Por si importara: Bélgica desaparece

Tiempo lectura: 7 minutosTiempo lectura: 7 minutos

Hoy me apetecía meterme en un jardín y, puestos a elegir, he elegido dos.  Nada de medias tintas.

El primero es que quiero recomendar un libro, Belgistan: El laboratorio nacionalista, que conozco solo de oídas. Un par de entrevistas al autor, Jacobo de Regoyos, y otro par de críticas ya me sirven para recomendarlo. ¿Se imaginan que hicieran lo mismo en los suplementos literarios de los diarios? ¿Se lo imaginan? Yo en cuanto me acabe el enorme listado de libros que tengo pendientes de lectura me lo compro. Para los que no tengan tiempo de leerlo aquí tienen cuatro apuntes, por si se animan a profundizar.

El segundo marrón, y el más arriesgado, es que voy a intentar entender lo que pasa en Bélgica, cosa que hasta a los los politólogos belgas honrados les debe resultar difícil.

Jacobo de Regoyos es corresponsal de Onda Cero en Bruselas desde hace trece años, así que sabe de qué va la vaina. Además está casado con una belga flamenca y, según las entrevistas, ha debatido el libro, palmo a palmo, con la familia de su mujer, especialmente los pasajes que no dejaban en buen lugar a los flamencos. Ahí tienen al españolito discutiendo de política nacionalista con su suegro, con un par. Solo por eso merece un respeto. No me negarán que el tipo no es digno descendiente de aquellos españoles de los Tercios, si hasta el nombre parece salido de una entrega de Alatriste.

La conclusión a la que llega Regoyos es que Bélgica desaparece, se esfuma. Solo es cuestión de tiempo, y no mucho. No hay nada que una a las dos comunidades –flamenca y valona– que comparten un país como aquellas parejas que lo único que les une es la hipoteca. Lo curioso del caso es que sea en Bruselas, el corazón de la UE, donde pase eso. ¿Qué repercusiones podría tener? ¿O, precisamente por ser la capital europea, eso no llegará a suceder? Regoyos cree que lo único que hacen los políticos belgas es ganar tiempo, pero que se encuentran ante una calle sin salida. Actualmente Bélgica ostenta la plusmarca mundial de estado sin gobierno (ha superado ya los 9 meses de Irak); y su partido mayoritario, el NV-A (Nueva Alianza Flamenca), tiene como punto principal de su programa la independencia de Flandes, o sea, el fin de Bélgica.

Un poquito de historia no viene mal

¿Cómo se llega a esa situación? Bélgica nace a partir de las revoluciones liberales de 1830, que surgen en Francia y se extienden por Europa. Son el impulso final para las nuevas ideas liberales que los ejércitos napoleónicos habían inoculado por el continente. Además de una buena artillería y una fantástica caballería las tropas francesas iban armadas con la “Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano” y entre saqueo y saqueo iban impregnando las ciudades europeas de Liberté, Egalité y Fratenité. Algo así como arrasar un país para instaurar la democracia, por si les suena la idea.

Estas revoluciones tienen también un componente nacionalista muy grande, como se muestra en las unificaciones de Alemania o Italia, o como en el caso belga. Aunque, para ser sinceros -la geopolítica no lee poesía- Bélgica nace como un país artificial, un estado tapón creado en el Congreso de Viena para separar a Francia de Alemania. Lo digo sin acritud, escribo desde Barcelona y todavía no tengo claro si esto es Catalunya, España, Europa, o una provincia del Imperio Romano.

Además, no lo digo yo. Lo dice, por ejemplo, Hugo Claus.

«Bélgica es un país muy pequeño que fue creado de una forma totalmente artificial. No fue el resultado de una necesidad vital. Bélgica es un malentendido. En 1830 Francia, Inglaterra y Alemania se dijeron que debería haber una zona neutra, entonces fueron a buscar a un señor griego, al que se le pagó una suma inmensa para que se convirtiera en el rey de los belgas. Este candidato falló y buscaron a otro. El resultado es que Bélgica no tiene cara. Yo jamás me he sentido belga. No sé qué es sentirse belga, creo que no tiene ningún significado. Las personas que conozco no dicen que son belgas, sino valones o flamencos».

