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El secreto de Billy Tipton

Billy Tipton (1914-1989) era un pianista que se había ganado la vida en la segunda división del jazz. Tuvo su momento en los años 50, pero nunca grabó ningún gran éxito. De hecho se conservan muy pocos discos suyos. Se había pateado el país por pueblos, en pequeñas salas de fiestas, interpretando grandes éxitos de otros.

Ese segundo plano no parecía atormentarle, era la vida que había escogido. Sin hacerse rico no le faltaron fiestas, cinco mujeres y tres niños adoptados. Cuando en los 60 y 70 el pop y el rock hicieron la vida más difícil a los músicos de jazz –salvo para Coltrane, Parker y compañía– Tipton tuvo que dejarlo y dedicarse a la representación de artistas de medio pelo.

La muerte lo encontró con 74 años, viviendo en un parque de caravanas de Spokane (Washington),  prácticamente en la indigencia. Un músico anónimo más.  Sin embargo, la noticia de su muerte llegó a diarios de todo el mundo, incluida España. El New York Times le dedicó un obituario. Todos se hicieron eco del irresistible titular del periódico local de Spokane: “Músico de jazz paso toda la vida escondiendo un fantástico secreto”.

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Portsmouth Sinfonia, el punk sinfónico

portsmouth_general¿Pueden tener algo en común los Sex Pistols y una orquesta sinfónica nacida de una escuela de música que interpreta eso que llaman clásicos populares?  ¿Podemos comparar la guitarra estridente de Steve Jones y los aullidos de Johnny Rotten con unos señores cómodamente sentados atacando con entusiasmo la obertura de Guillermo Tell? Si lo que cuenta es la actitud, sí.

Gracias a un buen amigo que me ha puesto sobre la pista, les quiero contar la historia de la Portsmouth Sinfonia, una orquesta en la que gente como Brian Eno o Michael Nyman probablemente empezaron el punk sin saberlo, a base de interpretar –por ejemplo en el Royal Albert Hall de Londres– a Strauss, Beethoven y compañía.

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Billie Holiday y su strange fruit

En cuanto pones atención a los primeros versos, lo único que puedes hacer es apretar los dientes y aguantar el tirón hasta que acabe. Es Strange Fruit, cantada por Billie Holiday.

Es muy posible que la conozcan, la canción es antigua (1936) y bastante famosa en Estados Unidos. Yo me encontré con ella hace poco y hasta que no escriba esto no me la voy a poder quitar del estómago. Tal vez ni así.

No soy un incondicional de Billie Holiday. La tenía de fondo, mientras trabajaba, calándome poco a poco de su tristeza. Porque –supongo que ya se ha dicho, sobre ella se ha dicho todo– Holiday no canta: llora con ritmo y un punto de rabia felina.

Una letra tan impactante me llevó a investigarla y lo que me devolvió internet fue un puñetazo en la garganta.  Hay mucha historia detrás de Strange Fruit. A ver si se contarla.

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La trobairitz y la soldadera

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En los siglos XII y XIII debían hacerse muy largas las tardes en los castillos de los poderosos, sobre todo porque al no trabajar, se aburrían un poco. Aparte de entrenarse en el manejo de las armas y procurar no ser envenenado, poco más había por hacer. Así que, armas aparte, los que no se daban a la oración y la mística se dieron a la literatura y el canto.

En esa época surgieron en el sur de Francia los trovadores. Posteriormente la moda se extendió por otros lugares del occidente cristiano. Los trovadores componían y cantaban en lengua provenzal u occitano. Era una poesía culta y refinada, surgida entre las clases ricas para consumo propio. Una poesía profana sometida a unas reglas estilísticas muy marcadas que cantaba lo que se ha venido a llamar el “amor cortés”: en teoría una concepción platónica y mística del amor, un estado de sufrimiento gozoso en el que no se consuma nada de nada.

El trovador canta las excelencias de su inalcanzable amada. ¿Por qué inalcanzable? Pues porque la amada era la mujer de otro, así que había que mantenerse lejos de la espada del cónyuge. Tanto que a menudo se usaban seudónimos para nombrarla.

Pero este esquema de trovador y amada-señora-de no siempre se dio así. Aunque se han documentado pocos casos y quedan pocas pruebas escritas, existieron algunas mujeres que le dieron la vuelta al asunto, las trobairitz.

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Alma Rosé, música para sobrevivir

Alma Rosé era una obsesa de la música y como tal una directora de orquesta muy perfeccionista. Cuentan que durante un concierto interrumpió la interpretación, visiblemente enfadada, porque entre el público algunos hombres hablaban demasiado alto. Hasta aquí algo casi normal. Pero la cosa cambia si se abre el encuadre y vemos el escenario. Alma Rosé era judía, directora de la orquesta femenina de Auschwitz-Birkenau y su distinguido público los SS encargados de torturar y asesinar a los presos. Dioses para los que matar a un preso era un acto tan banal como encenderse un cigarrillo.

Hoy quiero recordar la figura de una mujer excepcional atrapada en unas circunstancias que van más allá de la excepcionalidad. Una mujer que intentó sobrevivir en el infierno a golpes de música, teniendo que ganarse nota a nota cada minuto de vida en un lugar en la que el horizonte vital de un preso era de 3 meses. En Auschwitz cada día, cada pequeña decisión, cada gesto, era trascendental. Y Alma tomó algunas decisiones que años después la convirtieron en un personaje polémico, con luces y sombras. O sea, como todos los demás que hemos tenido la suerte de no vivir en el infierno.

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