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Catástrofe en la isla de Pascua

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Cuando llegó el primero europeo a la isla de Pascua (Rapa Nui), el holandés Jakob Roggeveen en 1722, lo primero que tuvo que impresionarle, forzosamente, fueron los majestuosos moais (en idioma rapanui escultura) que le recibían dándole la espalda. Una vez en tierra descubrió una isla pobre y poco poblada y tuvo que preguntarse cómo es posible que tan poca gente y con tan pocos recursos pudieran levantar semejantes monumentos. Un misterio que se sigue discutiendo hoy día.

No se alarmen, esta entrada no va sobre el significado espiritual de los moais, quién los erigió (extraterrestres, dicen quienes subestiman a la raza humana) o cómo consiguieron hacerlo. Bueno, un poco sí. He llegado al tema leyendo el libro Colapso, en el que Jared M. Diamond estudia en el pasado y el presente el porqué algunas sociedades desaparecieron y otras perduraron. Una de mis lecturas optimistas para después de los telediarios.

Parece ser, al menos es la teoría más extendida esta mañana a primera hora, que entre los siglos XVI y XVIII hubo una hecatombe en dicha isla; una comunidad, no olvidemos, aislada completamente del mundo exterior, los únicos habitantes de su planeta. Una catástrofe medioambiental llevó a una cruenta guerra civil que casi exterminó a una población sumida en la desesperación que da el hambre. Y parece que los moais tuvieron algo que ver en ello.  Seguir leyendo Catástrofe en la isla de Pascua

Nuevo mensaje a los mercados

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Nuevo mensaje, alto y claro, a los mercados: la Agencia Tributaria desmantela su unidad contra la corrupción en Baleares. Los agentes habían sido claves para sacar a la luz tanto el caso Urdangarín como algunos asuntillos del PP de las islas. Como se ve una vez más, a nuestro gobierno no le tiembla el pulso para sacarnos de la crisis. Si esto no genera confianza en nuestro país la culpa será de esos mercados que, como todas las divinidades, no son nada claros en sus demandas y generan cierta confusión, incluso en sus mas fervorosos creyentes. Antes de criticar la medida reconozcan que no es fácil acertar con dioses tan esquivos.

Históricamente España, salvo raras excepciones, ha tenido gobiernos que se han pasado más tiempo mirando al cielo que a los gobernados. Desde los tiempos del glorioso imperio , aquel en el que sus súbditos salían a matar por el mundo porque aquí se morían de hambre, los gobiernos españoles han tenido a bien ser depositarios de la esencia de la verdadera religión, que diría Alatriste. A cambio de una comisión y, sobre todo, de la satisfacción del deber cumplido, claro. Hay dos cosas que nunca han faltado en una iglesia: la cruz y el cepillo. La verdadera religión no ha cambiado, aunque sí el nombre de la divinidad, ahora son los mercados. El cepillo ha pasado a primer plano.

Pero, como decía al principio, el problema con las divinidades es que no son transparentes. Gustan de los mensajes ambiguos, las paradojas y las contradicciones. Que no es aconsejable jugar al póker con ellos, vamos. El Rajoy candidato, el de la niña de los (sic) chuches, pensó que con sólo sentarse a la mesa le iban a dar fichas; y ahí lo tienen todo el día debajo de la mesa: no es que esté escondido, es que las está buscando. Las fichas, no las chuches.

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Golpe de mercado

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A unos días del 18 de julio de 2012. Mariano Rajoy se subió al estrado del hemiciclo, BOE en mano, y gritó “¡quieto todo el mundo!” y “¡al suelo!”. Su destacamento de diputados del PP, con el apoyo de sus correligionarios de CiU, controlaban el Congreso mientras el silencio del PSOE  acallaba las protestas de los minoritarios. En el resto del país la situación estaba controlada, las capitanías de las principales autonomías estaban también en manos de los golpistas. Televisión Española y RNE estaban ya ocupadas por las nuevas fuerzas de asalto, así como los medios públicos de las principales regiones militares. Rajoy empezó a desgranar las medidas que una autoridad competente “europea, por supuesto” ponía en marcha para dejar sin efecto el artículo 1.1 de la Constitución de 1978 por el que España se constituía como “un estado social y democrático de derecho”. La palabra social desaparece, las otras quedan muy pixeladas hasta hacerse irreconocibles.

