El aquelarre, o el Gran Cabrón (1820-23), Francisco de Goya

Salazar y las brujas de Zugarramurdi

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Alonso de Salazar y Frías nace en Burgos en 1564, en una próspera familia de comerciantes bien conectados. Estudia Derecho Canónico en Salamanca y Sigüenza y luego se hace sacerdote.
Bien dotado intelectualmente, a Salazar se le abre una buena carrera en una empresa que, podríamos decir, era el Ibex 35 de la época. Según su biógrafo, el prestigioso historiador danés Gustav Henningsen, era “uno de los clérigos más brillantes de la Corte”.
Tras su paso por las diócesis de Jaén y Toledo, le cae un marrón. Uno gordo, de esos que pueden disparar tu carrera o masacrarla. En 1609 es designado inquisidor de Logroño. Mal momento con la epidemia de brujas surgida en Zugarramurdi y otros lugares de el Pais Vasco.  El mayor proceso contra la brujería de la historia en marcha. Unas 5.000 personas encausadas.
En medio de aquella locura cayó Salazar, un racionalista hombre de letras ¿Qué pasará?
El aquelarre, o el Gran Cabrón (1820-23), Francisco de GoyaPues que cuando Salazar se incorpora al tribunal se encuentra con otros dos jueces fanatizadosAlonso Becerra y Juan de Valle– que veían brujas por las esquinas. O tampoco se creían nada y solo querían hacer carrera con el viento a favor, eso no lo se.
Antes de seguir hay que recordar que la Inquisición española, muy rigurosa con herejes judíos y musulmanes, nunca fue muy dura contra la brujería, al menos si la comparamos  con paises como Alemania, Suiza o Francia. Pero los inquisidores de Logroño estaban desbordados, contagiados por una especie de alucinación colectiva.

La locura empieza en Francia

La epidemia de brujería que da lugar al Proceso de Logroño, conocido popularmente como las brujas de Zugarramurdi, comienza en el sur de Francia, en Labourd, en 1608. Allí, con la bula Summis desiderantes affectibus (1484) en una mano y el  Malleus Maleficarum (1486) en la otra, los inquisidores (aunque, técnicamente, fue la justicia civil) llevaron a la hoguera a un centenar de franceses.

Alonso de Salazar y Zugarramurdi - El Aquelarre (1798), Francisco de Goya
El Aquelarre (1798), Francisco de Goya

Esa locura colectiva atraviesa los Pirineos y se extiende por el País Vasco y Navarra. Hoy sabemos, en gran parte gracias a los informes del propio Salazar, que los lugareños se enteraron de lo que era un aquelarre cuando empezaron a llegar las noticias de lo que pasaba en Francia.

Salazar en Zugarramurdi

Cuando Salazar llega a Logroño,  sus colegas Becerra y Valle ya habían recogido miles de testimonios –incluyendo multitud de autoinculpaciones– de todo tipo de prácticas diabólicas. Aunque el epicentro estaba en los pueblos de Zugarramurdi y Urdax (Navarra) parecía que todo el País Vasco y Navarra estaban plagados de brujas y aquelarres.
Y la psicosis seguía creciendo, fomentada por los mismos religiosos que venían a salvarles. Los compañeros de tribunal de Salazar creyeron todos esos testimonios y en noviembre de 1610 realizaron en Logroño un gran Auto de Fe. Ante miles de espectadores se quemó a 6 personas vivas y a otras 5 en efigie, porque ya habían fallecido.
Salazar, que se había incorporado al tribunal en julio, solo pudo salvar a dos, después de convencer a sus colegas de que no había pruebas suficientes para condenarlas. Mientras ellos seguían los manuales de brujería, Salazar actuó en todo momento como un policía, guiado por la razón. Eso le hizo enfrentarse al resto del tribunal, que lo veía como un instrumento del mismísimo demonio para defender a sus brujas.

La voz de la razón

Pero el burgalés no cejó. En medio de la locura colectiva mantuvo el sentido común y siguió insistiendo. Los testimonios eran absurdos, alucinaciones imposibles la mayoría de ellos. Cosas como que se habían devorado cadáveres putrefactos de familiares, que había gente convertida en cuervo y brujas volando 700 kilómetros en una hora.

Alonso de Salazar y Zugarramurdi, Vuelo de brujas (1797), Francisco de Goya
Vuelo de brujas (1797), Francisco de Goya

Sea por el apoyo del obispo de Pamplona o por sus contactos en la Corte, la insistencia de Salazar tuvo resultado y la Suprema estableció una amnistía para que prosiguiera la investigación y se volviera a preguntar a testigos e inculpados.
Tal vez el asunto era que la Corona se había dado cuenta de que la situación se le estaba yendo de las manos. Hubo linchamientos espontáneos de cualquier persona sospechosa. En algunos sitios los acusados de brujería eran, literalmente, más de la mitad del pueblo: hombres, mujeres y niños. Sin distinción tampoco entre ricos y pobres. Tal vez ahí estuvo la clave.

