fútbol, deportividad, trinche carlovich

Historias de fútbol

Tiempo lectura: 6 minutos

Esta semana ha estado cuajada de fútbol. El lunes el Barça celebraba el título de Liga, el miércoles el Chelsea la Europa League y el viernes el Atleti la Copa de España. Así que llegó el momento de confesarme ante ese público que tanto me quiere y al que tanto debo: soy futbolero.

He evitado deliberadamente hablar de fútbol en este blog, hay otras cosas interesantes que ocupan mi mente durante más tiempo y de las que se habla menos. Hay mucho fútbol por ahí y pocas maiers y fryers. Pero esta semana sí toca.

El fútbol se ha hecho grande, entre otras razones, porque ha generado un montón de historias que nos muestran la naturaleza humana y porque ha sabido jugarle de tú a tú a la leyenda, a la mística. Hoy quiero hablarles de dos historias de fútbol que me han traído ante el teclado. Tienen nombres propios: el Trinche Carlovich y Alejandro Rodríguez.

El Trinche Carlovich

Dicen que ser de Rosario es como ser el doble de argentino, así que viven el fútbol con el doble de intensidad, que ya es decir. Pero en Rosario el fútbol no es una actividad atlética, es habilidad, inteligencia, engaño. Allí todos los niños le dan al balón, todos, así que el que sobresale es poco menos que un personaje legendario.

A los aficionados españoles les sonarán ilustres rosarinos como Aimar, Kempes, Batistuta, Banega o Di María. Y un tal Lionel Messi, claro. Si preguntan por el mundo mundial les dirán, con buenas razones, que Messi es el mejor jugador de la historia. Pero si preguntan en Rosario les darán otro nombre. El propio Maradona se rindió ante él un día que visitó la ciudad y le colmaron de halagos:  «El mejor jugador ya jugó en Rosario y es un tal Carlovich«. Diego nunca lo vio, pero conocía la leyenda.

Lo más sorprendente es que el Trinche, nacido en 1949 y séptimo hijo de un inmigrante yugoslavo, solo llegó a disputar 2 partidos en la primera división argentina y no hay ni una sola grabación de su juego. Eran los años 70, sin tantas cámaras, sin Internet. Hay muy pocas fotografías y alguna breve reseña en diarios de la región.  Pero poco más, es pura leyenda oral trasmitida de padres a hijos. Mi historia favorita es la de aquella vez que un árbitro lo expulsó y tuvo que readmitirlo para no provocar una revuelta en las gradas. «Avisen a los muchachos que esta noche juega el ‘Trinche«, recuerdan que era la consigna en aquellos tiempos en Rosario.

De la manera de jugar de Carlovich, sabemos por aquellos que pueden despertar la admiración de cualquier audiencia futbolera con una frase que suena a medalla: “yo vi jugar al Trinche”. Y luego viene una retahíla de hazañas fantásticas del centrocampista con el balón en los pies. Entre sus admiradores, voces más que autorizadas, como los maestros como Pekerman o Menotti, que también lo elevan a los altares del juego. Aunque el propio Trinche diga que “Acá en Rosario, se han inventado un montón de cosas acerca de mí. Pero no son verdad… A los rosarinos les gusta contar cuentos. Algún caño de ida y vuelta habré hecho, pero no es para tanto.» 

Su momento glorioso fue en 1974. La selección argentina se preparaba para el Mundial y fue a Rosario a jugar un encuentro de preparación contra un combinado de jugadores de la ciudad,  entre los que estaba el Trinche, pese que no jugaba en primera. Aquello acabó 3-1 a favor del combinado rosarino, que vapuleó a la selección argentina, con un Carlovich estelar que aquella noche flotó muy por encima del resto. Dicen que lo sacaron del campo en la segunda parte a petición del entrenador rival, para que la humillación no fuera mayor.

Jugador de potrero

El Trinche empezó, como todos en aquella época, jugando en un potrero (un descampado y un par de piedras como portería, qué recuerdos). Allí un chaval del barrio le puso el sonoro apodo, que ni siquiera Carlovich sabe qué significa. Enseguida se notaba que aquel niño tenía algo diferente, la pelota le obedecía, tenía autoridad en el juego.  Empezó en Rosario Central a los 14 años, club en el que jugó en 1969 el primero de sus dos partidos en la primera argentina.

