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Aprender a defenderse

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En 1975 a Martin Seligman se le ocurrió dar una serie de descargas eléctricas a unos perros para ver cómo reaccionaban. No era un psicópata con mucho tiempo libre, sino un  psicólogo realizando un experimento serio. Claro que eso se lo deberíamos contar a los perros. El resultado fue la Teoría de la Indefensión Aprendida (learned helplessness) y su relación con la depresión. 

El experimento consistía en colocar a unos perros en unos habitáculos donde se les propinaban descargas eléctricas, sin ningún tipo de patrón o justificación. Al primero se le daba la oportunidad de parar la descarga impulsando con su hocico una palanca, al segundo no se le daba ninguna posibilidad de detenerla. Después se les pasaba a otros habitáculos, donde se les volvía a infringir descargas eléctricas. La diferencia es que de estas podrían librarse fácilmente, solo tenían que saltar una pequeña valla para salir de allí. El primero de los perros lo hacía a la primera, sin problemas. El segundo no se movía, simplemente soportaba la descarga resignado. Había aprendido a estar indefenso y se resignaba a su suerte. Seguir leyendo Aprender a defenderse

Lo llaman pato y no lo es

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En los anuncios el helado es puré de patata. Cuando me enteré, hace muchos años (ahora tal vez usan otra cosa), fue uno de esos momentos en los que notas que maduras de un salto. Nuestros sentidos nos engañan. Eso lo saben los científicos, los artistas, los filósofos y los magos. Pero necesitamos tierra sobre la que caminar y no podemos estar todo el día y todos los días preguntando a la razón; necesitamos confiar en lo que vemos, oímos y tocamos.

Nunca hemos tenido tantos medios técnicos para acercarnos a la verdad. Pero esos mismos medios multiplican las posibilidades de ocultarla o disfrazarla. Corremos, algunos, hacia una meta que se aleja de nosotros a la misma velocidad. O tal vez más rápido, como cuando intentas salir de las arenas movedizas y te hundes más a cada paso.

Esta intensa introducción en plan listocongafas me ha venido al recordar noticias de días pasados sobre las marcas blancas de algunos hipermercados y relacionarlas con la Consti que celebramos estos días. La conclusión es clara, tenemos una democracia marca blanca. No se llama Hacendado sino “Santa Transición”.

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Trospicracia

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Tróspido. Me encontré con ella una noche en twitter. Sonora, misteriosa, con la elegancia de una esdrújula. Las palabras agudas son trabajadoras, las llanas clase media y las esdrújulas la aristocracia del idioma. Fue amor a primera vista. La fuerza de la erre y la sensualidad de la de, combinadas con el acento, me cautivaron. Pero veo que no soy el único, Internet se ha enamorado de ella.

Parece ser que su descubrimiento se debe a @hematocrítico, un profesor gallego, bloggero y activo en twitter. Enhorabuena. Como buena parole fatale, es esquiva y no acabamos de saber qué quiere. Su significado no está del todo definido, en la RAE la acaban de conocer y sus señorías son gente prudente, no se pronuncian. Pero se ha llegado a un consenso: es un adjetivo que indica algo que está mal, que es desagradable, incorrecto o erróneo más allá de lo que pueden describir los adjetivos al uso.

Si te casas con tu prima tus hijos saldrán tróspidos. El gato de las tiendas de los chinos es tróspido (bueno, tal vez toda la tienda); un yogur caducado es tróspido.

Eso me lleva a preguntarme, ¿vivimos en una democracia tróspida? ¿Una trospicracia?

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Golpe de mercado

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A unos días del 18 de julio de 2012. Mariano Rajoy se subió al estrado del hemiciclo, BOE en mano, y gritó “¡quieto todo el mundo!” y “¡al suelo!”. Su destacamento de diputados del PP, con el apoyo de sus correligionarios de CiU, controlaban el Congreso mientras el silencio del PSOE  acallaba las protestas de los minoritarios. En el resto del país la situación estaba controlada, las capitanías de las principales autonomías estaban también en manos de los golpistas. Televisión Española y RNE estaban ya ocupadas por las nuevas fuerzas de asalto, así como los medios públicos de las principales regiones militares. Rajoy empezó a desgranar las medidas que una autoridad competente “europea, por supuesto” ponía en marcha para dejar sin efecto el artículo 1.1 de la Constitución de 1978 por el que España se constituía como “un estado social y democrático de derecho”. La palabra social desaparece, las otras quedan muy pixeladas hasta hacerse irreconocibles.

A medida que el capitán general avanza en la lectura del bando, la bancada popular va exaltándose, jaleando cada una de los torpedos en la línea de flotación de las clases medias y bajas. Como aquella vez de la guerra ilegal en Irak. Incremento del IVA, reducción del sueldo de los funcionarios, reducción significativa de las empresas o fundaciones públicas, privatización de transporte ferroviario, portuario y aéreo, reducción del subsidio de desempleo. En ese momento cumbre, la brunete valenciana del PP no puede más y Andrea, de los Fabra de toda la vida,  consigue, a voz en grito, sintetizar  perfectamente el programa del “golpe de mercado” en una frase de gran resonancia cañí: “Que se jodan”. La quintaesencia del programa del PP sale, poderosa, a la luz y corre por las calles.  Unos modos que hacen añorar a los ‘hombres de negro’ europeos: harán lo mismo, pero guardando las formas. Cuando acaba la sesión, en un ejercicio de responsabilidad y amor a España, Rajoy sale por la puerta trasera.

