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Si una ley es injusta, es lícito no acatarla
Henry David Thoreau

Mientras más obedecíamos, peor nos trataban
Rosa Parks

Si hablamos de desobediencia civil, de desobedecer leyes injustas, no solemos acordarnos de Claudette Colvin, su nombre no nos dice nada.

En seguida nos vienen a la mente Mandela o las sufragistas inglesas, unas señoras muy desobedientes que consiguieron el voto para la mujer.  Y, sobre todo, Rosa Parks, la costurera que en diciembre de 1955 se negó a ceder su asiento en el autobús a un blanco, tal como marcaban las leyes de Alabama. Parks, pasó la noche en el calabozo y pagó una multa de 14 dólares, pero a la vez fue un símbolo para el inicio del movimiento en favor de los derechos civiles y el fin de la segregación racial en Estados Unidos. Eso es lo que consiguió Rosa al no obedecer una ley injusta.

Pero, como sugería al principio,  no quiero hablar de Parks, que ya la conocemos. De quien quiero hablar hoy es de Claudette Colvin. La otra.

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