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La guerra de Schmiedel

Cierro la miniserie sobre desertores -basada en el libro de Charles Glass– con Werner E. Schmiedel. Nada que ver con Slovik o Powers. Schmiedel no desertó por miedo, por negarse a matar o por amor.

Schmiedel decidió que lo de disparar y correr iba a ir en beneficio propio, sin bandera ni mandos a los que obedecer. Arriesgaría el todo por el todo, pero no precisamente por la patria.

La historia lo tiene todo para una buena peli. Verán.

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La suerte del soldado Powers

Era marzo de 1958, un día cualquiera en el pequeño pueblo de Mont d’Origny, en el norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. Hay un accidente automovilístico frente a la casa de Yvette Beleuse. Allí vive la joven madre junto a sus cinco hijos, nadie más.

Pero al llegar la policía al lugar ven la figura de un hombre mirando a través de las cortinas, alguien que no debería estar ahí. De hecho es alguien que debió estar junto a su unidad 14 años antes, alguien que se esfumó y que ahora reaparece desde las sombras. Es Wayne Powers, un desertor del ejercito estadounidense durante la batalla de las Ardenas, en 1944.

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El tifus del doctor Lazowski

Eugene Lazowski, y Estanislav Matulewicz eran dos médicos polacos que decidieron, por su cuenta y riesgo, inocular una bacteria llamada Proteus OX-19 a cientos de personas. Sin el conocimiento de nadie, ni de los propios pacientes.

La bacteria era inocua en la gran mayoría de los casos, aunque en determinadas condiciones, sin ser mortal, podía ser perjudicial para la salud. 

Estuvieron haciéndolo durante un par de años, sin que se descubriera. De hecho, pasaron más de 30 años hasta que se conoció su historia. 

Una historia que los convirtió en héroes. 

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Crujir de dientes en Waterloo

El 18 de junio de 1815 unos 200.000 hombres habían quedado por unos campos de Bélgica para matarse entre ellos. En Waterloo. De un lado los franceses al mando de Napoleón, del otro una coalición de holandeses, prusianos e ingleses al mando de Wellington. Tras 10 horas de batalla, el resultado fue la derrota francesa y un nuevo mapa europeo. Y, sobre todo, supuso unos 50.000 muertos. Pero yo no he venido a hablar de geopolítica, sino de dientes. De los dientes de Waterloo.

Sí, han leído bien. No unas piezas de una boca determinada, sino los dientes de  Waterloo en general, como una especia de marca registrada. 

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The Wipers Times, prensa de trinchera

Sacar adelante una revista siempre es una tarea complicada. Sobre todo si sus fundadores, en este caso Frederick Roberts y Jack Pearson, son ingenieros que no tienen idea de lo que es el periodismo profesional.  Aunque sí tenían talento. Su incursión en el periodismo fue casual: tropezaron con una imprenta en un local abandonado y tuvieron la idea. Montaron The Wipers Times.

Irreverente revista de trinchera con  una gran  historia detrás.

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La Navidad de 1914

Hace exactamente 100 años, la Navidad en Europa, y más concretamente en los campos de Bélgica, fue muy diferente. Ese verano había empezado la Primera Guerra Mundial y los hombres se mataban con saña en el barro de Francia.

Pero era Nochebuena y el Káiser quiso tener un detalle con sus chicos, que recibieron abetos para decorar y, más importante, raciones extras de pan, salchichas y alcohol.

El frente estaba en calma y la cosa empezó a animarse, los alemanes se arrancaron por villancicos. Entonaron Stille Nacht (Noche de Paz) el villancico austríaco compuesto un siglo antes y ahora universal.

Al otro lado, tras la sorpresa inicial, los británicos  se sumaron a la fiesta, contraatacando con sus villancicos. Y luego se volvió todo un poco loco, en el buen sentido.

Navidad en la trinchera

Unos alemanes se armaron de banderas blancas y se lanzaron a la tierra de nadie: “¿Hey Tommy, quieres unas salchichas?”; “OK Fritz, te las cambio por chocolate” contestaron los ingleses. Y allí se juntaron, estrecharon sus manos, intercambiaron comida y compartieron bebida y tabaco. La mayoría no se entendía pero todos decían lo mismo, porque eran iguales. Más iguales que nadie en el mundo en ese momento.

Al día siguiente la tregua continuó, de forma tan espontánea como había empezado ya que no contaba con el beneplácito de los mandos de ambos ejércitos.

Cuentan las crónicas que alguien sacó un balón que produjo el milagro que casi siempre consigue: todos regresaron a la infancia.

Improvisaron unas porterías y  jugaron un partido de fútbol en la tierra de nadie, que ya era de todos los jugadores por igual. No había ni árbitro. También cuentan las cartas de los soldados que aquel partido lo ganaron los alemanes, 3-2.

Fin de fiesta

Pero la fiesta acabó y volvieron a sus trincheras, cada uno a su barro, su miedo y su sangre; a una muerte sin pausa y sin prisa que se prolongó cuatro años más.

No estoy contando nada nuevo, la historia es conocida y con el centenario vamos a tenerla hasta en la sopa. Un ejemplo es el anuncio inglés que encabeza esta entrada. Ya saben, tiempo de fraternidad y de marisco al triple de precio para recordar lo mejor del espíritu humano. Yo voy a intentar hacer una especie de “making off” o “detrás de las cámaras” a mi manera.

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