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Prípiat y Detroit. Historia de dos ciudades

Se que hay muchas diferencias, tal vez más que semejanzas. Una muere lentamente ante nuestros ojos por abandono, la otra lo hizo súbitamente en 1986 a causa de un accidente nuclear. No es lo mismo, no se trata de ninguna competición, pero hace unos días volvió del pasado el nombre de Prípiat (que había olvidado) y no pude evitar que en mi mente se mezclaran imágenes de otra ciudad que en los últimos meses ha sido noticia por su lento y triste ocaso, Detroit.

detroit_prypiatDos circunstancias muy distintas pero que nos dan un mensaje similar: construimos ciudades eternas para intentar olvidar que estamos de paso, que no somos más que un accidente y que nuestro momento en la historia se perderá como lágrimas en la lluvia, que diría aquel replicante poeta. La verdad es que mirando las fotos apenas se distingue la una de la otra, al final el resultado las hermana de alguna manera.

Prípiat y Detroit, URSS y Estados Unidos, el triunfo del capitalismo y el paraíso socialista. Aunque diferentes, creo que ambas representan muy bien la esencia de los dos mundos. Una colapsó de golpe, la otra agoniza lentamente en la bancarrota, cada una atacada por sus propios demonios.

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Grace Fryer y The radium Girls

Estamos en 1920 y Grace Fryer todavía no sabe que es una más de las chicas del radio. Se gana la vida trabajando en una fábrica en Nueva Jersey, la US Radium. La Primera Guerra Mundial ha incorporado a numerosas mujeres al trabajo en las fábricas.

El de Fryer y sus 70 compañeras consiste en pintar las esferas de los relojes con una pintura especial que los hace luminiscentes en la oscuridad. Un avance técnico incorporado por el ejército estadounidense en la Gran Guerra que, en la paz, está teniendo un gran éxito comercial. El negocio va sobre ruedas para la empresa. Para ellas será una pesadilla mortal.

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El hombre del traje blanco

Viendo por la tele como Francisco, el nuevo Papa de Roma, nos bendecía desde su balcón pensaba que tenía que escribir sobre ello esta semana. La daba vueltas al misterio de la Santísima Trinidad, y en cómo el dios del Antiguo Testamento no tiene nada que ver con su hijo, el del nuevo. Miles de años y esfuerzos de gente mucho más docta que yo dedicando sus mejores esfuerzos a encajar todas esas diferencias en una religión monoteísta y un mensaje coherente me superaban. No me iba a meter en ese jardín.

Y de repente lo vi, ya tenía el tema para esta semana. Deslumbrado por la blancura inmaculada del cardenal argentino recién ascendido me vino la imagen de otro hombre con traje blanco nuclear: Alec Guiness. No me digan que Sir Alec no daría bien como Papa. Y en cierta manera lo fue, nada menos que Obi Wan Kenobi, cardenal destacado del jediismo. Así que en mi retorcido sentido de la actualidad hoy les voy a hablar de cine, de una peli que me marcó: El hombre del traje blanco. Y, más concretamente, de su escena final.

El hombre del traje blanco (The man in the white suit, 1951) es película británica dirigida por Alexander Mackendrick para la productora Ealing, creadora de deliciosas comedias británicas durante los años 40 y 50. El argumento nos lleva a Sidney Stratton (Alec Guiness), un científico solitario y visionario; un químico graduado en Cambridge que ha salido rebotado de sus últimos siete empleos y al que solo le interesa su investigación para lograr un tejido que no se rompa ni se ensucie. Está dispuesto a lo que sea para conseguirlo. Stratton consigue el tejido, un éxito que acabará enfrentándole a todo el mundo ya que ni a patronos ni a obreros les interesa, supondría el fin del sistema tal como se conoce.

La escena elegida en esta ocasión son los últimos 15 minutos de película, cuando la película enloquece por completo:  Stratton ha conseguido hacerse el traje e inicia una alocada huida con la intención de publicar su descubrimiento, mientras todo el mundo intenta impedírselo.  Seguir leyendo El hombre del traje blanco

Sandblasting = jeans + silicosis

Puede que no sepas lo que es el sandblasting. Yo tampoco hasta hace nada. Pero mira en tu armario. O simplemente dirige tu vista hacia tus piernas. Es posible que lleves tejanos. Aunque tú tal vez los llamas jeans.