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No hay blog para tanto chorizo (y hay gente que no lo merece)

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Esta entrada vuelve a ser una de esas de desahogo. Lo siento, no todas van a ser historias interesantes. El sueño de la razón produce monstruos, tituló Goya uno de sus Caprichos. Una mirada lúcida y genial a un páramo de incultura, egoísmo, fanatismo y barbarie. Una España que lleva siglos pareciéndose demasiado a sí misma mientras bailamos alrededor de la hoguera. De vez en cuando el hedor es tan fuerte que llega hasta las plazas de toros, los campos de fútbol o Telecinco. Quizás estamos en uno de esos días.

El sueño de una sanidad y educación de calidad está desaguando por alcantarillas que llegan hasta ‘bancos malos’, paga y no preguntes. El sueño de justicia mira fijamente a Krahe y se pone la venda con expresidentes autonómicos o atilas financieros. Cuando Dívar, alias El Findes, se va de hoteles de lujo (perdón, de 4 estrellas) invitado por el contribuyente y en su defensa alega que él pagaba algunas de las cenas, vuelve a recobrar sentido una vez más aquello de que “la justicia vale menos que el orín de los perros”.  El sueño de una administración eficaz reparte pelotazos millonarios con la excusa de hacer carreteras innecesarias o aeropuertos absurdos. El sueño de unos medios corporativos altavoces de sus amos que, como no pueden explicar lo inexplicable, tiran balones fuera con La Roja y los vídeos de youtube. Eso los serios, otros ya son caricaturas que compiten en el quiosco directamente con El Jueves, con perdón para El Jueves. Hay que rebuscar en la basura para encontrar algún The Wire (la realidad ha dejado muy light a Crematorio) que nos haga la fotografía de lo que está pasando de verdad fuera de la sala de estar.

Y lo más triste es que lo antes mencionado es solo una pequeña muestra. No hay blog para tanto chorizo.

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15M: “Mariano, tenemos que hablar”

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Entre los múltiples eslogans acertados del 15M (‘poco pan, pésimo circo’ me parece brillante, por ejemplo) siempre hubo uno que me llamó especialmente la atención: “Vamos despacio porque vamos lejos”. No cuadraba con tanta efervescencia de tuits, streamings y demás palabros que envuelven el movimiento desde sus primeros pasos. En la generación del too fast too furious era una nota discordante.  Sabia, pero discordante. Vivimos una cultura audiovisual en que todo ha de ser instantáneo, donde los vídeos en internet de más de 3 minutos cansan y donde los anuncios plantean el problema y ofrecen una solución perfecta en 20 segundos. Si la felicidad se consigue en 20 segundos comprando lo adecuado ¿quién quiere esforzarse despacio para conseguir algo?

Por eso, parte de la ciudadanía y, sobre todo la prensa sobrecogedora sector ultracentrista, enterraron el 15M cuando vieron que a los dos minutos el sistema no se había venido abajo ni el cielo caía sobre nustras cabezas. Lo repitieron a las dos horas y a los dos meses y lo seguirán repitiendo tras comprobarse, un año después, que el muerto está muy vivo, mucho más que algunas portadas, tan rancias que a sus mismos autores les avergonzarán de aquí a unos años y negarán haberlas perpetrado.

El 15M sigue caminando despacio (o no, el tiempo es relativo ¿verdad?) pero sin pausa y con buena salud, demostrando además una capacidad de movilización envidiable, se mire como se mire. Yo lo vi en Barcelona con mis propias gafas. Un éxito.

Con tanto crédito acumulado, los autores de ‘no recortaremos sanidad y educación’, ‘no subiremos el IVA’ o ‘hazte bankero‘  («…que sino te haré yo a la fuerza», maldita letra pequeña) y sus altavoces van a seguir con el mismo discurso, como el rey desnudo que una vez descubierto por el niño siguió altivo, «con sus ayudas de cámara sosteniendo la inexistente cola” como si nada pasase. Triste trabajo el de algunos periodistas que cada vez se pasan más tiempo hablando solos.

Porque lo importante, aunque fueron muchos, no es que los indignados ayer en Madrid o Barcelona sean 45.000 o 50.000, ese es el debate que quieren algunos para no hablar de lo que realmente importa: el 15M es el resultado del sufrimiento causado por el capitalismo salvaje, la enfermedad del sistema es lo que importa. La gente se dio cuenta que la crisis es en realidad una estafa y, cómo mínimo, dijo aquello de “ahora me vas a oír”.  Había esclavos a los que su estado les parecía natural, seguro que agradecían a su dueño que les tratara con cierta amabilidad; además, les daba de comer. No hace tanto tiempo de aquello. Siempre hubo resignados y sumisos y siempre los habrá. Siempre hubo capataces y siempre los habrá. Y nunca han sido ellos los que han logrado los progresos sociales.

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