Cuando se crea el país ya hay una división ‘étnica’ (no encuentro otra palabra) entre el norte, los Países Bajos del Sur, que hablan flamenco; y el sur, zona francófona. El flamenco es una variedad de neerlandés (lo sé, estoy hasta las rodillas en el barro) aunque con diferencias respecto al que se habla en Holanda. En las propias palabras de Regoyos:

“El pecado original de Bélgica fue ser un Estado oficialmente unilingüe en sus comienzos, y por culpa de ello se ha pasado todo el siglo XX haciendo penitencia”

Aunque no era la parte mayoritaria de la población, la burguesía francófona impone su lengua como única oficial. Será la lengua de la administración y de la cultura ya que para ellos el flamenco, hablado por la parte mayoritaria, es una lengua ‘menor’, propia de las clases bajas e iletradas. Esa prepotencia (además de error político) todavía lo está pagando hoy día la Bélgica francófona, ya que el resentimiento flamenco lleva en muchos casos, según Regoyos, al revanchismo.

Un revanchismo que supieron explotar los nazis durante la ocupación en la Segunda Guerra Mundial, en uno de los pasajes más controvertidos y oscuros de la historia belga. Los soldados flamencos prisioneros fueron liberados, los valones encarcelados. Así, mientras la comunidad valona era castigada sin piedad  y allí nacía cierta resistencia (aunque es cierto que Degrelle y la Legión Valonia también existieron), en Flandes la ocupación fue más ‘plácida’, y hubo un mayor entusiasmo colaboracionista con la idea de aprovechar el momento para conseguir la independencia. Casos así ocurrieron también en los Países Bálticos o en Croacia, por ejemplo. Como en esos otros países, el nacionalismo flamenco se debate en este tema entre el negacionismo, el relativismo y un discreto silencio o silbido mirando al techo.

Un país y dos naciones, con Bruselas por el medio

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial Bélgica ha hecho un viaje lento pero firme hacia la separación, hasta el punto de que conviven en el mismo estado federal dos comunidades totalmente separadas. Aunque conserva la Monarquía, en la figura de Alberto II, las reformas constitucionales de los años 80 acabaron de conformar dos comunidades separadas por una frontera bien delimitada: dos naciones que no comparten ni lengua, ni partidos políticos ni la misma televisión. Parece que no comparten ni cama. En fin, que no se hablan, solo se miran mal.

Regoyos nos explica una situación de calma tensa. El belga es pacífico por naturaleza pero él nos habla de una confrontación latente en el día a día, de miradas, malas palabras y desplantes.

La situación se complica en Bruselas. Mientras que en el resto del país la frontera está perfectamente delimitada (guerra de trincheras) en Bruselas no está tan clara (combate casa por casa). La ciudad y su área metropolitana es oficialmente bilingüe, aunque se encuentra dentro de territorio flamenco. Bruselas fue ‘afrancesándose’  tras la independencia y la expansión de la ciudad, sobre todo tras la decisión de que albergase las principales instituciones de la UE, ha complicado aún más el laberinto étnico. En cada barrio los unos y los otros tienen su propias tiendas, sus propios bares.

Cuenta Regoyos que en 2008 The New York Times publicó un reportaje que levantó bastante polvareda en Bélgica. En él se decía que en la periferia de Bruselas se vivía un ‘fascismo no violento’ y describía como en un parque infantil había un cartel que decía “prohibida la entrada a niños francófonos”. Y otra anécdota: a un señor francófono se le muere el padre en ‘territorio flamenco’. Acuden amigos y familia de todas partes, francófonos también. Pero el cura solo puede dar la misa en flamenco, así que el funeral para ellos es como si se hubiera hecho en latín. Bueno, peor, porque el francés es lengua romance, algo más hubieran entendido. El absurdo de la lengua como arma de guerra.

¿El futuro?

