Archivo de la categoría: Historias

Perros de la guerra

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No podemos saber qué pensaba el Sargento Stubby, del 102º regimiento de infantería de los Estados Unidos, cuando recibió su bautismo de fuego nada menos que en Chemin des Dames, que en febrero de 1914 no era precisamente el mejor sitio en el que estar. Salió de allí y se convirtió en alguien querido y respetado por sus compañeros. Se había ganado ese respeto después de servir durante 18 meses y haber participado en más de 15 batallas durante la Primera Guerra Mundial.

El segundo de los protagonistas de esta historia también fue un héroe de la misma guerra, aunque sirvió en el ejército francés y se distinguió principalmente en la batalla de Verdún. Se llamaba Satán, un curioso nombre para un soldado que, además, nunca mató a nadie.

Aunque no tan curioso si se tiene en cuenta que Satán, al igual que Stubby, era un perro.

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The Wipers Times, prensa de trinchera

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Sacar adelante una revista siempre es una tarea complicada. Sobre todo si sus fundadores, en este caso Frederick Roberts y Jack Pearson, son ingenieros sin idea previa de lo que es el periodismo profesional.  Desconozco si antes de The Wipers Times habían fantaseado con dedicarse a ello, pero en realidad su incursión en el periodismo fue casual: tropezaron con una imprenta en un local abandonado y tuvieron la idea.

Y más difícil si eso se hace en 1916, en medio  de una guerra mundial. Y lo de «en medio» aquí no es un una licencia narrativa.

Ellos mismos lo explican así en el primer editorial:

Habiendo conseguido un equipo de impresión (un poco sucio) a un precio razonable, hemos decidido editar un periódico. (… ) Debemos pedir disculpas a nuestros suscriptores por el retraso en su impresión. Esto se ha debido al hecho de que hemos tenido muchos visitantes no deseados cerca de nuestras imprentas durante los últimos días (…) Cualquier deficiencia en la producción se justifica por la falta de experiencia y el hecho de que piezas de metal de varios tamaños han impactado nuestra prensa.

Esperamos publicar el semanario «Times», pero es posible que nuestro esfuerzo tenga un final prematuro debido a una crítica adversa o a las atenciones de nuestro rival local, los Sres Hun and Co. (…) Aprovechamos esta oportunidad para decir que no aceptamos ninguna responsabilidad por las declaraciones contenidas en nuestros anuncios.

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La Navidad de 1914

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Hace más de cien años, la Navidad de 1914 en Europa, y más concretamente en los campos de Bélgica, fue muy diferente. Ese verano había empezado la Primera Guerra Mundial y los hombres se mataban con saña en el barro.

Pero era Nochebuena y el Káiser quiso tener un detalle con sus chicos, que recibieron abetos para decorar y, más importante, raciones extras de pan, salchichas y alcohol. El frente estaba en calma y la cosa empezó a animarse, los alemanes se arrancaron con Stille Nacht (Noche de Paz) el villancico austríaco compuesto un siglo antes y ahora universal.

Al otro lado, tras la sorpresa inicial, los británicos  se sumaron a la fiesta, contraatacando con sus villancicos. Y luego se volvió todo un poco loco, en el buen sentido. Unos alemanes se armaron de banderas blancas y se lanzaron a la tierra de nadie: “¿Hey Tommy, quieres unas salchichas?”; “OK Fritz, te las cambio por chocolate” contestaron los ingleses.

Y allí se juntaron, estrecharon sus manos, intercambiaron comida y compartieron bebida y tabaco. La mayoría no se entendía pero todos decían lo mismo porque eran iguales, más iguales que nadie en el mundo en ese momento.

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Alan Turing, el pecado de un genio

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Alan Mathison Turing (1912-1954) era un genio. Fue uno de los padres de la computación, un precursor de la informática. O sea, uno de los culpables de que ahora estés leyendo esto y luego pases a algo mucho más interesante con solo un clic.

Eminente matemático, diseñó uno de los primeros computadores digitales. También fue uno de los antecesores de la Inteligencia Artificial, creador de un test que aún se usa hoy día para establecer la inteligencia de las máquinas.

Por si eso fuera poco, fue un héroe de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Churchill dijo aquello de “nunca tantos debieron tanto a tan pocos” se refería a los pilotos de la RAF, pero hubiera encajado igual  referido a Turing y su equipo. Turing trabajó para el espionaje británico y consiguió descifrar la potente máquina alemana Enigma. Eso salvó miles de vidas y ayudó enormemente a los aliados a ganar la guerra.

Pero todo eso no le sirvió de nada ante un delito imperdonable: “indecencia grave y perversión sexual”, que es como el “pecado nefando” de la Inquisición pero en versión tribunal inglés de los años 50. No hace tanto de eso. Y sigue pasando hoy mismo en otros lugares. Turing fue condenado por ser homosexual, fue castrado químicamente y todo indica que acabó suicidándose con cianuro inyectado en una manzana.

Así se las gastan las leyes de los hombres.
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Knocker-up, los despertadores humanos

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Te levantas de la cama cada mañana con una emisora de música clásica que te procura un despertar suave, y alguna mañanas recuerdas aquellos tiempos en los que eras capaz de quedarte dormido como un bebé mientras  tu walkman vibraba con La Polla Records o Rosendo.

Si el día es señalado y no tienes un sueño ligero toda ayuda es poca, así que también programas el despertador de tu teléfono móvil. Puede sonar cada diez minutos, para ir convenciéndote, poco a poco, del significado de la palabra obligaciones, que a esa hora está tan borroso como el resto de lo que hay más allá del borde de la cama. El aparato es capaz de programarse para horas distintas y con melodías diferentes según el día de la semana. Es muy cómodo, simplemente programas y te dejas llevar.

Es el mismo aparato por el que al llegar al trabajo recibes  un mensaje de una amiga de Twitter que a muchos kilómetros de distancia se ha acordado de ti y te manda una historia que puede interesarte: la de los Knocker-up, los despertadores humanos.

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El mediohombre que venció a Inglaterra

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Hacía meses que tenía pendiente hablar de “Mediohombre”, un marino tuerto, manco, cojo y, por si eso fuera poco, vasco. El apodo, bastante obvio, se lo llamarían a sus espaldas ya que por lo visto no tenía muy buenas pulgas. Su nombre era Blas de Lezo y Olavarrieta (1689-1741) y es considerado uno de los mejores estrategas de la Armada Española en toda su historia.

Ese post lo fui dejando pero hoy tengo que improvisar ya que la actualidad obliga, espero no acabar como Vernon, literariamente hablando. Este sábado 15 de noviembre se inaugura una estatua en su honor en la plaza de Colón de Madrid, acto que presidirá Juan Carlos El Jubilado, artista conocido anteriormente por El Rey Campechano. La figura de Blas de Lezo se colocará frente a la desproporcionada bandera española puesta allí por el ayuntamiento como referencia para las fotos aéreas de Google.

La iniciativa-homenaje y la estatua ha sido sufragada con donaciones populares e imagino que al  acto acudirá lo más granado del nacionalismo español, siempre a punto para rememorar con añoranza un pasado imperial de palacios e iglesias rodeados de miseria, aunque seguro que el PIB de la primera potencia mundial de aquel tiempo daba gusto verlo.

Dicho todo esto me parece injusto el olvido en España (no así en Colombia) hacia una figura como la del marino vasco, que tuvo una vida fascinante y cumplió con su deber hasta el final.

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