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Stanislav Petrov, héroe de guerra

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Seguro que aquella noche de septiembre de 1983, Stanislav Petrov no era la única persona que se sentía sola en el mundo. Muchas otras sentían la angustia de estar ante una situación desesperada, la desazón de no saber exactamente qué hacer. Pasa a cada momento, está pasando ahora mismo. 

Seguro que aquella noche de 1983, muchos hombres y mujeres sentían que el peso del mundo caía sobre sus hombros. 

Pero aquella noche, en el caso del teniente coronel Petrov, era rigurosamente cierto. Al menos durante 10 minutos, el destino del mundo estuvo en sus manos

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Incidente del Equinoccio de Otoño

Tras un momento de estupor, lo que hace Stanislav es incumplir sus órdenes. Decide no hacer lo que tiene que hacer, solo espera. Que no es poca cosa, sentarse y esperar cuando el futuro de tu país, para empezar, depende de tu decisión. Además, supone que, como militar, está incumpliendo una orden. 

Pero Petrov espera, y con ello nos salva a todos. El suceso se conoce como el Incidente del Equinoccio de Otoño, la noche en que el planeta estuvo a punto del holocausto nuclear. 

Para el resto del mundo era un día normal, de alegría o tristeza por las cosas cotidianas. Para un pequeño grupo de soldados soviéticos, comandados por Petrov, la madrugada del 26 de septiembre de 1983 se había convertido, por un momento, en el inicio de la III Guerra Mundial. Consiguieron pararla antes de empezar. Unos héroes, con Stanislav Petrov al frente. 

Guerra Fría

Primero hay que ponerse en situación. En 1983 estaba todavía vigente lo que se llamó la Guerra Fría, el enfrentamiento entre el bloque soviético y el occidental, comandado por Estados Unidos. Los que tenemos cierta edad lo recordamos perfectamente. La cosa iba de que rusos y estadounidenses se repartían el mundo en zonas de influencia. De vez en cuando se pegaban en las caras de otros (Vietnam, America Latina, Afganistán, …), nunca directamente. 

Y no lo hacían por lo que se llamaba disuasión nuclear y destrucción mutua asegurada: poseían tal capacidad militar que cualquier ataque directo suponía el fin para ambos.  El suyo y el del resto del mundo. El viejo adagio latino “si quieres paz, prepárate para la guerra” actualizado con toneladas de armas nucleares. Una locura de carrera armamentística que hizo muy ricos a algunos y fue una de las causas del desfallecimiento del bloque comunista. 

Petrov,satanislav petrov,tercera guerra mundial, misiles,guerra fría,Unión Soviética,Estados Unidos, guerra nuclear, guerra mundial, héroe de la pazAcercando un poco el foco a aquella noche de septiembre, lo que pasaba es que un mes antes los soviéticos habían derribado un avión surcoreano que había invadido su espacio aéreo. Era un avión comercial de Korean Air (los rusos alegaban que era espía) que transportaba 269 personas, entre pasajeros, tripulación y un congresista estadounidense. Murieron todos. 

Un turno de noche más

De todas maneras, la noche del 25 de septiembre Stanislav va al trabajo como un día cualquiera. Su misión consiste en dirigir el centro de control de misiles en el búnker Serpukhov 15 de Moscú. Desde allí se vigila el cielo para evitar cualquier ataque sorpresa de misiles enemigos. 

Así que Petrov se sienta a mirar las teles, un trabajo rutinario y aburrido mientras no pasa nada. Hasta que pasa. Una pantalla enorme que tenía ante él se activa y la sirena empieza a sonar, dando una alerta de esas para las que te estás preparando durante toda una vida y cuando llega te pilla por sorpresa. Su monitor le advierte de que un misil norteamericano se dirige hacia la Unión Soviética. 

“La sirena aulló, pero me senté allí durante unos segundos, mirando a la pantalla roja, grande, retroiluminada con la palabra ‘lanzamiento’ brillando en ella”.

