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Crujir de dientes en Waterloo

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El 18 de junio de 1815 unos 200.000 hombres habían quedado por unos campos de Bélgica para matarse entre ellos. En Waterloo. De un lado los franceses al mando de Napoleón, del otro una coalición de holandeses, prusianos e ingleses al mando de Wellington. Tras 10 horas de batalla, el resultado fue la derrota francesa y un nuevo mapa europeo. Y, sobre todo, supuso unos 50.000 muertos. Pero yo no he venido a hablar de geopolítica, sino de dientes. De los dientes de Waterloo.
Sí, han leído bien. No unas piezas de una boca determinada, sino los dientes de  Waterloo en general, como una especia de marca registrada. 

Siempre es un problema serio perder la dentadura. Un problema de salud, principalmente, pero también estético. Por eso, desde siempre, quien se lo ha podido pagar se ha puesto dientes postizos. Ya en la antigua Roma se usaban postizos de marfil sujetados con hilos de oro.anuncio-dentista-dentadura-waterloo-dientes-postizos
Pero volvamos al s. XIX, porque, como les decía, no voy a hablar de los dientes a lo largo de la historia, sino de unos específicos, los Waterloo Teeth.  En aquella época, la falta de higiene dental y la creciente afición por el azúcar estaba haciendo estragos entre las piñatas más distinguidas de Inglaterra. 
Aparte de los problemas para comer, la falta de dientes hace que se hundan las mejillas –envejeciendo el aspecto– y que se tengan problemas para hablar con claridad. Por eso la gente pudiente se ponía prótesis. Unos postizos que no mejoraban mucho la cuestión práctica –eran inestables e incómodas para masticar– pero resolvían un poco el problema estético. 

Prótesis dentales en el siglo XIX

Las prótesis tenían sus ventajas y desventajas. A saber. Había dos tipos de prótesis en el mercado: las ‘artificiales’ y las ‘naturales’. 
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Las artificiales eran dientes de hueso o marfil extraído de cuernos de animales. El aspecto era aceptable y permitían sonreír con cierta soltura. El problema de éstas era que no tenían esmalte, con lo que la caries atacaba rápidamente. El resultado eran dientes infectados, mal sabor y peor aliento. Un dinero no muy bien aprovechado.
Las naturales eran piezas dentales provenientes de otras personas. Tenían la ventaja del esmalte, pero la desventaja del precio, doblaba o triplicaba las anteriores, que ya eran caras. Había otro pequeño obstáculo: debías convencer a otra persona para que se las arrancase y te las vendiera. Se hacía;  por un precio casi todo es posible. El problema es que quien tenía dientes los necesitaba para sí y pocas personas estaban tan desesperadas para venderlos si conservaba una buena salud dental. Y los más pobres era raro que mantuvieran muchos dientes que cotizaran bien en el mercado. 

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‘A caza de dientes’, Capricho nº 12, 1799. Francisco de Goya

La solución supongo que los más osados ya se la imaginan: arrancárselos a los muertos. La ventaja está clara: es más sencillo convencer a un muerto de que nos ceda su dentadura. Además, solo hay que pagar a quién se la arranca, lo que abarata el producto. La desventaja es que muchos de los donantes, ya fueran ajusticiados en la horca o cadáveres desenterrados muertos por enfermedad, no eran muy fiables. 

Dientes de Waterloo

Y aquí, pacientes lectores, llegamos a los dientes de Waterloo. Ahora que ya son casi expertos en historia de la odontología comprenden que el mejor donante de dientes postizos es un soldado joven muerto en batalla. 
La guerra de la Independencia norteamericana (1775-1783) ya había supuesto un filón para los comerciantes ingleses de dientes premium. Con Waterloo –50.000 almas, recuerden– vieron el cielo abrirse. Un golpe de suerte, un empujón para la economía. Napoleón se llevó un buen puñetazo, pero miles de dientes de otros fueron los que se esparcieron por toda Europa.  El muerto al hoyo y el vivo a masticar lo que le echen.

