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25N, Catalunya desde el aire

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Queda una semana y sigo indeciso, tan despistado que no se ni en qué país vivo. El 25N hay elecciones al Parlament de Catalunya y parece que son las elecciones del siglo, como un clásico pero elevado a infinito y más allá. Se pretende iniciar un camino incierto que puede llevarnos a situaciones tan extremas como no saber qué competición jugará el Barça en los próximos años. Imagínense.

Aunque los mensajes apocalípticos, generalmente foráneos, no han calado en la sociedad catalana (en el Juicio Final llevaremos abogados y algo apañaremos antes de entrar en la sala) la cosa es seria. Y como veo que pasan los días y sigo sin ver la luz, decido echar un vistazo a los carteles electorales para que me iluminen. No soy un experto en comunicación política, ni en todo lo demás, pero acabo de recibir la tarjeta oro de Caprabo y eso debería significar algo. Tal vez encuentre la verdadera esencia de los partidos encerrada en unos píxels. En ese momento el espíritu de la democracia me susurra que pase de carteles y que base mi decisión informándome en los programas electorales. ¿Programas electorales? El espíritu ese es tonto perdido.  Seguir leyendo 25N, Catalunya desde el aire

Eufemia

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“No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Tenemos ante nosotros una prueba de la más penosa naturaleza. Tenemos ante nosotros muchos, muchos meses de lucha y sufrimiento”.

Discurso de Winston Churchill en la Cámara de los Comunes
13 de mayo de 1940 

Había una vez un reino muy muy cercano aquejado de una extraña enfermedad cuyo nombre no se podía pronunciar. Aquella enfermedad atacaba a las palabras, con lo que se entiende que los virus neutralizaran en primer lugar su propio nombre. Las palabras tienen el germen en su adn, así que el mal innombrable no era nuevo y tenía mucho que ver con su peso.  Porque en contra de lo que mucha gente cree, las palabras no son etéreas, pesan su significado en oro y hay que tener mucho oro para comprar significados. La prueba es que las palabras de los de abajo nunca llegan arriba, lastradas por la pobreza, que es como el plomo. Por contra, las palabras de los de arriba se precipitan siempre sobre los de abajo. Unas veces caen como losa y otras bajan gráciles como filo de diamante.  Eso es algo que los sabios doctores de la la corona saben y callan, por no crear alarma social entre sus súbditos.
La enfermedad se manifiesta en que las palabras cambian de forma de tal manera que algunas no se reconocen en el espejo por las mañanas. Eso provoca que la lengua se ensucie con ruido de interferencias, como una pantalla con «nieve» buscando su sintonía. En casos extremos se desarrollan tumores necróticos en la lógica proposicional que hacen irrecuperables regiones enteras del pensamiento.
No es una enfermedad exclusiva de este reino, de otros lugares remotos también llegaron microbios que disfrazaron las viejas palabras guerra e inocente con un estilo más «casual«: intervención humanitaria  o daños colaterales; el maldito bicho no se anda con sutilezas y ataca también perífrasis y circunloquios con la misma saña.  Hubo un tiempo, hace ya muchos años, en el que el mal casi mata a todas las palabras al convertir Horror en solución final. Pasado ese trance de muerte parecía que las palabras estaban inmunizadas, pero el virus es muy resistente. Se sabe que determinadas perturbaciones atmosféricas o desastres naturales, como la pobreza o la injusticia, convierten a la viejas palabras en afiladas espinas que pueden herirte, como un huso a una princesa, si no las sabes manejar con cuidado. Ante eso, algunos consejeros de palacio inocularon un potente bacilo, el miedo, que tiene la virtud de limar asperezas: siempre han sido partidarios de palabras romas con las que puedan jugar los niños.
Por estos pagos, hace años, esos consejeros crearon consenso y transición para sustituir statu quo e impunidad, palabra ésta última de muy mala fama. Pero últimamente y en poco tiempo el reino ha sufrido una grave recaída y anda postrado en el lecho por un rebrote del mal innombrable. Porque lo que tal vez esos aprendices de brujo no calcularon, o sí, es que el miedo produce un efecto secundario muy potente que hace que el virus se vuelva más agresivo, hiriendo de muerte a las palabras más resistentes y borrando el rastro de las más débiles.
En este reino, austeridad  y liberalización acaban de abrir un negocio de reformas a domicilio que lo mismo te alicata una autopista que te derriba una escuela. Diferente tiene que llevar un parche amarillo en la ropa, siempre visible, que dice extremista.  De un tiempo a esta parte no despedimos a nuestros familiares en la estación, los reajustamos o flexibilizamos con lágrimas en los ojos. La subida de impuestos es ponderación fiscal y las viejas tradiciones laborales de nuestros bisabuelos la modernidad. A libertad la hemos puesto a trabajar en un burdel de los de público exclusivo. Privado, por supuesto. Le hemos competitivizado la paga dos veces, pero ella no se queja porque tiene para ir tirando y si se queja hay cuarenta palabras más en la puerta. Mientras, la lógica ha sido detenida y está en prisión preventiva, a la espera de una decisión judicial que será responsable ya que justa está afectada por un ERE iniciado tras demostrar unos tecnócratas extranjeros que su sueldo era un gasto inasumible para la corona.
Otras palabras viejas, viéndolo venir, sencillamente han huido con lo puesto hacia tierras lejanas. Responsabilidad, por ejemplo, harta de pudrirse en el paro ha cogido su petate y ha emigrado donde pueda sentirse útil.
Por cierto, vergüenza se encuentra en paradero desconocido;  sus familiares agradecerán cualquier dato que ayude a su localización.