Según Regoyos, la presión flamenca de los últimos años ha ido vaciando al estado belga de casi todas sus competencias, ya apenas es un fantasma al que parece que solo le quede la selección de fútbol. Solo falta darle el golpe de gracia. Tras años de ir dando concesiones descentralizadoras para calmar a los flamencos, parece que los políticos valones se han plantado. Vienen a decir “pues vale, sólo nosotros queremos seguir siendo belgas, formad Flandes independiente y nosotros seguiremos siendo Bélgica; o nos integraremos en Francia, que es otra opción”. Y resulta que, a diferencia de cómo se presenta el asunto desde perspectivas nacionalistas (no solo en Flandes), eso no es tan fácil. Se pretende, desde cierto nacionalismo flamenco, incluir ese nuevo país dentro de la UE, ya que fuera hace mucho frío. Por eso todos los nacionalismos europeos sin Estado miran hoy hacia Flandes, a ver cómo sale el experimento.

Olvidan, desde un punto de vista electoralista, que la Unión Europea la forman Estados y que esos Estados tienen que aceptar al nuevo miembro. Varios países miembros, como mínimo a corto y medio plazo, van a vetar la incorporación de naciones que trastoquen los mapas europeos, ya que ellos mismos tienen cuestiones nacionales que resolver. ¿Aceptaría España o Francia, por ejemplo, la inclusión de Flandes como nuevo Estado de la Unión? Parece más que difícil. Volvemos a la geopolítica: ha costado siglos y mucha sangre dejar las fronteras europeas como están, las grandes potencias no tienen demasiado interés en que se muevan. ¿No es un punto de vista justo? Quizás. Es práctico, algo que tiene mucho más peso en política internacional que la justicia.

Así que la secesión de Flandes dentro de la Unión hoy día es improbable y fuera de ella tendría un coste político y económico importante. Además, una separación en el corazón de la Unión Europea significaría un gran fracaso, cuanto menos simbólico, del proyecto unitario europeo.

Pero, a pesar de todo eso, los dos lados siguen tensando al cuerda, y sus posiciones políticas garantizan que no haya posibilidad de acuerdo, solo de aplazar el problema. Así que todo puede pasar. Como país poco ya les queda: los mejillones con patatas fritas, que, con todo mi respeto, no parece mucha cosa.

Bélgica es un problema irresoluble y da la impresión que el próximo capítulo de su historia empieza con un “Había una vez un reino imaginario llamado Bélgica…”

17 comentarios sobre “Por si importara: Bélgica desaparece”

  1. Bueno, ahora que me tomo mi cafecito de la tarde… Ya ves que tu comentario en el anterior post ha servido para soltarme la melena, pero… No te acostumbres!! Buf, me canso mucho pensando qué digo y cómo… Esto de escribir en la red me parece una gran responsabilidad!! Primero, decir que me ha encantado la elección de la imagen de cabecera ¡¡Fantástica!! Ala, al lío.

    Después de leerte, puede que me asome un poquito a entender qué pasa con Bélgica; Y me ha sorprendido. Así, de entrada, me viene una imagen… Pienso en el topónimo Belgistán y veo reparticiones de tierra alrededor de una mesa donde, naturalmente, no se tiene en cuenta a las personitas que habitan en ella (¿para qué? si total… sólo hacen bulto, extras de la película…). Sólo hay que parase frente al mapa mundi geopolítico actual –yo tengo el mío aquí en la pared, con su Proyección de Peters y todo– y pensar en la gran cantidad de países artificiales que existen (no es necesario que terminen en –stan) y en las consecuencias que esto ha ocasionado. Por lo que cuentas, Bélgica es uno de estos países.

    Países artificiales, claro… Mmhhh :P… Trazo por aquí, trazo por ahí… Esto pa ti, aquello pa mí, lo bautizo y… ¡Patapam! Pueblos distintos bajo las mismas fronteras. En el mejor de los casos, la convivencia es más o menos armoniosa, incluso se mezclan (?) y en los aceptables, conviven pacíficamente sin mezclarse (¿Belgistán?).

