Archivo de la etiqueta: siglo XIX

Zoos humanos, un esqueleto en el armario

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Antes de emnpezar con los zoos humanos permítanme una historia particular, con nombre y apellido. Sara (Saartije en afrikáans) Baartman nace en 1789 en Cape Est, Sudáfrica, en la tribu de los khoikhoi. Siendo adolescente emigra  a Cape Flats, cerca de Ciudad del Cabo donde es esclava de unos granjeros. Pueden imaginar que la vida de la muchacha no era idílica.

En 1810 es vendida al británico William Dunlop, que se la lleva a Europa. Con apenas 20 años Saartjie sale de África rumbo a la civilización. A partir de ese momento su vida será aún peor.

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La rebelión de Charles Deslondes

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A principios del s. XIX, en la “Costa Alemana” de Luisiana, una zona francófona que recibe el nombre de sus primeros colonos, las cosas son como son. Es el orden natural:  las plantaciones de caña de azúcar son el motor económico y los esclavos negros la mano de obra. Algo que un tal Charles Deslondes quiso cambiar.

Se supone que los africanos, tanto hombres como mujeres, estan más capacitados para soportar el calor y que, además, en el fondo son felices, amparados por sus amos. Tienen techo y comida y una vida sana en el campo, podría ser peor. Al menos tienen trabajo (era así, ¿no?).

Pero el 8 de enero de 1811, uno de esos esclavos, un mulato llamado Charles Deslondes, se sube a su caballo e inicia una marcha contra ese orden natural e inmutable. Tal vez sufriera una curiosa enfermedad, tal vez estaba hasta las narices, decidan ustedes.

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El estómago del doctor Beaumont

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En 1833, el doctor William Beaumont (1785-1853) es un médico desconocido de Connecticut que durante años había prestado sus servicios en el ejército como cirujano auxiliar, lo máximo a lo que podía aspirar por su formación de aprendiz de médico sin pasar por la universidad.

Pero ese mismo año su nombre pasa a la historia de la medicina al publicar «Experimentos y observaciones sobre el jugo gástrico y el funcionamiento de la digestión”. Su trabajo es un bombazo, una auténtica revolución respecto al conocimiento sobre la  fisiología del aparato digestivo.  Fue su salto a la fama, a la gloria médica.

¿Cómo un oscuro médico con una precaria preparación teórica llegó a descubrir la verdad de la digestión humana? Con la ayuda imprescindible de un colaborador especial que le acompañó en todo el proceso, un humilde transportista canadiense llamado Alexis Saint Martin.

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Las dos muertes de Cynthia Ann Parker

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El 17 de diciembre de 1860 Nautdah tiene 36 años y vive en las praderas de Texas con su familia. Es la mujer de Peta Nocona, el joven jefe de una de las tribus de la nación comanche, y tiene 3 hijos: dos niños, Quanah y Pecos, y una niña, Topsana. La supongo feliz como única mujer de Peta (señal de respeto en la poligámica cultura comanche) junto a sus seres queridos.  Aunque la vida allí no es fácil, a medida que aumenta la presencia del hombre blanco mengua la de los bisontes, su principal medio de vida. Las disputas con los blancos eran frecuentes desde hacía siglos pero la batalla se iba perdiendo porque aquellos forasteros tenían dos armas incontestables: la viruela y el rifle de repetición.

La madrugada del 18 de diciembre son los rifles de la caballería de los Estados Unidos y de los Rangers de Texas los que aparecen por el poblado de Nautdah, cerca de Pease River. Su marido, que resultó herido, y sus dos hijos pueden escapar de la carnicería que allí causa el hombre blanco, cabelleras indias en mano incluidas. Nautdah, con su pequeña Topsana en brazos, también intenta huir pero es capturada.

Y entre el caos de polvareda de caballos, gritos, sollozos y sangre, seguro que a Nautdah le tuvieron que venir imágenes más o menos nítidas de una vida anterior en la que ella ya había pasado por ese mismo horror.

Una vida anterior en la que ella se llamaba Cynthia Ann Parker.

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Mastro Titta, matando al servicio del Papa

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Imagino a Giovanni paseando tranquilamente por su barrio del Borgo, tras jubilarse, siendo observado por todos. Había tenido dos trabajos. Con su mujer pintaba sombrillas que vendía a los turistas que visitaban Roma. Pero ese era el otro trabajo. En la ciudad todos le conocían por ser un funcionario muy particular del Vaticano. Había empezado a trabajar para el papa Pío VI a los 17 años; se jubiló, con Pío IX, a los 85 años, con una pensión de 30 escudos anuales, generosa para 1865.

Era famoso, su trabajo era público e intuyo que tendría admiradores y detractores. Giovanni Battista Bugatti, conocido por toda Roma como ‘Mastro Titta’, trabajó 68 años, de 1796 a 1865, dejando tal huella que su apodo se convirtió en la ciudad en sinónimo de su profesión. También dejó 516 cadáveres, a los que mató de uno en uno y a la vista de todos. El bueno de Giovanni era el verdugo del Papa.

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El fin del mundo ya llegó a Tolox

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Bueno amiguitos y amiguitas, se acabó lo que se daba, llega el fin del mundo. Uno de tantos. Algunos, basándose en datos científicos lo niegan. A la ciencia no le gusta una buena ficción. Pero esta vez sí que sí, que lo dicen los mayas. Vale, la gente que sabe de cosas de mayas repite una y otra vez que el tan citado calendario nunca ha fijado nada parecido al final de los tiempos ¿Qué más da?  Yo, como no se nada del tema me fío de los titulares más gordos, que es lo que hace todo el mundo. Y si dicen que se acaba el mundo será por algo. Por cierto ¿dónde está Carlos Jesús ahora que lo necesitamos?

No se qué nos tiene preparada la supuesta profecía maya así que puestos a imaginar yo me quedo con un precedente nuestro. Porque de todos los finales del mundo que he escuchado o leído mi favorito es el que tuvo lugar en la población malagueña de Tolox en 1885. Un fin del mundo con juicio final y preceptivo atestado de la Guardia Civil, como dios manda. No me negarán que con la Benemérita por medio el fin de los tiempos tiene mucho más empaque. La historia de Tolox  se la oí contar al periodista Jesús Callejo, un sabio experto en estos temas y aunque yo no lo voy a saber hacer con tanta gracia, voy a intentarlo.

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