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Cuando Japón ganó la II Guerra Mundial

Bahía de Tokio, 2 de septiembre de 1945. A bordo del acorazado USS Missouri y ante el general MacArthur, Japón se rinde a los Aliados.

Tokio, 1 de enero de 1946. El emperador Hirohito, lee la histórica Ningen Sengen (“Declaración de humanidad”) por la que renuncia a su deidad y se declara un ser humano normal.

Cinco días después, el 6 de enero, el excoronel japonés Jenji Kikawa se presenta en una comisaría brasileña junto con media docena de seguidores pidiendo la legalización de su organización. Una sociedad “para cultivar el espíritu nipón y unir a los japoneses, sin menospreciar el nombre del emperador, como los derrotistas hacen”. Y añade “queremos pedir a la autoridad que prohibía la propaganda que algunos individuos inútilmente hacen dentro de la colonia [japonesa en Brasil], predicando el derrotismo”.

La organización a la que se refiere es el Shindo Renmei, protagonista de uno de los autoengaños más sorprendentes de la historia del siglo XX. Para ellos Japón había ganado la guerra y lo contrario era propaganda americana que no iban a permitir. No eran cuatro locos; en todo caso, miles de locos.

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La guerra de Schmiedel

Cierro la miniserie sobre desertores -basada en el libro de Charles Glass– con Werner E. Schmiedel. Nada que ver con Slovik o Powers. Schmiedel no desertó por miedo, por negarse a matar o por amor.

Schmiedel decidió que lo de disparar y correr iba a ir en beneficio propio, sin bandera ni mandos a los que obedecer. Arriesgaría el todo por el todo, pero no precisamente por la patria.

La historia lo tiene todo para una buena peli. Verán.

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La suerte del soldado Powers

Era marzo de 1958, un día cualquiera en el pequeño pueblo de Mont d’Origny, en el norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. Hay un accidente automovilístico frente a la casa de Yvette Beleuse. Allí vive la joven madre junto a sus cinco hijos, nadie más.

Pero al llegar la policía al lugar ven la figura de un hombre mirando a través de las cortinas, alguien que no debería estar ahí. De hecho es alguien que debió estar junto a su unidad 14 años antes, alguien que se esfumó y que ahora reaparece desde las sombras. Es Wayne Powers, un desertor del ejercito estadounidense durante la batalla de las Ardenas, en 1944.

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Crujir de dientes en Waterloo

waterloo_finalSe acaba el año y aún no publiqué mi post sobre la Batalla de Waterloo (1815) de la que este verano se cumplió el bicentenario. El 18 de junio, en aquellos campos belgas, más de 200.000 hombres habían quedado para matarse entre ellos. De un lado los franceses al mando de Napoleón, del otro una coalición de holandeses, prusianos e ingleses al mando de Wellington.

Tras 10 horas de batalla, el resultado fue la derrota y destierro de Napoleón, el fin de la dominación francesa del continente y la confirmación de Gran Bretaña como la nueva gran potencia europea. Y, sobre todo, supuso unos 50.000 muertos. Para 10 horas de matanza no está nada mal ¿verdad?

Aunque yo he venido hoy aquí a hablar de dientes.

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The Wipers Times, prensa de trinchera

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Sacar adelante una revista siempre ha sido una tarea complicada. Sobre todo si sus fundadores, en este caso Frederick Roberts y Jack Pearson, son ingenieros que no tienen no idea de lo que es el periodismo profesional.  Desconozco si antes habían fantaseado con dedicarse a ello, pero en realidad su incursión en el periodismo fue casual: tropezaron con una imprenta en un local abandonado y tuvieron la idea.

Ellos mismos lo explican así en el primer editorial:

Habiendo conseguido un equipo de impresión (un poco sucio) a un precio razonable, hemos decidido editar un periódico. (… ) Debemos pedir disculpas a nuestros suscriptores por el retraso en su impresión. Esto se ha debido al hecho de que hemos tenido muchos visitantes no deseados cerca de nuestras imprentas durante los últimos días (…) Cualquier deficiencia en la producción se justifican por la falta de experiencia y el hecho de que piezas de metal de varios tamaños han impactado en nuestra prensa. Esperamos publicar el semanario “Times”, pero es posible que nuestro esfuerzo tenga un final prematuro debido a una crítica adversa o a las atenciones por nuestro rival local, los Sres Hun and Co. (…) Aprovechamos esta oportunidad de decir que no aceptamos ninguna responsabilidad por las declaraciones contenidas en nuestros anuncios.

Toda un  declaración de intenciones, tanto en la forma como en el fondo. El mérito estuvo en mantener la revista, fiel a su cita con unos lectores entusiastas, durante más de dos años: de febrero de 1916 hasta noviembre de 1918. Era apenas una hoja de mal papel y sin fotografías, aunque con dibujos. La publicidad se la inventaban ellos mismos, aunque digan que no asumen su responsabilidad. No parece gran cosa, pero The Wipers Times ha pasado a la historia como uno de los mayores logros del periodismo y, yo diría, del triunfo del espíritu humano.

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La Navidad de 1914

Hace exactamente 100 años, la Navidad en Europa, y más concretamente en los campos de Bélgica, fue muy diferente. Ese verano había empezado la Primera Guerra Mundial y los hombres se mataban con saña en el barro de Francia. Pero era Nochebuena y el Káiser quiso tener un detalle con sus chicos, que recibieron abetos para decorar y, más importante, raciones extras de pan, salchichas y alcohol. El frente estaba en calma y la cosa empezó a animarse, los alemanes se arrancaron por villancicos. Entonaron Stille Nacht (Noche de Paz) el villancico austríaco compuesto un siglo antes y ahora universal.

Al otro lado, tras la sorpresa inicial, los británicos  se sumaron a la fiesta, contraatacando con sus villancicos. Y luego se volvió todo un poco loco, en el buen sentido. Unos alemanes se armaron de banderas blancas y se lanzaron a la tierra de nadie: “¿Hey Tommy, quieres unas salchichas?”; “OK Fritz, te las cambio por chocolate” contestaron los ingleses. Y allí se juntaron, estrecharon sus manos, intercambiaron comida y compartieron bebida y tabaco. La mayoría no se entendía pero todos decían lo mismo, porque eran iguales, más iguales que nadie en el mundo en ese momento.

Al día siguiente la tregua continuó, de forma tan espontánea como había empezado ya que no contaba con el beneplácito de los mandos de ambos ejércitos. Cuentan las crónicas que alguien sacó un balón que produjo el milagro que casi siempre consigue: todos regresaron a la infancia. Improvisaron unas porterías y  jugaron un partido de fútbol en la tierra de nadie, que ya era de todos los jugadores por igual. No había ni árbitro. También cuentan las cartas de los soldados que aquel partido lo ganaron los alemanes, 3-2.

Pero la fiesta acabó y volvieron a sus trincheras, cada uno a su barro, su miedo y su sangre; a una muerte sin pausa y sin prisa que se prolongó cuatro años más.

No estoy contando nada nuevo, la historia es conocida y con el centenario vamos a tenerla hasta en la sopa. Un ejemplo es el anuncio inglés que encabeza esta entrada. Ya saben, tiempo de fraternidad y de marisco al triple de precio para recordar lo mejor del espíritu humano. Yo voy a intentar hacer una especie de “making off” o “detrás de las cámaras” a mi manera.

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