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Muslyumovo, el Chernóbil silencioso

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El pueblo de Muslyumovo, en la Siberia rusa, a unos mil novecientos kilómetros al este de Moscú es, casi oficialmente, el culo del mundo. Dicho esto con todo el respeto a sus cerca de 4.000 habitantes. No lo digo yo, lo dice el Worldwatch Institute, que lo califica comoel lugar más contaminado del mundo”. 

En un planeta cada día más sucio, el galardón no es moco de pavo.  La isla de basura del Pacífico (también llamada sopa de plástico), por ejemplo, está ahí disputándole el sitio. Esto último al menos aparece de vez en cuando en el informativo; Muslyumovo ni eso. Una esquina olvidada del mundo donde la radioactividad mata a la chita callando. 
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Francisco de Carvajal, el demonio de los Andes

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Ayer fue 12 de octubre, Día de la Hispanidad, la fiesta nacional de España. Yo vivo en Barcelona, así que tengo 2 fiestas nacionales (Diada del 11 de septiembre) en un mes. Eso, además de un trajín, me provoca un inquietante dilema: todavía no he decidido cual de las dos fiestas me emociona menos.

Pero un día como hoy sí que da pie a pararse a aprender y reflexionar sobre la historia del país que por azar nos ha tocado. Una reflexión mesurada y con la mente abierta, alejada de ese orgullo que es más grande, y sospecho que pasa en todos los países, cuanto más se desconoce dicha historia. En este caso no puedo estar más de acuerdo con Gil de Biedma en que “de todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal”. Termina mal para los de siempre. Siempre.

En el día de hoy se conmemora el encuentro de dos mundos y creo que no se puede negar la trascendencia que eso ha tenido en la historia mundial. El cómo se hizo ya es otra cosa; en el choque de civilizaciones siempre hay ganadores y perdedores. No podemos juzgar la historia con los parámetros éticos y filosóficos actuales. Si hoy día ir a ‘hacer las américas’ puede significar montar una puntocom de éxito, en otros tiempos esa posibilidad se ganaba, casi exclusivamente, a sangre y fuego.

Hoy quiero recordar uno de esos personajes de sangre y de fuego: Francisco de Carvajal, el demonio de los Andes. Seguir leyendo Francisco de Carvajal, el demonio de los Andes

Julia Pastrana, La Indescriptible

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Julia Pastrana nació mujer, india y pobre en el estado Sinaloa, México, en 1834. Así que lo normal es que su vida no fuera fácil. Pero  además Julia era muy especial.  Tanto que cuentan en su pueblo, Ocoroni, que su madre la mantenía recluida en casa. También cuentan que en la casa no había espejos.
Julia Pastrana hubiera sido una india pobre y anónima más si no hubiera nacido con hipertricosis lanuginosa (otros hablan de hirsutismo) y con hiperplasia gingival. O, en términos de marketing –que puede ser extremadamente cruel–  si no se hubiera convertido en la famosa mujer mono, la mujer oso, la mujer más fea del mundo, un “híbrido maravilloso, producto de los amores pecaminosos entre un hombre y una hembra de orangután”. 
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Mastro Titta, matando al servicio del Papa

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Imagino a Giovanni paseando tranquilamente por su barrio del Borgo, tras jubilarse, siendo observado por todos. Había tenido dos trabajos. Con su mujer pintaba sombrillas que vendía a los turistas que visitaban Roma. Pero ese era el otro trabajo. En la ciudad todos le conocían por ser un funcionario muy particular del Vaticano. Había empezado a trabajar para el papa Pío VI a los 17 años; se jubiló, con Pío IX, a los 85 años, con una pensión de 30 escudos anuales, generosa para 1865.

Era famoso, su trabajo era público e intuyo que tendría admiradores y detractores. Giovanni Battista Bugatti, conocido por toda Roma como ‘Mastro Titta’, trabajó 68 años, de 1796 a 1865, dejando tal huella que su apodo se convirtió en la ciudad en sinónimo de su profesión. También dejó 516 cadáveres, a los que mató de uno en uno y a la vista de todos. El bueno de Giovanni era el verdugo del Papa.

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Janusz Korczak, el Viejo Doctor

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Era la mañana del 5 de agosto de 1942. En el ghetto de Varsovia habría una atmósfera que yo no estoy capacitado para describir ni imaginar. Los testigos hablan de un aire espeso, de silencio, miedo, resignación. Los nazis estaban limpiando el ghetto, trasladando a los judíos a los campos de exterminio. Habían desalojado a los casi 200 niños del hogar judío que regentaba, que marchaban en silencio hacia los trenes de la muerte. Y al frente de todos estaba él. Su nombre era Henryk Goldszmit, pero el mundo lo conocía como Janusz Korczak, un pseudónimo que había usado en sus escritos en prensa y en sus libros. Tenía otros apodos, como como Stary Doktor (El Viejo Doctor) o Pan doktor (Señor Doctor).

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La trobairitz y la soldadera

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Hasta hace cuatro días yo no sabía quiénes eran las trobairitz. En los siglos XII y XIII debían hacerse muy largas las tardes en los castillos de los poderosos, sobre todo porque no trabajaba ninguno. Aparte de entrenarse en el manejo de las armas y procurar no ser envenenado, poco más había por hacer.

Así que, armas aparte, los que no se daban a la oración y la mística se dieron a la literatura y el canto. En los siglos XII y XIII surgieron en el sur de Francia (o Catalunya Nord, no se me enfaden mis paisanos) los trovadores. Posteriormente la moda se extendió por otros lugares del Occidente cristiano.

Los trovadores componían y cantaban en lengua provenzal u occitano. Era una poesía culta y refinada, surgida entre las clases ricas para consumo propio, una afición para pasar el rato. Una poesía profana sometida a unas reglas estilísticas muy marcadas que cantaba lo que se ha venido a llamar el “amor cortés”.

¿Qué era eso? En teoría una concepción platónica y mística del amor, un estado de sufrimiento gozoso que lleva al nirvana, pero en el que no se consuma nada de nada. El trovador canta las excelencias de su inalcanzable amada. ¿Por qué inalcanzable? Pues porque la amada era la mujer de otro, así que había que guardar las apariencias y mantenerse lejos de la espada del cónyuge. Tanto que a menudo se usaban seudónimos en lugar del nombre de la señora.

Pero este esquema de trovador y amada-señora-de no siempre se dio así. Aunque se han documentado pocos casos y quedan pocas pruebas escritas, existieron algunas mujeres que le dieron la vuelta al asunto, las trobairitz.

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