Diez minutos eternos

Petrov se queda petrificado (con perdón), intentando ordenar sus ideas; o que estas volvieran de allá donde se hubieran ido. Según él mismo ha contado, durante 15 segundos todos los allí presentes quedan en estado de shock, intentando saber qué hacer. 

La pantalla da un nuevo aviso: Estados Unidos ha hecho otro disparo. Y luego otro, y otro y otro. Cinco misiles se dirigen en aquel momento hacia URSS. Tiempo estimado para que detonaran en suelo soviético: 20 minutos. Eso le da a él 10 minutos para responder, luego será demasiado tarde.  

Mientras, Moscú duerme. Los generales y los dirigentes duermen. O se divierten ajenos a todo, vaya usted a saber. Solo Petrov y su equipo conocen lo más importante que está pasando en el mundo en ese momento. 

Petrov se salta las órdenes

Tras el shock inicial Petrov empieza a dar órdenes a su equipo: a sus puestos, hay que confirmar la terrible noticia. Petrov está solo entre el bullicio, es él quien debe decidir qué se hace. El protocolo le exige devolver el ataque y comunicar después el hecho a sus superiores. Está entrenado para eso, es lo que se espera de él. Es un soldado y cumple órdenes, y estas son claras.

El ataque inesperado de Hitler el 22 de junio de 1941, saltándose el pacto de no agresión firmado con Stalin, estaba grabado a fuego en la memoria del Ejército Rojo. Algo así no podía volver a pasar. Pero apretar el botón es una decisión irremediable con la que solo él tendrá que vivir o morir. Además, su lógica le dice que Estados Unidos no iniciaría un ataque nuclear directo contra la URSS con solo cinco misiles. Aquello tenía que ser un fallo técnico. Por dios, que sea un fallo técnico.

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Decidió no decir nada y esperar. Esperar. Minutos que parecen de goma. Pasaron 11 minutos y no había ninguna señal de los misiles en los radares. Llegó el alivio: por suerte para todos Petrov acertó. Más tarde se descubrió que el satélite se había confundido a causa de un raro alineamiento de rayos solares y nubes. 

Cierto es que, para ser rigurosos, no todo dependía de Petrov. Su decisión debía ratificarla toda una cadena de mando, hasta el Estado Mayor y el gobierno soviético, que siempre podría recurrir al Teléfono Rojo (que no era ni teléfono ni rojo), una línea directa de comunicación al más alto nivel entre Estados Unidos y la URSS para evitar malentendidos. Pero también es cierto que el resto de la cadena soviética hubiera estado muy condicionada por el análisis de Petrov, que para eso estaba. 

Solo hizo lo que debía

Él afirma que solo hizo su trabajo y que era la persona correcta en el momento apropiado. Sus jefes no opinaron lo mismo. Stanislav puede que salvara el planeta de la destrucción total, o como mínimo de una crisis muy grave, pero a cambio fue degradado. 

Tras la bronca se le forzó a un retiro prematuro, sin ascenso. Su fallo había sido no seguir el protocolo, esa obsesión militar, y de paso dejar en mal lugar todo el sistema de defensa soviético.

Aquello se mantuvo en absoluto secreto, aunque se modificó el sistema de alertas y respuesta antimisiles. En 1998, tras la caída del régimen, la historia sale a la luz y Petrov es considerado un héroe, recibiendo varios homenajes. En 2006 por Naciones Unidas; el último, el prestigioso premio de la Paz de Dresde, en febrero de 2013. 

El 19 de mayo de 1977, a los 77 años y con unos cuantos reconocimientos por su acción, muere en su casa de Friázino, en Rusia.

No obedecer y saltarse el protocolo hizo de este soldado un héroe. Él quita importancia al asunto y afirma que “el ordenador es descerebrado por definición”, así que, simplemente, antepuso el sentido común a millones de rublos en tecnología militar.

No hice nada”, le contestó a su mujer cuándo ella se enteró, diez años después, del incidente.  Stanislav pensó por sí mismo más allá de máquinas y protocolos. Y no hizo nada. Eso salvó al mundo.

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