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Cuando Estados Unidos invadió Rusia

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Los planes militares no siempre salen bien, pero si además ni siquiera existen, el asunto está condenado a salir mal. Desconozco si el 20 de agosto de 1918, recién desembarcado en Vladivostok, el general William Sidney Graves pensaba que acababa de entrar en la historia. Lo que sí sabía es que acababa de desembarcar al mando de los regimientos 27 y 31 de infantería de los Estados Unidos, con unos 9.000 hombres en total, o sea, con una mano delante y otra detrás si el objetivo es nada menos que invadir Rusia. Pero, eso sí, sin que se note mucho.

Aunque tal vez el objetivo era derrocar a los bolcheviques, vigilar a los británicos y a los japoneses o ayudar a unos soldados checos, o vaya usted a saber. El único plan que se le había proporcionado era un documento de siete páginas, llamado El Memorando, redactado por el presidente Woodrow Wilson en el que se divagaba sobre política, sin rastro de estrategia, logística, implicaciones o consecuencias de la acción. Un despropósito que apenas ocupa un breve en la historia, escondido en pequeños rincones como este. ¿Para cuándo la película? Una especie de remake de Sopa de Ganso basada en hechos reales.

En honor al general Graves hay que dejar claro que era un profesional que en medio del sainete intentó comportarse con sentido común, teniendo en cuenta además que, cuando el secretario de guerra estadounidense le entregó el famoso memorando en la estación de Kansas City poco menos que se disculpó por la faena y le vino a decir algo como “invade Rusia pero no te metas en líos”.

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Hildegart, la hija imperfecta

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La madrugada del 9 de junio de 1933 había sido una noche calurosa en Madrid. Una noche especialmente terrible en un piso de la calle Galileo, el que ocupaban Aurora Rodríguez Carballeira y su hija Hildegart, de 18 años. Una noche en la que Aurora no ha pegado ojo. Tiene que tomar una decisión difícil, muy difícil: aguantar un poco más o acabar con la obra de su vida.

A las nueve de la mañana decide lo segundo. Entra en la habitación de Hildegart. Su hija todavía duerme. Fueron 4 disparos. Primero dos en la cabeza, luego otro en la barbilla y finalmente uno en el corazón, como para asegurarse.

No es un asesinato cualquiera, es un escándalo que conmociona a la España efervescente de la II República.

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Los cultos cargo, tal como somos

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«Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia».  
Arthur C. Clarke (1973)

Los cultos cargo , tal como los llaman los antropólogos, son la crónica fascinante de la creación de una nueva religión ante nuestros ojos. Una religión que nace a inicios del siglo XX y que se desarrolla sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial en algunas islas del Pacífico. Un caramelo para sociólogos, antropólogos o filósofos.

Y una historia curiosa y sugerente que dice mucho de cómo somos.

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Por si importara: Bélgica desaparece

Tiempo lectura: 7 minutos

Hoy me apetecía meterme en un jardín y, puestos a elegir, he elegido dos.  Nada de medias tintas.

El primero es que quiero recomendar un libro, Belgistan: El laboratorio nacionalista, que conozco solo de oídas. Un par de entrevistas al autor, Jacobo de Regoyos, y otro par de críticas ya me sirven para recomendarlo. ¿Se imaginan que hicieran lo mismo en los suplementos literarios de los diarios? ¿Se lo imaginan? Yo en cuanto me acabe el enorme listado de libros que tengo pendientes de lectura me lo compro. Para los que no tengan tiempo de leerlo aquí tienen cuatro apuntes, por si se animan a profundizar.

El segundo marrón, y el más arriesgado, es que voy a intentar entender lo que pasa en Bélgica, cosa que hasta a los los politólogos belgas honrados les debe resultar difícil.

Jacobo de Regoyos es corresponsal de Onda Cero en Bruselas desde hace trece años, así que sabe de qué va la vaina. Además está casado con una belga flamenca y, según las entrevistas, ha debatido el libro, palmo a palmo, con la familia de su mujer, especialmente los pasajes que no dejaban en buen lugar a los flamencos. Ahí tienen al españolito discutiendo de política nacionalista con su suegro, con un par. Solo por eso merece un respeto. No me negarán que el tipo no es digno descendiente de aquellos españoles de los Tercios, si hasta el nombre parece salido de una entrega de Alatriste.

La conclusión a la que llega Regoyos es que Bélgica desaparece, se esfuma. Solo es cuestión de tiempo, y no mucho. No hay nada que una a las dos comunidades –flamenca y valona– que comparten un país como aquellas parejas que lo único que les une es la hipoteca. Lo curioso del caso es que sea en Bruselas, el corazón de la UE, donde pase eso. ¿Qué repercusiones podría tener? ¿O, precisamente por ser la capital europea, eso no llegará a suceder? Regoyos cree que lo único que hacen los políticos belgas es ganar tiempo, pero que se encuentran ante una calle sin salida. Actualmente Bélgica ostenta la plusmarca mundial de estado sin gobierno (ha superado ya los 9 meses de Irak); y su partido mayoritario, el NV-A (Nueva Alianza Flamenca), tiene como punto principal de su programa la independencia de Flandes, o sea, el fin de Bélgica.

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