    Pero permíteme que, aunque no sea el caso que nos ocupa, remene un poco la m_ (piiiip!) para recordar también los peores casos, donde unos –a veces ni siquiera lugareños–asumen el poder mientras los otros son sometidos y, a menudo –la lista es vergonzosamente alarmante–, robados, perseguidos, apaleados y, todavía hoy, no reconocidos en ninguna parte.

    Con todo, acabas por darte cuenta que el nacionalismo extremo, o bien es un recurso usado por la mano que ambiciona más poder, o es la reacción de un colectivo contra la opresión que se le ejerce –y ésta puede adoptar muchas formas, algunas incluso se auto-califican de «civilizadas». En fin, al final se acaba por albergar más o menos rencor en los corazones y, algunas veces, se desata como un odio demoledor. No parece el caso Bélgica pero, sea cual sea su destino, guardemos la esperanza de que todo transcurra civilizadamente y en paz.

    Sólo añadir que si me parece muy importante lo que hoy sucede allí, es en parte porque esta vez no se trata de tierras del este/oriente, sino del corazón de la perfecta Europa –oeste/occidente– que se pone en evidencia al aflorar las consecuencias de sus propios errores en casa.

    Y para acabar –y contentar al pep–… Mudnebib tse cnun o lo que es lo mismo, dicho al revés, tomémonos unas birricas!! 😀

    1. Ala!!! Ahora que lo he publicado lo he visto!!! Para no atreverme, al final no veas qué rollo… Una hora!!! Me he tirado una hora!!!!

  2. Me ha hecho sonreir el comentario del tal Sr. Claus, sobretodo lo de que Bélgica es un malentendido. Mucho meneo veo en un pais que, como dice la canción, es tan pequeño que desde el campanario de un pueblo se ve el campanario del pueblo de al lado. Ja s’ho faran. Por muy estrategico-geo-político que sea el pais, si se dividen, separan o lo qie sea ya te digo yo que ni nos vamos a enterar, a menos que, cosa poco probable, se pongan burros y rompan cosas. Pero, por favor, si para protestar se dejan la barba sin afeitar…
    Su, eres una artista tia, molan mucho tus comentarios. Si nos tomamos unas birras, que no sean belgas por favor.

    1. Ah! se me olvidaba. Susana, dices que viendo el mapa mundi te das cuenta de cuantos paises son artificiales. Te pago todas las birras que tu cuerpo te acepte si me encuentras un solo pais que no sea artificial. Y después te pago todas las que tu hombre aguante si me encuentras un pais que no haya tenido conflictos nacionales violentos. Estoy dandole vueltas a Islandia y me inquieta…me voy a la wikipedia.

      1. Se conoce como Guerras del Bacalao (islandés: Þorskastríðin) a la serie de luchas principalmente entre Islandia y el Reino Unido por los derechos de pesca, preservación ambiental y la protección de su economía en el Atlántico Norte desde los años 1950 hasta los años 1970.

        Wikipedia dixit, va a misa entonces 😉
        Me diras…por los pelos, por los pelos… no lo creo. Si Reino Unido e Islandia hubiesen sentido de la misma nación, nada de eso pasa, palabrita del niño jesus.

        Me quedo más tranquilo…. que digo birras, ¡cubatas!
        Aunque es digno de mención: Islandia no tiene ejercito.

  3. Muchas gracias de nuevo a los dos por los comentarios, es alentador saber que estas cosas que ‘me se’ ocurren no caen en el vacío. Pero no solo por eso. Susana, ¿por qué tardaste tanto en animarte?
    Cierto es que a veces el nacionalismo coge la bandera de aspiraciones legítimas de poblaciones sojuzgadas. Pero lo que nos enseña la Historia es que el que lleva la bandera normalmente lo que quiere es llenarse aún más la cartera, o ser menos a repartir, mientras otros se parten la cara por algo en lo que realmente creen. En estos temas, como en las guerras de religión, el componente irracional es muy grande, con lo que es mucho más fácil designar quiénes son los buenos y quienes los malos, en definitiva manipular a gente que actúa de buena fe.
    Pep, no estoy del todo de acuerdo con que todos los países sean artificiales. Las fronteras sí, una línea tan fina no puede separar a las personas. pero hay países cocinados a fuego lento durante siglos y si en un momento fueron artificiales, con los siglos se han convertido en un guiso compacto.; y sus habitantes lo sienten así. También es verdad que dentro de un país puede haber muchos otros, a veces una montaña o un río crea un sentimiento de comunidad muy fuerte que separa dos comunidades. Me contaban en Navarra que las cañadas reales (los caminos por donde pastoreaba el ganado de norte a sur) estaban reguladas y protegidas porque, aparte de su valor económico, suponían un factor de cohesión política fundamental, unían en una misma comunidad a dos poblaciones que hubieran sido extrañas sin ellas.
    Respecto a Bélgica, si se separan os convoco a un festín de mejillones y cerveza (venga, Pep, por una vez…) para celebrarlo. Oye, tal vez sea para bien, eso nunca se sabe. Cualquier día los belgas te sorprenden, ten fe.

