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Silphium, la píldora del día después romana

Situémonos en el siglo I antes de Cristo, en la costa de la Cirenaica, actual Libia. Si heredaste de tu abuelo una plantación de silphium estás de suerte, eres rico. Según el historiador Plinio El Viejo, tienes “el regalo más preciado que pudo dar la naturaleza al hombre”.

El silphium es una planta que vale para todo: para hacer perfumes, como condimento en cocina y como medicina. Pero su uso estrella es el de anticonceptivo, una especia de píldora del día después.

Un remedio milagroso. Y eso fue su perdición.  Sigue leyendo Silphium, la píldora del día después romana

¿Por qué insostenible?

El nombre tiene, como todo en la vida, varios motivos.

El primero. No puedo estar cada día dedicándole el tiempo que merecería, me canso.

El segundo. La situación es insostenible pero nos  empeñamos en aguantar (yo el primero) y nos lo vamos repitiendo como una letanía (aquí igual soy el segundo).

El tercero. Me gusta la palabra, tanta sostenibilidad y tanta palabra hueca de políticos y asimilados para llenar la nada me pone de los nervios.

Son bienvenidos a este rincón todos aquellos (el masculino plural castellano es genérico, no excluye a nadie por su sexo ¿no es bonito, chicas?) que rechazan ese lenguaje políticamente correcto creado para disfrazar la realidad; y a los nuevos curas que desde distintos púlpitos (todos controlados por los partidos políticos, omnipresentes en este país) se empeñan en amargarme los telediarios. Van contra mí, porque, como cantaba el gran Serrat, entre esos tipos y yo hay algo personal. Y duele más porque hasta hace dos días, como el que dice, yo creía que eran los míos. Pero es que yo ya no se si soy de los nuestros.

Son bienvenidos también, por supuesto, esos nuevos curas. Este sitio es pequeño pero, si nos apretamos un poco, cabemos todos. Quien sabe, tal vez nos convenzan. Lo digo sin ironía.

Finalmente, todos aquellos admiradores del capitalismo especulativo, con pósters en el alma de Lehman Brothers, Goldman Sachs, la gente del FMI y compañía (“gente que camina y va apestando la tierra“) no son bienvenidos aquí. Esos que se vayan a tomar por saco a otro lado. Son los mercaderes que Jesucristo, el de la otra mejilla, echó a golpes del templo.

Hasta él sabía que la tolerancia y el buen rollito tienen un límite.