"The field of Waterloo" (1818), Joseph Turner
«The field of Waterloo» (1818), Joseph Turner

De toda la vida, cuando acababan las batallas se saqueaban las pertenencias de los muertos y heridos que no pudieran defenderse. Algunos eran rematados, más que por la patria, por unas buenas botas. El soldado llevaba encima lo poco que tuviera de valor, no había cajeros. A Waterloo, como a toda gran batalla con gran cantidad de carne de cañón, acudieron saqueadores del pueblo y zonas aledañas. Había un buen negocio a la vista. 
Monedas, joyas, armas, un abrigo… y unos buenos incisivos o colmillos en perfecto estado podían suponer ingresos para pasar una temporada. La carnicería, además, acabó con el ocaso, así que al resguardo de la penumbra pudieron arrancar muchos dientes. Algunos autores sostienen, no obstante, que la mayoría de piezas arrancadas a los muertos se hicieron no en directo en el campo de batalla sino posteriormente, en las fosas comunes preparadas al efecto.
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Como reliquias de Cristo

En todo caso, los “dientes de Waterloo” inundaron el mercado inglés (sobre todo, aunque no únicamente)  y se hicieron famosos. Y muy preciados. La marca “Waterloo Teeth” se convirtió en algo así como la manzanita de Apple de la ortodoncia. Desconozco si hacían colas delante de los ortodoncistas, pero el éxito fue incontestable.
Tanto que se vendieron muchas más dentaduras de Waterloo que soldados participaron en aquella batalla. Como en aquellos años locos de la Edad Media, en la que salieron astillas de la cruz de Cristo como para un par de flotas de guerra. Miles y miles de dientes inundaron el mercado. Algunos de esos supuestos piños «pata negra» cruzaron el Atlántico y se vendieron en Estados Unidos.  
Para el cliente suponía esquivar la posibilidad de una dentadura de anciano muerto por enfermedad y adquirir unos magníficos dientes de un joven apuñalado o acribillado a balazos en Bélgica . Ni comparación, oiga.
Durante un tiempo se siguieron vendiendo muy bien, aunque los muertos los pusiera la Guerra de Crimea o la guerra civil americana. Jóvenes muertos en una guerra, indistinguibles unos de otros.
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Luego llegó la porcelana, que se fue perfeccionando para dejar atrás a los dientes humanos. Sobre todo a partir de un orfebre inglés llamado Claudius Ash, que empezó a remachar la porcelana con planchas de oro y plata para evitar esquirlas y mejoró el sistema de sujeción. Ya se podía hablar y masticar de una forma casi normal. 
Así se fue abaratando el precio sin estar pendientes de las fluctuaciones del mercado. Podía ser ruinoso un largo periodo sin muchos muertos con que abastecer el negocio. 

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2 comentarios sobre “Crujir de dientes en Waterloo”

  1. Hubo más crujir de dientes aquel año. A los bonapartistas de Bayona y Perpiñán les debieron rechinar bastante cuando entraron en ambas ciudades tropas españolas a decir: «bueno, sras. y sres. Napoleón cést fini, se acabo».
    ¿Ficción o realidad? Bueno, realidad es. O al menos hay un libro de Historia sobre el tema «El Waterloo de los Pirineos» https://hiberniansoldierbooks.com/2016/01/08/el-waterloo-de-los-pirineos/.
    Lo que pasa es que está escrito por un historiador español y eso, ya se sabe, en España es un plus para que nadie se lo haya leído («¿pa que si ya hay libros d eingleses que lo cuentan mejor que lo sé yo?»).
    Lo curioso es que hay también una novela de un inglés que cuenta esa película y la de Waterloo en plan Bernard Cornwell pero desde el punto de vista de un capitán español de Caballería que acaba allí, en medio de todo eso de «La guardia muere pero no se rinde», etc.
    Los encontré los dos aquí: «El Waterloo de los Pirineos» y «El memorial de Waterloo», http://www.hiberniansoldierbooks.com
    ¡Qué aprovechen!
    Por lo menos son un soplo de aire fresco sobre estos temas.

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