A medida que el capitán general avanza en la lectura del bando, la bancada popular va exaltándose, jaleando cada una de los torpedos en la línea de flotación de las clases medias y bajas. Como aquella vez de la guerra ilegal en Irak. Incremento del IVA, reducción del sueldo de los funcionarios, reducción significativa de las empresas o fundaciones públicas, privatización de transporte ferroviario, portuario y aéreo, reducción del subsidio de desempleo. En ese momento cumbre, la brunete valenciana del PP no puede más y Andrea, de los Fabra de toda la vida,  consigue, a voz en grito, sintetizar  perfectamente el programa del “golpe de mercado” en una frase de gran resonancia cañí: “Que se jodan”. La quintaesencia del programa del PP sale, poderosa, a la luz y corre por las calles.  Unos modos que hacen añorar a los ‘hombres de negro’ europeos: harán lo mismo, pero guardando las formas. Cuando acaba la sesión, en un ejercicio de responsabilidad y amor a España, Rajoy sale por la puerta trasera.

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15M: “Mariano, tenemos que hablar”

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Entre los múltiples eslogans acertados del 15M (‘poco pan, pésimo circo’ me parece brillante, por ejemplo) siempre hubo uno que me llamó especialmente la atención: “Vamos despacio porque vamos lejos”. No cuadraba con tanta efervescencia de tuits, streamings y demás palabros que envuelven el movimiento desde sus primeros pasos. En la generación del too fast too furious era una nota discordante.  Sabia, pero discordante. Vivimos una cultura audiovisual en que todo ha de ser instantáneo, donde los vídeos en internet de más de 3 minutos cansan y donde los anuncios plantean el problema y ofrecen una solución perfecta en 20 segundos. Si la felicidad se consigue en 20 segundos comprando lo adecuado ¿quién quiere esforzarse despacio para conseguir algo?

Por eso, parte de la ciudadanía y, sobre todo la prensa sobrecogedora sector ultracentrista, enterraron el 15M cuando vieron que a los dos minutos el sistema no se había venido abajo ni el cielo caía sobre nustras cabezas. Lo repitieron a las dos horas y a los dos meses y lo seguirán repitiendo tras comprobarse, un año después, que el muerto está muy vivo, mucho más que algunas portadas, tan rancias que a sus mismos autores les avergonzarán de aquí a unos años y negarán haberlas perpetrado.

El 15M sigue caminando despacio (o no, el tiempo es relativo ¿verdad?) pero sin pausa y con buena salud, demostrando además una capacidad de movilización envidiable, se mire como se mire. Yo lo vi en Barcelona con mis propias gafas. Un éxito.

Con tanto crédito acumulado, los autores de ‘no recortaremos sanidad y educación’, ‘no subiremos el IVA’ o ‘hazte bankero‘  («…que sino te haré yo a la fuerza», maldita letra pequeña) y sus altavoces van a seguir con el mismo discurso, como el rey desnudo que una vez descubierto por el niño siguió altivo, «con sus ayudas de cámara sosteniendo la inexistente cola” como si nada pasase. Triste trabajo el de algunos periodistas que cada vez se pasan más tiempo hablando solos.

Porque lo importante, aunque fueron muchos, no es que los indignados ayer en Madrid o Barcelona sean 45.000 o 50.000, ese es el debate que quieren algunos para no hablar de lo que realmente importa: el 15M es el resultado del sufrimiento causado por el capitalismo salvaje, la enfermedad del sistema es lo que importa. La gente se dio cuenta que la crisis es en realidad una estafa y, cómo mínimo, dijo aquello de “ahora me vas a oír”.  Había esclavos a los que su estado les parecía natural, seguro que agradecían a su dueño que les tratara con cierta amabilidad; además, les daba de comer. No hace tanto tiempo de aquello. Siempre hubo resignados y sumisos y siempre los habrá. Siempre hubo capataces y siempre los habrá. Y nunca han sido ellos los que han logrado los progresos sociales.