Carr II, nuestro cerebro es plástico

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Un amigo dice a menudo una frase muy aguda: “nos estamos volviendo tontos y nos gusta”. No solo clava la realidad en muchos aspectos sino también la tesis central del libro de Nicholas Carr, Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Tras unas cuantas semanas abandonada, vuelvo a mi sección peñazo, Medioteorías, que, aunque parezca mentira, también tiene sus admiradores, no se crean.

A nuestro cerebro Internet le parece una pastelería abierta las 24 horas y con todas las variedades de golosinas inimaginables y, aparentemente, gratuitas. La recompensa es prácticamente instantánea. ¿Quién, a estas alturas, está dispuesto a leer veinte páginas de buena literatura erótica para llegar poco a poco a la excitación si a golpe de un clic y en diez segundos ya tienes a la chica dispuesta a satisfacer cualquier fantasía que se te ocurra? Si hasta las pelis porno tradicionales  tienen introducciones, con perdón, que se nos antojan largas. ¿O no las tienen ya? Agradeceré la información a cualquiera que quiera ilustrarme, hace tiempo que no piso un videoclub.

Y lo malo, o lo bueno,  es que nuestro cerebro siempre está dispuesto y siempre pide más (ya no hablo de porno, vuelvan).

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Nicholas Carr: ¿Google nos vuelve estúpidos?

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Neil Postman vivió en un mundo donde la televisión era la reina indiscutible y entendió que, como el medio es el mensaje, la televisión banalizaba, cuanto menos, el debate público sobre los aspectos importantes. Creo que la tele sigue en la cúspide de la ‘pirámide comunicativa‘, aunque le ha salido un competidor muy duro que más temprano que tarde le va a arrebatar la corona. La gran esperanza blanca: Internet.

Si la tele nos ha hecho  un poco más frívolos e insensible a las cuestiones importantes de nuestra sociedad, según Potsman,  la pregunta ahora es ¿Google nos vuelve estúpidos? La pregunta no es mía, es el inicio de la contraportada del libro de Nicholas CarrSuperficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?» (2010). La continuación lógica a Postman en este análisis de los medios con el que me empeño en aburriros durante semanas. Aunque la mejor opción es que compren el libro y lo lean,  si no tienen tiempo o prefieren una lectura incompleta y fragmentada (dando la razón al autor, por cierto) aquí la tendrán. Pueden memorizar tres frases -de Carr, no mías- y triunfar en alguna fiesta pretenciosa.