Es posible que te hayan costado una pasta, incluso que hayas tenido que ahorrar para comprártelos. Míralos, recién estrenados y medio rotos. Descoloridos estratégicamente siguiendo las instrucciones del diseñador de turno. Unos jeans de lo más trendy, que dirían los entendidos de la tribu.

Hubo un tiempo en que los tejanos los desgastabas tú. Tengo ya una edad y lo recuerdo perfectamente. Tenías que trabajártelo a base de lavadoras de tu madre, de arrastrase por campos de tierra soñando que serías futbolista o dándote porrazos con el skate.

Pero ahora todo va más deprisa, tiene que ir mas deprisa. No conviene que unos pantalones te duren años, hay que engrasar la máquina del consumo. Ahora otra persona los va a desgastar por ti. Haciendo sandblasting, que suena a deporte de riesgo pero no lo es. Deporte digo, riesgo sí tiene. Y mucho.

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The Summit y kale borroka barcelonesa

Aviso, este artículo puede parecer un poco desorganizado. Pero la realidad es así, fragmentaria, caótica y cambiante. Bueno, eso y que no doy para más. Habla de una peli (The Summit, 2011) sobre otra peli (Cumbre del G8, 2001); una especie de “Cómo se hizo”. La peli original fue dirigida por Silvio Berlusconi y producida por el G8. Una superproducción con miles de extras, traiciones, torturas y violencia. Al final la chica de la peli, Democracia, muere. Pero para explicarla bien tengo que dar saltos en el tiempo que, además, está muy de moda.

Present Day. Abril de 2012. El ministro del Interior del Reino de España anuncia que su ministerio, conjuntamente con otro llamado de Justicia, trabaja a destajo para endurecer el código penal contra el vandalismo callejero, equiparándolo a la kale borroka, o sea, al terrorismo. Contagiado con la velocidad decreto ley de otros ministerios peperos, se pretende que esté listo antes del verano. El Molt Honorable president de la Generalitat, Artur Mas, y otros ilustres están en la línea.

Ahora, un Flashback. Julio de 2001, Génova. Reunión del G8. Los líderes del mundo libre están encerrados en una especie de castillo del medievo fuertemente protegidos por un ejército policial mientras en las calles de la ciudad la vida real no parece encantada por tan ilustres visitantes. A Génova llega un movimiento altermundista que crece de manera muy inquietante para algunos. Hay que cortar tanta protesta y tanta leche, vamos a ver cómo lo hacemos.

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Deutsche Bank, ¿susto o muerte?

En el Deutsche Bank, el mayor banco alemán, se apostaba por la muerte. Con ello no quiero decir que participara de manera directa o indirecta en operaciones de tráfico de armas o de drogas, dios me libre, estoy seguro de que eso no ocurre. Me refiero a la noticia que esta semana ha publicado el diario Frankfurter Allgemeine y que ha sido recogida por varios medios españoles.

El Deutsche Bank creó unos fondos llamados DB Life Kompass (1, 2 y 3, invierta otra vez) en el cuál los clientes apostaban por la esperanza de vida de unos conejillos de indias anónimos. La apuesta se basaba en una estadística sobre esperanza de vida de unos 500 norteamericanos de entre 70 y 90 años. Si el paciente moría prematuramente (antes de lo que indicaba la estadística) el cliente ganaba, si vivía más, ganaba el banco. Todo un detalle por parte del DB no hacerlo al contrario; visto lo visto, no es tan evidente.

Las diferentes emisiones de este producto financiero han captado hasta ahora unos 200 millones de euros.

Según el noticiario televisivo cuya cadena ya no recuerdo (sí recuerdo que luego pusieron unos vídeos de primera, así que pudo ser cualquiera de ellos) la primera emisión se canceló en 2008, año en el que por primera vez la esperanza de vida de los estadounidenses dejó de crecer, malo para el banco. Y el caso se destapa ahora porque un abogado de Hamburgo, Tilman Langer, ha solicitado un  proceso de arbitraje al defensor del consumidor de la Asociación de Bancos Alemanes (DBD). Langer no protesta porque le parezca obsceno el tipo de apuesta (el abogado representa a un grupo de 30 inversores que preferían muerte a susto) sino porque alega que el banco usaba unas tablas de esperanza de vida obsoletas que perjudicaban a los inversores. O sea, que se apostaba a muerte con las cartas marcadas. Esos malditos viejos yanquis no se morían cuando tocaba ¡Qué falta de ética! claman los inversores.

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