Ocupaba la posición de “5”, puesto clave en el fútbol argentino del que se podría escribir un libro pero que, por resumir, consiste en organizar el juego desde la defensa. Luego pasó por varios equipos de divisiones inferiores, entre ellos el Central Córdoba, su club de toda la vida. Se retiró y ha ejercido de entrenador. Lleva una vida tan modesta en su barrio de siempre que hace unos años tuvieron que implantarle una prótesis de cadera y necesitó la ayuda económica de amigos y aficionados para poder pagarla.

Si era tan bueno ¿qué falló? Ahí la leyenda se engorda. Hay quien dice que tuvo la mala suerte de surgir en un momento en que el fútbol argentino apostaba más por el físico que por la habilidad, otros hablan de falta de disciplina: no corría, no le gustaba defender ni entrenar, prefería irse de pesca. También se menciona la falta de disciplina y noches de juerga con los amigos. Parece que, en definitiva, nunca quiso ser profesional, solo divertirse jugando donde le dejaran. Hay algo que me conecta a Carlovich con Vivian Maier.

Él niega la mayor parte de las acusaciones, como la leyenda que cuenta que cuando Menotti lo elige para entrenar con la selección argentina él prefiere irse de pesca. Lo que sí reconoce es el apego por el barrio, por sus amigos. «La verdad es que yo no tuve otra ambición más que la de jugar al fútbol. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio, de la casa de mis viejos donde voy casi todas las tardes, de estar con el Vasco Artola, uno de mis mejores amigos que me llevó de chico a jugar en Sporting de Bigand«.

Lo primero que piensas es en el jugador que pudo haber sido y no fue, pero luego te das cuenta que sí lo fue. En campos de segunda, sin contrato millonario, anuncios de natillas o dvd recopilatorio, pero lo fue. Estaba él haciendo magia con el balón y un público boquiabierto como niños en el circo; avisen que esta noche juega el Trinche.

En un reportaje que hizo hace algún tiempo Canal+, Jorge Valdano lo define como “símbolo de un fútbol romántico que ya casi no existe”. En ese mismo reportaje (al final del post, 25 minutos que me agradecerán) vemos a Carlovich mirando hacia atrás con añoranza. No tengo claro si su melancolía es por lo que pudo haber sido y no fue o, simplemente, porque ya no puede jugar con el balón en un campo de tierra y rodeado de sus amigos. El auténtico paraíso perdido.

Cada uno tendrá sus razones, pero cuando voy al estadio o me siento ante la tele a ver a esos muchachos que viven en hoteles y tienen asesores fiscales, es con la esperanza de recuperar por un instante fugaz aquel descampado feliz, aquellos días azules y aquel sol de la infancia, que diría el maestro. Esa es la verdadera esencia del fútbol.

Alejandro lo sabe

Otros tiempos –el descampado se ha convertido en un campo con césped artificial perfectamente equipado– pero la misma esencia vino esta semana de grandes citas a recordarnos de qué va todo esto del fútbol. Muchos lo olvidan pero Alejandro Rodríguez lo sabe perfectamente. Para mí la imagen futbolística de la semana, tal vez del año, no es Messi, ni Cristiano, ni el Atleti en Neptuno. Es la que encabeza este post. Alejandro, un niño canario de 5 años, estaba divirtiéndose jugando al fútbol cuando dos adultos se empeñaron en estropearlo. En mitad del partido se inició una agria discusión entre el entrenador del equipo rival y el árbitro, con los niños, imagino, atónitos viendo el espectáculo. Nada que no ocurra cada día en muchos partidos de fútbol base, nada más dañino para el fútbol infantil que los padres.

Los adultos habían perdido de vista la razón por la que estaban allí, hasta que Alejandro se la recordó. Se interpuso entre ambos para poner paz, “paren, paren, paren”. Alejandro no quería que discutieran; ¿por qué? ¿para qué? Él sólo quería seguir jugando al fútbol, nada más.

No soy tan ingenuo para no saber que el fútbol profesional no tiene nada que ver con el deporte. Es espectáculo, circo, y por lo tanto (maldito por lo tanto) negocio. Si quieres los mejores jugadores tienes que pagarles, como a los mejores actores, escritores, pintores o arquitectos. La alternativa es cambiar el mundo y entre unas cosas y otras nunca encontramos tiempo para ello.

Pero, aunque sea de vez en cuando, el fútbol profesional debería recordar de donde viene, cuál es su esencia. Y que tanto jugadores como público fueron una vez Alejandro, y ese niño es el que los ha llevado allí, es el origen de todo el tinglado. Lo demás –la prensa, las declaraciones, el merchandising– es ruido. Alejandro, como el Trinche, solo quiere jugar al fútbol.

