Una foto y una historia

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Aquella mañana del 1 de mayo de 1947 Evelyn McHale era una más de las visitantes que disfrutaban de las vistas de Nueva York desde el mirador del piso 86 del Empire State Building. Una chica guapa de 23 años, impecablemente vestida, que no destacaba especialmente entre el resto de turistas.

Horas antes se había despedido de su prometido con una sonrisa en la estación de Easton. Había cogido el tren de las 7 de la mañana y recorrió los 100 kilómetros hasta Nueva York para llegar a su casa. Pero cuando llegó a las 9 a la estación de Pensilvania no fue directa su casa. Cruzó la calle y entró en el Governor Clinton Hotel, donde escribió una nota.

Salió del hotel, caminó dos manzanas y llegó al Empire State Building.  Compró una entrada para el mirador poco antes de las 10.30.  Sobre las 10.40 se quitó el abrigo, lo dobló cuidadosamente y lo dejó en el suelo  junto a un kit de maquillaje y un libro de bolsillo.

Luego saltó al vacío.

Quizás ustedes conocen la historia, o al menos la imagen. Warhol hizo un cuadro basándose en la famosa imagen que publicó a toda página la revista Life el 12 de mayo de 1947 como “Foto de la semana”. Una instantánea que pasó a la historia de la fotografía con el inquietante título de “El suicidio más hermoso”.

Yo acabo de conocerla y llegué de rebote. Esas cosas de internet: estás buscando a otra Evelyn y de repente aparece su fotografía y su historia. Y tu vida se va a mayo de 1947 y se queda con Evelyn McHale y su misterio. Entonces, dejas un par de historias que tienes a medias y te pones a contar la de Evelyn, es lo único que puedes hacer para volver al presente.

Muchos años después de aquello, y con todo lo que hemos visto, la imagen sigue yendo directa al estómago. La sacó Robert C. Wiles, un estudiante de fotografía, cuatro minutos después de la caída. Wiles estaba en la acera de enfrente y escuchó el fuerte impacto. Como el resto de curiosos, se acercó a mirar y, como el resto, quedó impresionado por la estampa.

“Al pie del Empire State Building, el cuerpo de Evelyn McHale reposa tranquilamente en un grotesco féretro formado por su cuerpo al caer sobre el techo del coche”

Evelyn se había precipitado desde más de 300 metros de altura y había caído sobre el techo de una limusina de la ONU, sin ocupantes, aparcada en la acera. El impacto había convertido la carrocería del auto en una amasijo de metal y cristales.

Y por encima de esa pura imagen de desgracia, Evelyn parece que duerma plácidamente, en una estampa tan surrealista como la vida misma. Su cuerpo no presenta ninguna muestra de una caída tan brutal, ni su ropa tampoco. Conserva los guantes y una de sus manos acaricia su collar de perlas. Las piernas cruzadas con estilo. La expresión de su cara expresa serenidad, como si descansara tras quitarse un peso de encima.

Solo la falta de zapatos y sus medias desmadejadas sobre sus tobillos nos recuerdan que la joven no reposa, nos dan una discreta señal, como si la muerte le diera a Evelyn la extraña oportunidad de irse de este mundo con elegancia.

¿Por qué?

A lo perturbador de la imagen –suicidio y belleza son palabras que rascan en nuestra cabeza– se une el misterio sobre Evelyn. ¿Por qué decidió, con toda la vida por delante, saltar aquel mañana desde el Empire State? Solo podemos especular a partir de piezas sueltas. La más importante, la nota de suicidio que dejó, cuidadosamente doblada, dentro del libro de bolsillo encontrado junto al abrigo en el lugar desde donde saltó al vacío.

“No quiero que nadie, ni familiares ni extraños, vea cualquier parte de mi. ¿Podrían incinerar mi cuerpo? Les ruego a ustedes y a mi familia que no celebren ningún funeral ni ceremonia para recordarme. Mi novio me había pedido casarnos en junio, pero no creo que yo pueda ser una buena esposa para nadie. Él estará mucho mejor sin mí. Díganle a mi padre que tengo muchas de las tendencias de mi madre”.

La nota es el único testimonio directo que tenemos de Evelyn. Nos sugiere tantas pistas como preguntas, sobre todo en la última parte, con una frase que te enfría el alma. En la web Codex 99 ofrecen la información más completa sobre Evelyn y su circunstancia. Allí explican que nació en septiembre de 1923 en California, la sexta de siete hermanos. En 1930, su padre, Vincent, aceptó una oferta de trabajo en un banco de Washington, a donde se trasladaron todos. Poco después, su madre, Helen, abandonó a la familia y se volvió a California por causas no aclaradas aunque los rumores apuntan a una enfermedad mental. Tal vez a eso se refería el final de la nota de suicidio.

No podemos saber en qué medida eso afecta a Evelyn, que por otra parte parece llevar una vida de lo más normal. Estudia la secundaria, se une al ejército en el esfuerzo de guerra y luego se marcha a Nueva York, a vivir con su hermano y su cuñada. Allí trabaja de contable y se echa un novio, Barry Rhodes, con el que hacen ya planes de boda.

Y es Barry la última persona conocida que ve a Evelyn con vida. El día anterior Evelyn había ido a visitarlo a su casa de Easton. Barry no detecta nada fuera de lo normal. A la mañana siguiente se despiden en la estación, hasta otro día. “Cuando me dio el beso de despedida estaba normal y tan feliz como cualquier chica a punto de casarse”. Parece que los novios vivían en mundos diferentes y no puedo ni imaginar cuando Barry descubrió el de Evelyn a golpe de llamada de teléfono y fotografía de prensa. En la web citada dicen que Barry se mudó a Florida y nunca se casó.

Helen, la hermana de Evelyn se hizo cargo del cadáver y cumplió su voluntad: no hay tumba, el cuerpo fue incinerado. Ella no quería dejar rastro, quería que el mundo la olvidara.

Me disculpo por escribir esto, quizás no estoy haciendo lo correcto, pero ella, a su pesar, ya ha dejado una huella difícil de borrar. De alguna manera la muerte le deparó un final más elegante del que podía esperar, pero a cambio se cobró su tributo: un retrato que nos hace muy difícil olvidarnos de ella. Esto es un intento de hacerlo, espero que me perdone.

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