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La tecnología no es neutral. Parte VI

Tiempo lectura: 5 minutos

“Y a continuación …” en el reino de la Videocracy

Vamos a continuar la serie con Neil Postman y su “Divirtámonos hasta la muerte” y con la televisión, por seguir la cronología.  Más adelante, con Nicholas Carr, veremos cómo afecta Internet a nuestra manera de pensar. Pero permítanme hacer un poco de ‘historia’ de la televisión. Qué cosas, hace sólo 30 años de todo esto.

Escribe Postman:

Otro de los aspectos que contribuye a banalizar la realidad en la televisión es la continuidad. No hay ningún asesinato  tan brutal, ningún terremoto tan devastador, ningún error político tan grande que no se pueda borrar de nuestras mentes con un  y a continuación…’  del presentador.

Con esto el presentador nos evita reflexionar sobre lo que nos acaba de decir, no tenemos tiempo, nos dice que ya hemos pensado durante el tiempo suficiente la cuestión anterior  (aproximadamente unos ¿veinte segundos?) y que ahora debemos fijar nuestra atención en otra noticia, en un anuncio o un programa de entretenimiento. Porque en el fondo no se trata de crear un plato que nos alimente sino un pastiche que nos sacie.

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La tecnología no es neutral. Parte V

Tiempo lectura: 6 minutos

La tele se mete en política

Sigamos con Postman y cómo afecta la llegada de la televisión al discurso político. Pero antes de seguir tengo que recordar una cosa: Postman vivió en el mundo pre-Internet, un mundo en el que la televisión era diferente porque no había sufrido todavía la influencia de la Red.

De todas maneras, en este capítulo no se va a notar, hay cosas que no han cambiado, sobre todo la principal, que ya comentaba en el capítulo anterior: la televisión tiene un gran punto débil, es muy fácil de apagar, o de cambiar de canal, que viene a ser lo mismo. Por eso debe entretener en todo momento, todo debe ser un show.  Si a eso se une la voluntad de querer abarcar todos los campos del discurso público, se obtiene espectáculo las 24 horas del día, no importa el tema que sea.

En Estados Unidos, la vanguardia mundial en cuanto a televisión se refiere, ya hace años que se televisan juicios “de interés social”, u otros acontecimientos, en directo. En España se siguió al minuto la huelga encubierta de controladores (uff, eso merece una entrada, ya veremos) porque parecía que había obligación de hacerlo. Y porque era espectacular, claro. La gente perdiendo los nervios da muy bien en cámara. Los aeropuertos colapsados de gente con sus maletas o gritando eran irresistibles. Entre esas imágenes y la repetición machachona de la frase ‘el país paralizado’ se consiguió que la gran mayoría de los españoles, que no cogieron un avión ese día y que, como yo, tuvieron un día absolutamente normal (fueron de compras, cogieron el coche, fueron al cine, otros al hospital, etc) repitieran la consigna como un mantra: el país se había paralizado. Lo único que cambió el día de toda esa gente es que no había otro tema en la tele, así se consiguió  el famoso estado de excepción. Gracias a la tele. Así paralizas un país, controlando la tele. Claro que para ello se necesitan unos cuantos medios en la misma dirección, sin fisuras.

Eso es lo que hace bien la tele, crear sensaciones generales aún en contra de tu experiencia personal.

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La Tecnología no es neutral. Parte IV

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La televisión: el espectáculo continúa

La televisión es la nueva tecnología, es el centro de las sociedades mínimamente avanzadas. Nadie se excluye de su uso, no hay barreras de edad o condición social. Todo el mundo la consume en mayor o en menor medida. No hay un tema de interés público que no se encamine hacia la televisión. Por poner un ejemplo, los grandes acontecimientos deportivos se hacen para ser retransmitidos y el público que asiste a ellos se convierte en un figurante más del gran espectáculo.  El cambio de los horarios de los partidos de fútbol sería el ejemplo más claro. La televisión incluso nos dirige de una manera un poco más sutil: nos organiza el entorno de comunicaciones (qué películas, libros, revistas, programas de radio hemos de consumir), nos dice qué debemos comprar e incluso nos organiza en muchos casos el plan del día.

En esto cada día que pasa le come más terreno Internet, a grandes zancadas, pero creo que todavía la TV es la reina, los que usamos Internet tendemos a creer que la realidad que vivimos es la única y hay todavía grandes huecos en esa Red, agujeros enormes que están por llenar. Creer, como dicen algunos medios, que un gobierno ha caído gracias a Twitter me parece, cuanto menos, un poco ingenuo.

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La tecnología no es neutral. Parte I

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De MacLuhan y Potsman

Si esta página cae en ojos de un estudiante de Comunicación ya sabrá de qué va, y sino (los programas cambian, los profesores se descuidan) que vaya a buscar el libro de Postman. Los que no hayan caído en las garras de dicha carrera pero les interesa el tema, que hagan lo mismo. Al fin y al cabo desde hace años tengo la teoría de que en bachillerato debería haber dos asignaturas obligatorias: Nutrición y Medios de Comunicación. Lo que más hacemos es comer y consumir mass media (perdón por la expresión) sin tener ni puñetera idea de cómo se hacen ambas cosas.

El libro del que quiero hablar hoy es Divertirse hasta morir, el discurso público en la era del «show business», y fue escrito por un tal Neil Postman en 1985. Pero no se precipiten y lo den por obsoleto hasta que no lo hayan leído o acaben, tengo la esperanza, de leer esta especie de reseña.

 

El prefacio del libro no solo anuncia su tesis principal, además es brillante. A un tipo impresionable como yo le noqueó. Empieza diciendo que los estadounidenses reflexivos, tras aguantar la respiración,  se congratulaban de que hubiera pasado 1984 sin que en su país (ni en el resto de Occidente, añado yo) se hubiera cumplido la pesadilla autoritaria que profetizaba Orwell en su novela. Pero estaban tan pendientes de Orwell que no se habían dado cuenta que lo que sí se había cumplido era lo que temía Aldous Huxley en Un mundo feliz.

El estado tenebroso de Orwell en el que un Hermano Mayor (que no Gran Hermano), decida todo por nosotros y nos prohíba todo lo que le de la gana se ha revelado en nuestras democracias occidentales, y salvo intentos como la penúltima ley antitabaco, poco probable. No parece viable.

Pero en la visión de Huxley no hace falta ningún dictador que uniforme el discurso y nos diga constantemente qué debemos pensar y qué no. Pero mejor en palabras de Postman.

Lo que Orwell temía era que se prohibirían los libros. Lo que temía Huxley era que no habría razón para prohibir ningún libro porque no habría nadie que quisiera leer. Orwell temía a los que nos pudieran privar de información. Huxley temía a los que nos darían tanta que nos reducirían a la pasividad y el egoísmo. Orwell temía que se nos ocultara la verdad. Huxley temía que la verdad se ahogara en un mar de irrelevancia.(…) En 1984 las personas son controladas mediante el dolor. En Un mundo feliz, son controladas mediante el placer. Resumiendo, Orwell temía que nos destruyese lo que odiamos. Huxley temía que nos destruyese lo que amamos.

Joder con Huxley.

El libro (y este escrito) tratan de la posibilidad de que fuera Huxley,  y no Orwell, el que tuviera razón.

Internet va a cambiar la película, y tras los sucesos en el mundo árabe parece aún más claro que el mundo de Orwell (con permiso de Google) cada día es un poco más improbable. Pero ¿y el de Huxley?

Continuará, que tengo que irme a dormir.