Archivo de la categoría: La zona gris

Nunca es blanco o negro pero hay situaciones y personas que habitan en territorios especialmente grises

El estómago del doctor Beaumont

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En 1833, el doctor William Beaumont (1785-1853) es un médico desconocido de Connecticut que durante años había prestado sus servicios en el ejército como cirujano auxiliar, lo máximo a lo que podía aspirar por su formación de aprendiz de médico sin pasar por la universidad.

Pero ese mismo año su nombre pasa a la historia de la medicina al publicar «Experimentos y observaciones sobre el jugo gástrico y el funcionamiento de la digestión”. Su trabajo es un bombazo, una auténtica revolución respecto al conocimiento sobre la  fisiología del aparato digestivo.  Fue su salto a la fama, a la gloria médica.

¿Cómo un oscuro médico con una precaria preparación teórica llegó a descubrir la verdad de la digestión humana? Con la ayuda imprescindible de un colaborador especial que le acompañó en todo el proceso, un humilde transportista canadiense llamado Alexis Saint Martin.

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Las dos muertes de Cynthia Ann Parker

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El 17 de diciembre de 1860 Nautdah tiene 36 años y vive en las praderas de Texas con su familia. Es la mujer de Peta Nocona, el joven jefe de una de las tribus de la nación comanche, y tiene 3 hijos: dos niños, Quanah y Pecos, y una niña, Topsana. La supongo feliz como única mujer de Peta (señal de respeto en la poligámica cultura comanche) junto a sus seres queridos.  Aunque la vida allí no es fácil, a medida que aumenta la presencia del hombre blanco mengua la de los bisontes, su principal medio de vida. Las disputas con los blancos eran frecuentes desde hacía siglos pero la batalla se iba perdiendo porque aquellos forasteros tenían dos armas incontestables: la viruela y el rifle de repetición.

La madrugada del 18 de diciembre son los rifles de la caballería de los Estados Unidos y de los Rangers de Texas los que aparecen por el poblado de Nautdah, cerca de Pease River. Su marido, que resultó herido, y sus dos hijos pueden escapar de la carnicería que allí causa el hombre blanco, cabelleras indias en mano incluidas. Nautdah, con su pequeña Topsana en brazos, también intenta huir pero es capturada.

Y entre el caos de polvareda de caballos, gritos, sollozos y sangre, seguro que a Nautdah le tuvieron que venir imágenes más o menos nítidas de una vida anterior en la que ella ya había pasado por ese mismo horror.

Una vida anterior en la que ella se llamaba Cynthia Ann Parker.

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Benjamin Murmelstein, el último de los injustos

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Benjamin Murmelstein vuelve a estar de actualidad. Se acaba de estrenar en los cines un documental sobre su figura, El último de los injustos. Su director, Claude Lanzmann, retoma el material que grabó con Murmesltein en Roma en 1975.

Aquella entrevista estaba destinada a la gran obra de Lanzmann, Shoah, una serie documental de casi 10 horas de duración en la que se cuenta el Holocausto desde la narración directa de víctimas y testigos de la infamia. Ni una sola imagen de archivo, solo palabras, gestos y miradas como puñetazos en los dientes.

El título se recoge de un extracto de la propia entrevista, cuando Murmelstein dice: “No quiero ser el último de los justos porque ya ha habido demasiados, de ahí que prefiera ser llamado el último de los injustos. Se asimila justo a mártir, y ya son demasiados los mártires, lo que no significa que todos ellos sean justos”.

Probablemente Murmelstein es una de las figuras más controvertidas del Holocausto. Cuando muere en su exilio de Roma en 1989, el gran rabino de la ciudad se niega a enterrarlo junto a su mujer y no se permite a sus familiares recitarle la oración para que el difunto tenga paz. Era un traidor a su pueblo.

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Julia Pastrana, La Indescriptible

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Julia Pastrana nació mujer, india y pobre en el estado Sinaloa, México, en 1834. Así que lo normal es que su vida no fuera fácil. Pero  además Julia era muy especial.  Tanto que cuentan en su pueblo, Ocoroni, que su madre la mantenía recluida en casa. También cuentan que en la casa no había espejos.
Julia Pastrana hubiera sido una india pobre y anónima más si no hubiera nacido con hipertricosis lanuginosa (otros hablan de hirsutismo) y con hiperplasia gingival. O, en términos de marketing –que puede ser extremadamente cruel–  si no se hubiera convertido en la famosa mujer mono, la mujer oso, la mujer más fea del mundo, un “híbrido maravilloso, producto de los amores pecaminosos entre un hombre y una hembra de orangután”. 
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Mastro Titta, matando al servicio del Papa

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Imagino a Giovanni paseando tranquilamente por su barrio del Borgo, tras jubilarse, siendo observado por todos. Había tenido dos trabajos. Con su mujer pintaba sombrillas que vendía a los turistas que visitaban Roma. Pero ese era el otro trabajo. En la ciudad todos le conocían por ser un funcionario muy particular del Vaticano. Había empezado a trabajar para el papa Pío VI a los 17 años; se jubiló, con Pío IX, a los 85 años, con una pensión de 30 escudos anuales, generosa para 1865.

Era famoso, su trabajo era público e intuyo que tendría admiradores y detractores. Giovanni Battista Bugatti, conocido por toda Roma como ‘Mastro Titta’, trabajó 68 años, de 1796 a 1865, dejando tal huella que su apodo se convirtió en la ciudad en sinónimo de su profesión. También dejó 516 cadáveres, a los que mató de uno en uno y a la vista de todos. El bueno de Giovanni era el verdugo del Papa.

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El secreto de Lina Rinkel

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Elfriede, a la que todos llaman Lina, es una mujer menuda, de aspecto afable y hablar dulce. Nacida en Alemania, en 1922, había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. En 1959, en busca de una vida mejor y tal vez para dejar atrás el recuerdo de la guerra, deja su país y emigra a Estados Unidos. Llega a San Francisco y se junta con otros emigrantes alemanes.

Al año siguiente, en el club germano-americano conoce a Fred Rinkel, un judío alemán que tuvo más suerte que sus padres, muertos en el Holocausto, y ha podido escapar de la barbarie nazi. Dos años después, en 1962, se casan. Fred trabaja de camarero en buenos hoteles  y ambos viven  durante más de 40 años en Nob Hill, un barrio de San Francisco.

No tienen hijos, llevan una vida sencilla, sin lujos. Los que los conocieron hablan de una pareja bien avenida que se entendía, se divertían juntos y se trataban amorosamente. Fred estaba implicado en la vida de la comunidad judía de la ciudad, siendo activista de la B’nai B’rith. Su esposa no podía acudir a las reuniones ya que no era judía, pero ayudaba a su marido en lo que hiciera falta. Probablemente allí se recordaba el horror del Holocausto, inevitablemente presente.

En 2004 muere Fred y Lina se queda sola con 82 años. En 2006, esa anciana bajita y regordeta, apoyada en un bastón por su artritis y con la pérdida de visión en un ojo por la diabetes es invitada por el gobierno estadounidense a abandonar el país y volver a Alemania. La razón es que Lina había mentido en su solicitud de asilo en 1959, ocultando un pequeño detalle: de junio de 1944 a  abril de 1945 Rinkel  había trabajado en Ravensbrück, uno de los más crueles campos de concentración nazis. Un pequeño detalle que nadie conocía, ni siquiera su esposo, que murió sin saberlo.

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