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Adolf Hitler, el multimillonario

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Cuando se suicida el 30 de abril de 1945,  Adolf Hitler ya se ha convertido, por méritos propios, en uno de los mayores criminales de la historia. Es el responsable (tal vez el mayor  pero no el único, estuvo bien asesorado) del asesinato de millones de personas y del sufrimiento de otras tantas.  Había arrasado buena parte de Europa, incluyendo su propio país.

Ante eso lo demás es secundario, por supuesto. Pero creo que no está de más recordar que los nazis, con su jefe a la cabeza, además de asesinos fueron unos ladrones.

Durante años la propaganda nazi cultivó el mito del Hitler austero y abnegado al que no le interesaba el dinero ni las cosas materiales. Él todo lo hacía por su patria, el resto era secundario. Y ese retrato fabricado por Goebbels y compañía incluso caló en sus enemigos: un líder loco con un ideario perverso pero al que no interesaba el dinero.

Pues para no interesarle, a sus 56 años –cuando se pega un tiro  en el búnker incapaz de enfrentarse al resultado de su obra– Hitler era multimillonario. Su fortuna se estima en unos 700 millones de marcos, cuando el salario medio era de 1.500.

Una fortuna que la agencia tributaria alemana, por cierto, ni olió.

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La carretera de los huesos

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Se conoce como “Trassa” (La Ruta), así a secas, porque no necesita otro nombre: es la única carretera que hay en una vasta zona de la Rusia siberiana. Concretamente es el último tramo de 2.032 kilómetros de la M56, también llamada Autopista de Kolymá, aunque lo de autopista es un eufemismo. En realidad es una calzada apenas pavimentada que atraviesa zonas boscosas inhabitadas. Está considerada como una de las carreteras más peligrosas del mundo.

Conecta la ciudad de Magadán con el río Lena a la altura de Yakust  y fue construida por orden de Stalin entre 1932 y 1953, año de su muerte, para transportar el oro de las minas de la zona hasta la costa del Pacífico, frente a la península de Kamchatka.

En invierno el problema es el frío, se llega a 60 bajo cero, aunque la parte buena es que la congelación del suelo la hace más fácilmente transitable, porque en primavera, con el deshielo, el barro derrite la ruta en muchos puntos, haciéndola imposible. La zona es tan inhóspita que los vehículos accidentados allí se quedan, convirtiendo partes de la carretera en un cementerio de automóviles.

Aparte de razones geográficas (la enorme balsa de agua del subsuelo lo hace inestable), la alta siniestralidad en algunos tramos tiene otras dos explicaciones. La primera pretende ser científica: en algunas zonas se podrían producir emanaciones de gases que duermen o atontan a los conductores, lo que provoca los accidentes. La segunda no lo pretende: los accidentes se deben a la gran cantidad de fantasmas que vagan por una carretera maldita.

No seré yo quien se abone a la segunda explicación, pero no faltaría base para considerar maldita una ruta a la que se conoce como La carretera de los huesos porque está pavimentada, literalmente, con los huesos de quienes murieron construyéndola.

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Genie: frágil, preciosa e inquietante

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A Genie le robaron la vida. Todo. Ni siquiera el nombre es suyo, Genie es el nombre que le puso el estado de California a una niña que desde su nacimiento en 1957 no tuvo ninguna posibilidad. La suya fue una vida no vivida.

Pasó un tercio de la misma torturada por su padre, otro estudiada por especialistas y del resto no sabemos nada. Se supone que sobrevive todavía en alguna institución mental, pero se ha optado por respetar su privacidad después de que su triste caso gozara durante un tiempo de gran popularidad.

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Checoslovacos por Siberia

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EXTERIOR ESTEPA RUSA – DÍA. Amanece en una mañana fría de invierno. Todo está en calma. En un vagón de tren en medio de la nada dos soldados de guardia contemplan la belleza del paisaje sin parar de tiritar por el frío.

Milan: ¿Qué coño hacemos aquí Pavel?

Pavel: Joder Milan, no me digas que a estas alturas todavía no lo sabes.

Milan: No, si lo sabía, pero ya no me acuerdo. No se si por el frío o por el hambre.

Pavel: La verdad es que yo tampoco me acuerdo. Solo quiero volver a casa de una puta vez.

De todas las historias fascinantes de la Primera Guerra Mundial creo que la de la Legión Checoslovaca en una de las mejores, digna de un guión del Hollywood anterior a la era de los superhéroes.  Trata de un ejército errante de un país que en ese momento todavía no existía y que ya desapareció metido en una guerra civil que no era la suya. A ver si acierto a contarla, así por encima.

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Shell shock y la mirada de las mil yardas

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El 28 de junio se cumple un nuevo aniversario del atentando de Sarajevo que supuso el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Una guerra de trincheras de barro donde se mezclaba sudor, sangre, mugre y muerte. Y mucho ruido. Un sonido constante de explosiones, gritos, ametralladoras, crujir de huesos, llantos y quejidos de dolor. Locura fuera de toda humanidad o humanidad en su máxima expresión, según se mire. Muchos de los que volvieron a casa nunca regresaron. Se quedaron allí, atrapados en el Shell Shock o la mirada de las mil yardas.  
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¿Quién fue Kurt Gerstein?

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La noche del 20 al 21 de agosto de 1942, Göran von Otter viaja en un tren hacia Berlín. Una larga noche que no olvidaría jamás. Y ya es decir para un diplomático, nieto de un primer ministro sueco, que es el secretario de la delegación de su país en la capital del Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Pero aquella fue la noche en que conoció a Kurt Gerstein.

No hacía mucho que acaba de salir de Varsovia cuando se le acerca un oficial de la SS e inician una conversación. Supongo que empezaron con trivialidades. Entonces el tren se detiene en medio de un descampado y  deciden bajarse a estirar las piernas.  El alemán enciende un cigarro y de pronto la conversación cambia la vida de von Otter: “ayer vi algo horrible”, dice el SS.

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