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Fordlandia, una ciudad en ruinas en Brasil

Tiempo lectura: 6 minutos

Siempre me han fascinado las historias de megalomanías fracasadas. No por el goce morboso sino porque nos pone en nuestro sitio. En su momento hablé de Prípiat, “la ciudad del futuro”, una fantasía del paraíso socialista achicharrada súbitamente por la radioactividad. En el post la confrontaba con Detroit, una ciudad moribunda, un final más acorde con la fantasía capitalista. Y la ciudad de los coches me llevó, maravilla de Internet, a Fordlandia.
Podríamos decir que Fordlandia se encuentra en el punto más elevado de la soberbia de Henry Ford, pero para ser más exacto y menos pedante, en realidad se ubica en el Amazonas brasileño, a orillas del río Tapajós. O sea, en medio de la selva, entre Santarem y Belem.
La ciudad se construyó de la nada en 1930 en lo que no dejaba de ser una versión más de la típica colonia industrial del siglo XIX pero sin tanta clase como la Güell. Aquello era más bien como las Little boxes que cantaba Pete Seeger, puro american way of life. Para Ford era tan importante la producción como su deseo de jugar a ingeniero social creando su sociedad ideal, su paraíso capitalista.
Pero al gigante de la industria esto le salió mal.  Aquella aventura acabó 16 años después con 20 millones de dólares gastados y una ciudad fantasma. Seguir leyendo Fordlandia, una ciudad en ruinas en Brasil

Fordlandia, little boxes olvidadas el Amazonas

Tiempo lectura: 5 minutos

fordlandiaSiempre me han fascinado las historias de megalomanías fracasadas. No por el goce morboso sino porque nos pone en nuestro sitio y nos recuerda que un poco de humildad siempre viene bien. En su momento hablé de Prípiat, “la ciudad del futuro”, una fantasía del paraíso socialista achicharrada súbitamente por la radioactividad. En el post la confrontaba con Detroit, una ciudad moribunda, un final más acorde con la fantasía capitalista. Y la ciudad de los coches me llevó, maravilla de Internet, a Fordlandia.

Podríamos decir que Fordlandia se encuentra en el punto más elevado de la soberbia de Henry Ford, pero para ser más exacto y menos pedante, en realidad se ubica en el Amazonas brasileño, a orillas del río Tapajós. O sea, en medio de la selva, entre Santarem y Belem.

La ciudad se construyó de la nada en 1930 en lo que no dejaba de ser una versión más de la típica colonia industrial del siglo XIX pero sin tanta clase como la Güell. Aquello era más bien como las Little boxes que cantaba Pete Seeger, puro american way of life. Para Ford era tan importante la producción como su deseo de jugar a ingeniero social creando su sociedad ideal, su paraíso capitalista.

Bueno, es lo que Ford pretendía, pero le salió mal. Aquella aventura acabó 16 años después con 20 millones de dólares gastados y una ciudad fantasma.

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Prípiat y Detroit. Historia de dos ciudades

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Se que hay muchas diferencias, tal vez más que semejanzas. Una muere lentamente ante nuestros ojos por abandono, la otra lo hizo súbitamente en 1986 a causa de un accidente nuclear. No es lo mismo, no se trata de ninguna competición, pero hace unos días volvió del pasado el nombre de Prípiat (que había olvidado) y no pude evitar que en mi mente se mezclaran imágenes de otra ciudad que en los últimos meses ha sido noticia por su lento y triste ocaso, Detroit.

Dos circunstancias muy distintas pero que nos dan un mensaje similar: construimos ciudades eternas para intentar olvidar que estamos de paso, que no somos más que un accidente y que nuestro momento en la historia se perderá como lágrimas en la lluvia, que diría aquel replicante poeta. La verdad es que mirando las fotos apenas se distingue la una de la otra, al final el resultado las hermana de alguna manera.

Prípiat y Detroit, URSS y Estados Unidos, el triunfo del capitalismo y el paraíso socialista. Aunque diferentes, creo que ambas representan muy bien la esencia de los dos mundos. Una colapsó de golpe, la otra agoniza lentamente en la bancarrota, cada una atacada por sus propios demonios.

