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Tuskegee, Guatemala y los límites de la ciencia

Hablaré sobre Tuskegee, pero antes permítanme una introducción pertinente.

Entre 1946 y 1948, la Secretaría de Salud Pública de los Estados Unidos lleva a cabo un experimento en Guatemala sobre la sífilis. El objetivo es probar la eficacia de la penicilina a la hora de curar y prevenir la sífilis y la gonorrea. Pero como había pocos pacientes, decidieron infectar a más. Les inyectaron la bacteria de la sífilis, sin su conocimiento, a unos 700 guatemaltecos: prostitutas, presos en cárceles o manicomios y demás gente prescindible. Luego se les suministraba penicilina para curarlos, aunque se desconoce el destino de estos conejillos de indias involuntarios.

Todos los médicos, que sí sabían lo que hacían, eran estadounidenses. Entre ellos se encontraba el doctor John Cutler, que ya había participado en otro experimento similar, en Tuskegee, Alabama.

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El doctor Cutler en Tuskegee

Es importante señalar que cuando los doctores estadounidenses experimentan en Guatemala, en 1947, ya había quedado establecido que la penicilina  era un  tratamiento efectivo contra la sífilis. Por tanto parece innecesario ese experimento con pacientes engañados.

También en ese momento el mundo empieza a asimilar la barbarie nazi descubierta al finalizar la guerra. Entre su largo catálogo de atrocidades están los terribles experimentos clínicos con prisioneros indefensos.

Es en esos años cuando médicos estadounidenses llevan en secreto en Guatemala su experimento. Para ellos los guatemaltecos más que sujetos eran objetos de estudio. Como mínimo no parecieron mostrar mucha empatía hacia sus víctimas.

El doctor Cutler llega a Tuskegee

En el caso de Cutler, la misma empatía que había tenido con sus compatriotas afroamericanos de Tuskegee. La única diferencia es que en Tuskegee no se les inoculó la enfermedad, sencillamente se ignoró el tratamiento a infectados de sífilis. Por la ciencia.

Por la ciencia se estuvo investigando en Tuskegee desde 1932 hasta 1972. Nada menos que 40 años. En aquel pueblo de Alabama, la América profunda y racista, unos 600 campesinos negros fueron estudiados durante años para ver cómo les afectaba la sífilis si no era tratada.

Tan prescindibles como los guatemaltecos, a aquellos negros pobres no les informaron de su enfermedad. Les dijeron que tenían “mala sangre” y que recibirían tratamiento gratuito, algo inalcanzable para aquellos hombres. También les daban comida caliente y transporte gratuito al hospital. Y, en un alarde, un seguro para pagar los gastos del entierro.

Primera etapa: investigación

Para ser rigurosos, hay que establecer dos etapas en el experimento, aunque ambas compartan el pecado original de engañar a los pacientes.

Cuando se inicia el estudio en 1932 la sífilis no tiene un tratamiento eficaz. Únicamente salvarsanes que muchas veces hacen más daño que el que intentan evitar. La intención era ver si esos tratamientos merecían seguir utilizándose contra una enfermedad que además de crónica era muy dolorosa. El argumento: no les podemos curar así que estudiémoslos para conocer la enfermedad y encontrar un remedio.

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Unidentified subject, onlookers and Dr. Walter Edmondson taking a blood test (NARA, Atlanta, GA)

Segunda etapa: ocultación

Pero ese propósito deja de serlo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la comunidad médica mundial ya ha establecido la penicilina como un remedio eficaz. Es en ese momento cuando los responsables se pasan por el forro cualquier principio ético y deciden seguir con el experimento.

Podrían haberlo continuado valorando el efecto de la penicilina en los pacientes, pero prefieren ocultárselo, negarles la cura y seguir documentando su sufrimiento y cómo se propagaba entre sus familias. Pagándoles el entierro, eso sí.

Está claro que a Cutler y al resto de responsables públicos les había impactado la revelación de los experimentos nazis, lo que no tengo tan claro es en qué sentido.  No parecieron darse por enterados del Código de ética médica de Nuremberg, elaborado tras los juicios.

Dicho código empezaba indicando que era esencial el consentimiento de la persona objeto del experimento. Sin engaño, coacción o cualquier circunstancia que le impidiera una decisión libre. También que debe ser provechoso para la sociedad, justificado, y debe evitar sufrimiento innecesario, entre otras cosas.

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Supervivientes experimento de Tuskegee

A Tuskegee  no les debió llegar ninguna copia,  ya que el estudio se alarga sin sentido durante años. Ni produce informes concluyentes ni resultados prácticos.

Shatz y Buxtun

Es más, las autoridades se afanan en continuarlo, como si fuera normal. Por ejemplo, en 1964 se publica en una revista médica un articulo sobre el balance de los primeros 30 años del experimento. Y no hubo nada.

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Irwin Shatz

Bueno, no fue exactamente así. Un joven cardiólogo, Irwin Shatz, envió una carta de protesta al firmante del artículo y primer director del estudio, Donald H. Rockwell, aunque en realidad fue entregada a la coautora, Anne R. Yobs. “No puedo creer lo que he leído”, decía Shatz. Y añadía “¿Cómo es posible que hiciesen dejación del principio básico del Código Deontológico en aras de la investigación?”. Ninguna respuesta, silencio administrativo y la sífilis siguió su curso.

Shatz no insistió, era un joven con una carrera prometedora y sus interlocutores una muralla infranqueable. Supongo que pensó que era inútil y suicida echarle un pulso al Servicio de Salud Pública de Estados Unidos. Además, corría 1964 y las víctimas eran campesinos negros pobres.

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Peter-Buxtun

Por su parte, Peter Buxtun, un investigador del servicio público de salud de San Francisco, también se interesa por el tema y protesta por carta contra la inmoralidad del experimento. La respuesta del Center for Disease Control (CDC) es reafirmar la necesidad de seguir el estudio. Pero Buxtun sí persevera y consigue que, en julio de 1972, la noticia sobre el experimento apareciese en el Washington Star. Al día siguiente es portada en el New York Times y todo el país se entera de lo que estaba pasando. En la investigación periodística posterior es cuando se descubre la carta de Shatz.

Tuskegee lleva a Guatemala

El escándalo hace que ese mismo año se cree un grupo de expertos que determina que el experimento debe cesar. También que en 1974 se forme una comisión permanente dedicada a regular la experimentación con humanos.

Es a raíz de la investigación sobre lo ocurrido en Tuskegee cuando se encuentran en los archivos documentos que revelan la ocurrido   en Guatemala. En 2010 el gobierno estadounidense pide perdón al de Guatemala por “tan horrendas prácticas”.

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Marta Orellana, superviviente de los experimento en Guatemala (foto del diario Clarín)

Evidentemente no es culpa de la ciencia. En este caso se hizo por la ciencia lo que en otras ocasiones se ha hecho por dios o por la patria. Es el peligro que tienen la palabras grandes cuando mezclan con mentes pequeñas: se produce un corte de digestión moral y se vomita lo peor que llevamos dentro.

Tal vez sea mi tendencia pesimista pero, ¿alguien puede asegurar que en este mismo momento no esté en marcha otro Tuskegee?

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