    1. Solamente un par de cosillas, quisiera explicarme.
      Si coincides conmigo en que toda frontera es artificial, entonces también lo es el pais que contiene, eso es irrebatible. Baja la ceja 😉 Con irrebatible me refiero al si…entonces, por supuesto. No a la certeza de lo que defiendo. En modestia a mi no me gana ni Guardiola. Sigo.
      Así pues un pais es solamente un espacio geográfico perfectamente delimitado, nada mas. Cuando y como se fijaron esos límites son otra cosa. Claro, está el sentimiento nacional. Respecto a lo que nos ocupa (la artificialidad), la unanimidad o discrepancia de las personas que coinciden en el interior de ese recinto respecto a su sentimiento nacional es irrelevante. Así de bestia lo veo. explicación. Ahora llega el núcleo de mi idea, quisiera demostrarte una contradicción:
      Argumentas con la magnífica idea del guiso; dices que cuanto mas compacto el guiso menos artificialidad.
      La uniformidad cultural nunca acaba bruscamente de forma natural, geográficamente hablando. Entonces, cuanto mas compacto es el guiso, mas artificial es el pais, ya que se ha intentado , por lo civil y lo criminal, que el plato de al lado no sepa igual.

        1. A mi el guiso de Miguel me convence bastante… Aunque entiendo lo que quieres decir, Pep… ¿quizás sería más apropiado hablar de grados de artificialidad? Como daría pa mucho… acepto cubatas, birras –belgas o no– y mejillones con papas!!

          Por cierto ¿Qué tal vivir sin gobierno tanto tiempo? Entran un poco de ganas de probar, ¿no?

          1. Joer… lástima que no esté cerca de vosotros, porque salía corriendo ahora mismo con unas pataticas –mejillones a estas horas, complicado– y unas cervezas bajo el brazo y ¡venga! como «los tertulianos» de muchachada…

          2. Jajjja! Yo creo que podria, mejor o peor, vivir sin gobierno, pero la pregunta es:
            Podría el govierno, los goviernos, vivir sin mi, sin nosotros? Rotundamente no. Ahí está la cosa.
            Miguel y yo creo que hablamos de artificialidades diferentes, mas que de grados diferentes de lo mismo. Pero así, entre nosotros, creo que, aceptando su artificialidad (por supuesto me refiero a su idea de artificial, no a su actitud vital, jajjjja) tiene razón. No se lo digas que se me sube a la parra.

          3. El último, lo prometo… Es que no me puedo aguantar… Si tu, Miguel, nos iluminas, tu, Pep, nos haces partir de risa con tu dialéctica… Me encanta.

  4. Esos eso, chincha, chincha miguel, tu iluminas, como una linterna, pero yo divierto, como una película de los hemanos Marx, o un concierto de Prince…que te parece?

    Es eso, no?

  5. Pues no se si ilumino mucho, a veces no soy capaz de ver ni mis pensamientos. Pero gracias. Lo que si es verdad es que sé de una que espera mis textos, más que por ellos mismos, para leer luego los comentarios de Pep. Creo que los lee primero para poder entender mejor tus comentarios, sino empezaría a leer por el final.
    Por cierto, no se si será por lo tarde que es, pero con tanta artificialidad yo me he perdido, no entiendo ná.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.