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Ciudadano ciclista

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Grecia avanza ¿lenta? pero segura hacia nuestras costas y la indignación crece poco a poco. El 15M no está tan muerto como sueñan en Interlobotomía y otros medios afines, con lo que las policías del reino tienen doble sesión de entrenamientos ante la presumible clasificación de España para la Champions de los países reformados recortados estrujados. Con tal panorama, no faltan en Internet vídeos que muestren la violencia en las calles. Violencia de manifestantes exaltados que deberían quedarse en su casa si tienen mal beber, violencia de policías infiltrados que animan a los descerebrados anteriores a liarla, violencia de sus compañeros de la porra y la cara tapada que golpean por doquier en defensa de los valores democráticos, de la libertad, la igualdad, la fraternidad. De lo valores que personifica el Fondo Monetario Internacional, en suma.

Pretendía escribir sobre el penúltimo recorte, el de la libertad de reunión y manifestación, imprescindible para dar confianza a los mercados, principio y final de las democracias en vías de desarrollo. Miraba información por internet sobre el temazo y encontré, sin esfuerzo, un par de cosas interesantes. Pero unas cosas te llevan a otras y me volví a topar con esos vídeos violentos (algunos también por este blog) circulando por ahí a mí. Hasta que llegué a uno que les va a parecer aburrido e intrascendente a primera vista. Pero no, hay que mirar bien. Véanlo entero, pero antes acaben de leerme a mí, por favor, ya que me tomo la molestia.

Es Valencia, una protesta pacífica, la policía está tranquila y vemos una calle abierta al tráfico.  La calle esconde un misterio: todo el mundo pasa menos un ciclista, que es detenido sin motivo aparente. Ahí arranca la película, una situación cotidiana (mucha policía en las calles, acostúmbrense) en la que aparece un elemento perturbardor ¿porqué el ciclista no puede pasar? ¿Qué secreto encierra?

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The Summit y BCN, parte 2: The big picture

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De Génova 2001 a la resistencia pasiva. Le llaman democracia y no lo es.
Tras la peli (ver primera parte), el cineforum prometido.
Valorar si la reforma laboral, los recortes y los piquetes empresariales son más violentos que lo de los contenedores de basura nos llevaría a otro extenso artículo, no es lo que pretendo ahora. Lo que intento es ver el marco general en el que ocurren estas cosas, lo que los anglosajones llaman “The big picture”.
La imagen general, echando el zoom hacia atrás a tope de power, es que el capitalismo está tan maduro que se pudre y el olor está llegando a la gente. Por un lado, los recursos se agotan. El crecimiento sostenido e infinito en un planeta finito es algo inconcebible para un niño de 10 años que no sea economista neoliberal.
Por otro, el capitalismo financiero (alias, los mercados) se ha comido al industrial  y lleva décadas absorbiendo dinero y recursos de la gente que produce algo, tanto de personas como de empresas. No es nuevo, las rentas hace años que van de abajo hacia arriba y la desigualdad crece. La crisis sólo ha acelerado el proceso y las medidas de los gobiernos parecen echar gasolina al fuego. Incluso desde el FMI y el New York Times, conocidos izquierdistas, declaran abiertamente que tantos recortes que ahogan cualquier crecimiento en favor de la idea fanática (¿a quién beneficia?) de reducir el déficit solo es una «sobredosis de dolor» que no ayuda sino que mata más y con más sufrimiento. Las clases medias se empobrecen y cada día hay más gente expulsada fuera de un sistema que no solo es incapaz de hacer feliz a la mayoría de la gente sino que la hace día a día más desgraciada. Algo parecido a lo que ocurrió más allá del Muro de Berlín, no se si recuerdan. Vale que el suicida griego es un caso extremo (más favorable, por cierto, al orden público que pretende Felip Puig) pero cuando veas las barbas de tu vecino cortar… pues eso, ojo con el barbero.
Puede que llegue un momento que la Champions League y el Sálvame no basten para distraer al personal. La elecciones son una coartada que cada día pierde legitimidad, en parte gracias a los propios políticos que dicen una cosa y la contraria 5 minutos después de las votaciones.  Los gobernantes legislan, descarada y públicamente, para satisfacer a los mercados y a instituciones no democráticas como el Banco Central Europeo y nos dicen que es por nuestro bien, para no hacer enfadar a esos señores que mandan. Va calando la idea de que los parlamentos son caros, por inútiles. Eso también me suena, a años 30. El Parlamento Europeo ni está ni se le espera. Los Lehman Boys, representantes de la nueva plutocracia gobernante, se sientan ya en los ministerios siguiendo el ejemplo marcado por sus homólogos estadounidenses.
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