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Fowler y Belmont, sobre el valor

El 26 de agosto de 1914, Patrick Fowler era un soldado más metido en la batalla de Le Cateau. Irlandés nacido en Dublín, formaba parte del 11º Regimiento de Húsares que se enfrentó a los alemanes en una de las primera carnicerías de la Primera Guerra Mundial, aquella atrocidad.

Fowler pasó a la historia, aunque no se reseña un desempeño especialmente relevante aquella batalla. Pasó a la historia solo por haber sobrevivido. Concretamente por cómo había sobrevivido.

Se pasó casi toda la guerra escondido en un armario. Más de cuatro años.

Una hazaña que no hubiera sido posible sin la segunda heroína de esta historia, Madame Belmont-Gobert.

Vayamos por partes.

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Van Leiden, rey de Münster

No se sabe mucho de Jan van Leiden y lo poco que se sabe no es muy fiable. Parece que nació en 1509 como Jan Beukelsz y que más tarde cogió el nombre de la ciudad de Leiden donde, al parecer, se educó.

Lo que si parece claro es que fue un tipo ambicioso. Había nacido pobre y bastardo, hijo ilegítimo de un alcalde, en una pequeña aldea holandesa. Para escapar de la pobreza se hizo aprendiz de sastre. Pero no era suficiente, quería prosperar: probó como mercader y más tarde abrió una posada donde él mismo hacía de actor y cantante. Pero Jan quería más y se hizo predicador, que en aquellos tiempos, aún más que ahora, venía a ser político.

Y por fin lo consiguió, en 1534 se convirtió en rey. El Rey de Münster.

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Cuando Japón ganó la II Guerra Mundial

Bahía de Tokio, 2 de septiembre de 1945. A bordo del acorazado USS Missouri y ante el general MacArthur, Japón se rinde a los Aliados.

Tokio, 1 de enero de 1946. El emperador Hirohito, lee la histórica Ningen Sengen (“Declaración de humanidad”) por la que renuncia a su deidad y se declara un ser humano normal.

Cinco días después, el 6 de enero, el excoronel japonés Jenji Kikawa se presenta en una comisaría brasileña junto con media docena de seguidores pidiendo la legalización de su organización. Una sociedad “para cultivar el espíritu nipón y unir a los japoneses, sin menospreciar el nombre del emperador, como los derrotistas hacen”. Y añade “queremos pedir a la autoridad que prohibía la propaganda que algunos individuos inútilmente hacen dentro de la colonia [japonesa en Brasil], predicando el derrotismo”.

La organización a la que se refiere es el Shindo Renmei, protagonista de uno de los autoengaños más sorprendentes de la historia del siglo XX. Para ellos Japón había ganado la guerra y lo contrario era propaganda americana que no iban a permitir. No eran cuatro locos; en todo caso, miles de locos.

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La guerra de Schmiedel

Cierro la miniserie sobre desertores -basada en el libro de Charles Glass– con Werner E. Schmiedel. Nada que ver con Slovik o Powers. Schmiedel no desertó por miedo, por negarse a matar o por amor.

Schmiedel decidió que lo de disparar y correr iba a ir en beneficio propio, sin bandera ni mandos a los que obedecer. Arriesgaría el todo por el todo, pero no precisamente por la patria.

La historia lo tiene todo para una buena peli. Verán.

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La suerte del soldado Powers

Era marzo de 1958, un día cualquiera en el pequeño pueblo de Mont d’Origny, en el norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica. Hay un accidente automovilístico frente a la casa de Yvette Beleuse. Allí vive la joven madre junto a sus cinco hijos, nadie más.

Pero al llegar la policía al lugar ven la figura de un hombre mirando a través de las cortinas, alguien que no debería estar ahí. De hecho es alguien que debió estar junto a su unidad 14 años antes, alguien que se esfumó y que ahora reaparece desde las sombras. Es Wayne Powers, un desertor del ejercito estadounidense durante la batalla de las Ardenas, en 1944.

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Crujir de dientes en Waterloo

waterloo_finalSe acaba el año y aún no publiqué mi post sobre la Batalla de Waterloo (1815) de la que este verano se cumplió el bicentenario. El 18 de junio, en aquellos campos belgas, más de 200.000 hombres habían quedado para matarse entre ellos. De un lado los franceses al mando de Napoleón, del otro una coalición de holandeses, prusianos e ingleses al mando de Wellington.

Tras 10 horas de batalla, el resultado fue la derrota y destierro de Napoleón, el fin de la dominación francesa del continente y la confirmación de Gran Bretaña como la nueva gran potencia europea. Y, sobre todo, supuso unos 50.000 muertos. Para 10 horas de matanza no está nada mal ¿verdad?

Aunque yo he venido hoy aquí a hablar de dientes.

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