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Genie: frágil, preciosa e inquietante

A Genie le robaron la vida. Todo. Ni siquiera el nombre es el suyo, Genie es el nombre que le puso el estado de California a una niña que desde su nacimiento en 1957 no tuvo ninguna posibilidad. La suya fue una vida no vivida. Pasó un tercio de la misma torturada por su padre, otro estudiada por especialistas y del resto no sabemos nada. Se supone que sobrevive todavía en alguna institución mental, pero se ha optado por respetar su privacidad después de que su triste caso gozara durante un tiempo de gran popularidad.

El nombre de Genie, según sus investigadores, proviene de la idea de un genio encerrado en una botella. Ellos pretendieron sacarlo a la luz, sin éxito. Genie es un caso moderno de niño salvaje, una de esas historias a las que la crueldad inicial de crecer sin contacto humano se une el interés que estos raros casos despiertan en la comunidad científica. Así, el ingreso en la ‘civilización’ viene a ser el paso de niño salvaje a objeto de estudio. Con mayor o menor compasión, pero cobaya al fin.

Todas las historias de los niños salvajes suelen ser trágicas y acaban mal, la de Genie es una de ellas.

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La cárcel de Stanford somos todos

Seguro que no soy nada original –a estas alturas pocas cosas tengo más claras– pero al hilo de los últimos brotes de violencia callejera contra personas e incluso contenedores, yo no paro de acordarme del experimento del profesor Zimbardo, conocido también como el “experimento de la cárcel de Stanford“.

Zimbardo quiso demostrar, nada menos, que las líneas morales son extremadamente inestables y que es muy fácil moverlas dependiendo de la situación. Y lo hizo con uno de esos atrevidos experimentos que se llevaban en los 60, como el de su colega Milgram, y que ahora están demodés, criticados ferozmente por la psicología oficial. La no oficial vaya usted a saber lo que tiene ahora a fuego lento.

El de Phillip Zimbardo tuvo lugar en el verano de 1971 y es muy probable que hayan oído hablar de él o hayan visto una película basada en el mismo.

La película, claro, exagera, pero la verdad es que al profesor aquello se le fue un poco de las manos. Previsto para 2 semanas, tuvo que cancelarse a los seis días.

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Milgram y la obediencia debida

 

La extrema buena voluntad de los adultos para aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.

 Stanley Milgram (Los peligros de la obediencia, 1974)

El antidisturbios que golpea al anciano en youtube es su vecino, coincide con usted en el parque donde los hijos de ambos juegan juntos. La directora de la sucursal que le vendió preferentes a unos analfabetos está a su lado en la barra del bar, ha pedido el café exactamente como usted. El broker experto en evasión a paraísos fiscales se enamoró de la misma mujer que usted, y a él tampoco le hizo ningún caso. El CEO de la agencia de calificación sufre por su hija, que va por mal camino, como la de usted. La señora ministra, a la salida de su última reunión , no puede dejar de pensar en esa mancha que le ha salido en el brazo. El del medio de la troika toma las mismas pastillas que usted para poder dormir.

Por las calles, las universidades, las plantas nobles de los bancos, los palacios y los estadios de fútbol caminan algunos verdaderos psicópatas. Son muy pocos. Fanáticos hay unos cuantos más, pero siguen siendo minoría. El resto son personas como usted y como yo: personas normales, mediocres si me permiten, que en determinadas circunstancias pueden convertirse en torturadores. Sobre todo si cumplen órdenes de otros.

En julio de 1961, Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó un histórico experimento.  En él intentaba medir hasta dónde llega la obediencia a la autoridad cuando se enfrenta a la conciencia personal. Los resultados sobrecogieron al propio Milgram.

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Bruce, Brenda, David y el doctor Money

El doctor John Money, psicólogo neozelandés, se había doctorado en Harvard y desde 1951 hasta su retiro fue profesor de pediatría y psicología médica en la prestigiosa Universidad Johns Hopkins, en Baltimore. Su reputación como científico estaba fuera de toda duda y hasta su muerte recibió honores y distinciones.

En el ambiente de los años 60 emergió como una figura relevante con teorías bastante radicales. La principal es que la identidad de género se aprende, viene dada por la educación y no por factores biológicos. Cuando conoció el caso de Bruce Reimer quiso demostrar su teoría. Bruce se convertiría en Brenda, se le educaría como una niña y sería una niña el resto de su vida.

El experimento salió muy mal. Seguir leyendo Bruce, Brenda, David y el doctor Money