Pasó la Semana Santa y algunos, los menos, dedicaron esos días a conmemorar la antigua fe de sus abuelos: recrearon el martirio de Jesús, pasearon sus imágenes y visitaron sus templos. Otros, los más, vivieron la nueva (o no tan nueva) fe: se fueron al centro comercial.
Yo, que estuve poniéndome al día en lecturas, pelis, series y reportajes, recuperé un documental grabado (no son horas, señores programadores) que hablaba de la “transferencia Gruen”; le quité un poco de polvo a “Coerción”, de Douglas Rushkoff, que ampliaba un poco el tema; y acabé visitando alguna web sobre interiorismo de centros comerciales.
Todo me hizo pensar que las iglesias que revientan aforo hoy día son los centros comerciales. No se si venden o estamos ante otra burbuja (motivo de otro post), el caso es que llenan la pista de devotos. Y se construyen con el mismo cuidado e intención que los viejos templos: provocar una emoción, vivir una experiencia. Cada elemento del espacio, por pequeño que sea, está pensado para que adoremos al único dios verdadero: la compra.
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