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Grace Fryer y The radium Girls

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Estamos en 1920 y Grace Fryer todavía no sabe que es una más de las chicas del radio. Se gana la vida trabajando en una fábrica en Nueva Jersey, la US Radium. La Primera Guerra Mundial ha incorporado a numerosas mujeres al trabajo en las fábricas.
El de Fryer y sus 70 compañeras consiste en pintar las esferas de los relojes con una pintura especial que los hace luminiscentes en la oscuridad. Un avance técnico incorporado por el ejército estadounidense en la Gran Guerra que, en la paz, está teniendo un gran éxito comercial. El negocio va sobre ruedas para la empresa. Para ellas será una pesadilla mortal.

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El hombre del traje blanco

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Viendo por la tele como Francisco, el nuevo Papa de Roma, nos bendecía desde su balcón pensaba que tenía que escribir sobre ello esta semana. La daba vueltas al misterio de la Santísima Trinidad, y en cómo el dios del Antiguo Testamento no tiene nada que ver con su hijo, el del nuevo. Miles de años y esfuerzos de gente mucho más docta que yo dedicando sus mejores esfuerzos a encajar todas esas diferencias en una religión monoteísta y un mensaje coherente me superaban. No me iba a meter en ese jardín.

Y de repente lo vi, ya tenía el tema para esta semana. Deslumbrado por la blancura inmaculada del cardenal argentino recién ascendido me vino la imagen de otro hombre con traje blanco nuclear: Alec Guiness. No me digan que Sir Alec no daría bien como Papa. Y en cierta manera lo fue, nada menos que Obi Wan Kenobi, cardenal destacado del jediismo. Así que en mi retorcido sentido de la actualidad hoy les voy a hablar de cine, de una peli que me marcó: El hombre del traje blanco. Y, más concretamente, de su escena final.

El hombre del traje blanco (The man in the white suit, 1951) es película británica dirigida por Alexander Mackendrick para la productora Ealing, creadora de deliciosas comedias británicas durante los años 40 y 50. El argumento nos lleva a Sidney Stratton (Alec Guiness), un científico solitario y visionario; un químico graduado en Cambridge que ha salido rebotado de sus últimos siete empleos y al que solo le interesa su investigación para lograr un tejido que no se rompa ni se ensucie. Está dispuesto a lo que sea para conseguirlo. Stratton consigue el tejido, un éxito que acabará enfrentándole a todo el mundo ya que ni a patronos ni a obreros les interesa, supondría el fin del sistema tal como se conoce.

La escena elegida en esta ocasión son los últimos 15 minutos de película, cuando la película enloquece por completo:  Stratton ha conseguido hacerse el traje e inicia una alocada huida con la intención de publicar su descubrimiento, mientras todo el mundo intenta impedírselo.  Seguir leyendo El hombre del traje blanco

Sandblasting = jeans + silicosis

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Puede que no sepas lo que es el sandblasting. Yo tampoco hasta hace nada. Pero mira en tu armario. O simplemente dirige tu vista hacia tus piernas. Es posible que lleves tejanos. Aunque tú tal vez los llamas jeans.
Es posible que te hayan costado una pasta, incluso que hayas tenido que ahorrar para comprártelos. Míralos, recién estrenados y medio rotos. Descoloridos estratégicamente siguiendo las instrucciones del diseñador de turno. Unos jeans de lo más trendy, que dirían los entendidos de la tribu.
Hubo un tiempo en que los tejanos los desgastabas tú. Tengo ya una edad y lo recuerdo perfectamente. Tenías que trabajártelo a base de lavadoras de tu madre, de arrastrase por campos de tierra soñando que serías futbolista o dándote porrazos con el skate.
Pero ahora todo va más deprisa, tiene que ir mas deprisa. No conviene que unos pantalones te duren años, hay que engrasar la máquina del consumo. Ahora otra persona los va a desgastar por ti. Haciendo sandblasting, que suena a deporte de riesgo pero no lo es. Deporte digo, riesgo sí tiene. Y mucho.

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