El autor no niega los beneficios de Internet, ya lo iremos viendo, pero quiere alertar de esa postura tan preocupante, por lo común, del ‘idiota tecnológico’, que adopta toda nueva tecnología con entusiasmo, sin un ápice de reflexión sobre ella. O la postura contraria, el apocalíptico que intuye el fin de los tiempos en cada nuevo cacharro. La reflexión no implica que nos podamos librar de dicha tecnología y sus efectos, es sólo la voluntad de saber y entender de qué moriremos. Pírrico consuelo, sí, pero qué quieren, esto es solo un blog por el que ni siquiera me pagan, que lo queremos todo.

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La tecnología no es neutral. Parte VII

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Huxley tenía razón

Qui paga, mana, se dice en mi pueblo. Porque no se trata de que la publicidad consiga banalizar el mensaje (como decía en el capítulo anterior hace ya mucho tiempo, es que me distraigo), que confunda un penalty no pitado con un recorte salarial. Es que la cosa se complica si después de asustarnos con un posible futuro sin pensiones (¿tengo que hacerme un plan privado?) aparece el anuncio del BBVA o del Banco de Santander.

Doy fe que la sección de economía de un noticiario está patrocinada por una conocida caja de ahorros, convertida ahora en banco, o no, quién lo entiende. Como también vi el otro día en diferido, en TVE, un debate entre cómicos sobre su profesión. Hablaban de los límites de la burla (ya saben, Iglesia, rey, etc.) y Javier Cansado (Faemino y Cansado, unos genios) decía que en realidad solo había un límite: el patrocinador. Ni Iglesia, ni rey ni leches. Así que si en tu informativo anuncian empresas de telecomunicaciones y bancos puedes imaginar la información que sobre ellos aparecerá. En las públicas, si los cargos los nombra el partido gobernante, puedes imaginar la información que sobre ellos se emitirá. Si la gente cree que es la realidad lo que le están contando, puedes imaginar a quién votará.

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Agenda Setting Function, los medios crean la realidad (1 de 2)

Tiempo lectura: 4

 

“La prensa no tiene mucho éxito en decir a la gente qué tiene que pensar pero sí lo tiene en decir a sus lectores sobre qué tienen que pensar” (Bernard Cohen, 1963)

 

Esta frase supuso el punto de partida para una investigación sobre la influencia de los medios en la sociedad. Una teoría continuada y fijada por Maxwell McCombs, padre de la “agenda setting function”. En español se utiliza el término “agenda temática” u otro que va un poco más allá: “tematización de la realidad”. Como nuestros sentidos son limitados, necesitamos de los medios para hacernos una idea más extensa de la realidad. Con la selección de los temas que nos ofrecen, los medios no reflejan la realidad sino que la crean.

Según McCombs:

Las agendas o temas considerados relevantes por los medios pasan a ser subrayados también en las agendas de la audiencia. Las personas no sólo reciben información a través de los medios sobre determinados temas o asuntos que ocurren en el mundo y son considerados prioritarios, sino que también aprenden de ellos la importancia y el énfasis que les deben dar.

La teoría va a la misma raíz de la que salen los productos informativos. La primera labor de los medios es conformar la agenda de temas a tratar. Basándose en conocimientos aprendidos del oficio, en sus propios criterios personales y en las directrices del medio en el que trabajan, cada día los profesionales buscan informaciones para luego incluir y/o excluir algunos temas. El siguiente paso, tanto o más importante, es jerarquizar dichas noticias. Eso se hace ya desde el origen, al asignar determinados recursos para ‘cubrir’ tal o cual tema, ‘olvidando’ otros.

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