*La fotografía es de Rubén López Estupiñán, otro de los padres que estaban viendo el partido. Tal vez merezca algún premio.

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2 comentarios sobre “Historias de fútbol”

  1. Ya era hora de que te decidieras a hablar de futbol, hombre! Ahora ya solo te quedan los toros….je. Bueno, al grano, que apenas tengo tiempo, porque me persigue un Redactor Jefe fascista y, creo que también, masón. Ahí van unas cuantas ideas inconexas:
    Tienes mucha razón (vaya, parezco a Balmanya) en lo de la esencia del futbol. Ya sabes que me defino «primero como barcelonista y luego persona», pero lo que me gusta es el futbol, y mucho más que verlo, jugarlo. Ese es uno de los motivos por los que me ha emocionado esta etapa del Barça, porque tenía claro que estaba viendo un mito: el del equipo que mejor ha jugado durante más tiempo seguido, más allá de los títulos…
    Se habla muy poco de futbol y mucho de equipos y demás hierbas. Aun recuerdo los regates del malogrado Juanito (sí, uno de los anticristos del barcelonismo), o las cabalgadas de Mágico Gonzalez. Recuerdo también compañeros de juveniles que tenían todas las condiciones para llegar lejos y veías que nunca lo harían: disciplina cero, la noche, etc.. Con la mitad de su calidad yo habría sido profesional. De hecho, y más allá de la fama y el dinero, lo que más envidio de los cracks es lo bien que juegan al futbol, carajo!
    Mágico Gonzalez podría haber sido un Trinche, pero la suerte de nacer un país sin apenas competencia y de jugar un Mundial. De Maradona qué queda por decir…si llega a descubrir el polvo blanco antes, habríamos tenido otro Trinche. Al menos, a éste, el bueno de Menotti le puso los entrenamientos por la tarde, para que pudiera llegar a la hora. (Por cierto, aprovecho para decir que para mi sigue siendo el mejor de la historia, pese a que Messi sea el más decisivo y uno de los mejores, pero Dieguito ha sido y será el mejor jugador. Tuve la suerte de verlo dos medios años en el Camp Nou).
    También los hay que han sido Trinches por un día: recuerdo un partido de Prosinecky en el Estrella Roja, e incluso de ‘La Cobra’ Ilie con Rumanía… cosas inexplicables, porque aunque a todo el mundo les pueden salir algún día las cosas de cara…pero yo no se dibujar, y por mucho que tenga el día, nunca me saldrá la Capilla Sixtina.
    Sobre ese momento final del resportaje al que te refieres, hay para escribir la Enciclo Británica. Noseporqué, pero tu tiesto me ha conectado con una reflexión que ultimamente hago con mis colegas sobre el control de los impulsos instantaneos, también enlazado con el marshmallow test (el de las nubes de chuche)…Siempre sentí envidia de la insolencia y la ‘duda cero’ de aquellos ‘indómitos del patio del cole, o de la calle’, ese no pensar en el mañana, lástima que, en general, nunca sale gratis. El Trinche es eterno, si, pero fíjate en el Colorado Killer, todo un tuercebotas que llegó a Europa y a la Selección. Fíjate en su aspecto, en su casa, en donde jugó y lo que vivió como futbolista, cuando no llegaba ni para limpabotas de El Trinche. Es una leyenda, y eso visto desde fuera mola mucho, habría que ver qué opina él de su vida, tal y como es ahora, con la posibilidad de haberla tenido resuelta con creces, de haber tenido videos de sus hazañas. Da pena ver lo que no hemos podido ver, igual que me da pena ver a muchos de mis colegas que en su día eran Dios, durante unos años, y que ahora con menos de 50 ya están derrotados por la vida. «Tus días de gloria pronto verán su fin, Cesar».
    Que emocionante tu artículo, y no digamos ya el video, que me lo he empapao ipsoflauto, company!

    1. Muchas gracias Mao por el comentario. Me gusta que hayas disfrutado con la entrada y, sobre todo, con el vídeo: es buenísimo, muy emocionante.
      No estoy en contra del espectáculo, o circo, del fútbol profesional. Conozco las reglas y tiene momento sublimes, como el cine. Solo no quiero olvidar el otro fútbol, el de la infancia. Y creo que ése fútbol es el que nos lleva al estadio o frente al televisor, el otro –el de los anuncios de tarjetas de crédito– no sería nada sin el primero. Por eso jugadores como Maradona o Iniesta nos gustan, nos hacen niños de nuevo. Aunque el juego no existiría sin «busquets» o «puyols», por seguir hablando de jugadores de tu equipo.

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