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Hasta hace cuatro días yo no sabía quiénes eran las trobairitz. En los siglos XII y XIII debían hacerse muy largas las tardes en los castillos de los poderosos, sobre todo porque no trabajaba ninguno. Aparte de entrenarse en el manejo de las armas y procurar no ser envenenado, poco más había por hacer.
Así que, armas aparte, los que no se daban a la oración y la mística se dieron a la literatura y el canto. En los siglos XII y XIII surgieron en el sur de Francia (o Catalunya Nord, no se me enfaden mis paisanos) los trovadores. Posteriormente la moda se extendió por otros lugares del Occidente cristiano.
Los trovadores componían y cantaban en lengua provenzal u occitano. Era una poesía culta y refinada, surgida entre las clases ricas para consumo propio, una afición para pasar el rato. Una poesía profana sometida a unas reglas estilísticas muy marcadas que cantaba lo que se ha venido a llamar el “amor cortés”.
¿Qué era eso? En teoría una concepción platónica y mística del amor, un estado de sufrimiento gozoso que lleva al nirvana, pero en el que no se consuma nada de nada. El trovador canta las excelencias de su inalcanzable amada. ¿Por qué inalcanzable? Pues porque la amada era la mujer de otro, así que había que guardar las apariencias y mantenerse lejos de la espada del cónyuge. Tanto que a menudo se usaban seudónimos en lugar del nombre de la señora.
Pero este esquema de trovador y amada-señora-de no siempre se dio así. Aunque se han documentado pocos casos y quedan pocas pruebas escritas, existieron algunas mujeres que le dieron la vuelta al asunto, las trobairitz.
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