El informe Salazar

En 1611 el clérigo burgalés recorrió la zona durante meses y lo documentó todo minuciosamente, siempre bajo la mirada escéptica de la razón, basada en pruebas palpables y comprobables. Por el perfil de Salazar creo que su intención era doble. Por una parte, buscar la verdad desnuda de los hechos. Por otra, dar testimonio para la historia de aquella enajenación colectiva que él percibía tan claramente. Consiguió las dos cosas.

Alonso de Salazar y Zugarramurdi
Capricho 24 (1797-99), Francisco de Goya

En lo que podríamos llamar El informe Salazar, dice cosas como “¿Hemos de creer que en tal o cual ocasión determinada hubo brujería, solamente porque los brujos así lo dicen? No, naturalmente no debemos creer a los brujos, y los inquisidores creo que no deberán juzgar a nadie a menos que los crímenes puedan ser documentados con pruebas concretas y objetivas, lo suficientemente evidentes como para convencer a los que las oyen”.
No ahorra juicios sobre las contradicciones, exageraciones o simplemente inventos de gentes atrapadas entre el miedo y la ignorancia. Gente completamente desarmada ante la superstición. En sus informes afirma que no encontró ni un solo testimonio concluyente sobre la existencia de aquelarres u otras manifestaciones mágicas o demoníacas. Necesitaba pruebas empíricas, no declaraciones fantasiosas.
En un hecho poco común en la historia de este país, tampoco ahorra críticas contra el propio tribunal del que él formaba parte. Se habían recogido mal las pruebas y las declaraciones, dejándose llevar por la maledicencia y la superstición. Y por los famosos manuales de expertos en la materia, tan absurdos para él como nos puedan parecer a nosotros hoy día.

«No hubo brujos ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y hablar de ellos».

En su afán de que se recobrara la cordura, abogaba por dejar de hablar de ello. “En el insano clima actual -escribía en enero de 1612- es pernicioso nombrar esas cosas públicamente, puesto que sólo pueden acarrear al pueblo mayor daño del que ya ha experimentado”.

Alonso de Salazar y Zugarramurdi - Auto de fe de la Inquisición (1812-19), Francisco de Goya
Auto de fe de la Inquisición (1812-19), Francisco de Goya

 

La Suprema aprueba el informe 

Salazar una vez más tenía razón. El suflé paranoico fue bajando y un año después ya solo era un mal recuerdo. De hecho, la brujería fue un problema social y político de primer orden en Europa sólo durante el tiempo que duró su persecución. En el momento que dejó de penalizarse, el problema se esfumó. Un  hecho que debería hacernos reflexionar.
La Suprema acepta los informes de Salazar y reconoce errores y mala información (la Inquisición reconociendo errores, nada menos). Los procesos por brujería se detienen, se amnistía a los condenados por el Proceso de Logroño y se compromete a no ajusticiar a nadie más por brujería. Cien años antes que en el resto de Europa, aquí se deja de quemar brujas, aunque el infame tribunal fue el último en desaparecer de la historia.
Está bien recordar la figura de Torquemada, hemos sido y somos eso, nos define bien. Y podría estar de acuerdo que en España siempre ha habido cien torquemadas por un salazar. Y me quedo corto. Pero de vez en cuando aparece alguien como Salazar y Frías, que también es de los nuestros. Son tan pocos que creo que habría que cuidarlos como a flores raras. Creo que hay que recordarlos y contar lo que pensaron e hicieron. Ésta es mi pequeña contribución.
Con su actitud valiente –nada más osado que ser el cuerdo en el país de los locos– Salazar salvó, probablemente, cientos de vidas, si no más.  Su nombre no debería quedar arrinconado en la historia.
Escrito queda a la consideración del Tribunal.
firma Alonso de Salazar y Frías

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5 comentarios sobre “Salazar y las brujas de Zugarramurdi”

  1. buenas noches:leí recién sobre Alonso salazar y frías.ojala pudiera ahora viajar en tiempo para verlo y decirle _gracias señor alonzo es mi héroe_hombres así merecen llamarse hombres,esos que no dejan que las abusen o maten.me alegra saber que hubieron hombres que fueron valientes para enfrentar a la inquisicion y también que no todos en la iglesia eran malos.gracias por darlo a conocer, a Alonso salasar.desde buenos aires, hasta pronto.

    1. Muchas gracias Luciana, me alegro de habértelo ‘presentado’. Yo opino lo mismo, hace falta sacar a la luz a este tipo de personajes. Cuando lo descubrí sentí lo mismo y la necesidad de darlo a conocer.

  2. Interesante artículo. Sin embargo, es importante señalar que el Tribunal de la Inquisición ha sido manipulado y difamado a lo largo de toda la historia moderna.
    La Inquisición española no fue ni de lejos lo que nos ha hecho creer la propaganda protestante antiespañola.
    Ni siquiera fue la más antigua y, sin duda, tuvo rasgos humanitarios. Por otra parte, no se puede juzgar el pasado con mentalidad del presente. Hay que ponerse en su lugar y en la mentalidad de la época.
    La Inquisición española condenó a 21 brujas en 3 siglos y medio de historia. Nada que ver con las miles de brujas quemadas a veces en un solo año en Alemania o en Inglaterra.
    Pero los españoles hemos creído sin el menor espíritu crítico toda la basura que se nos ha echado encima.
    Como muestra un botón: un ilustrado francés, buen dibujante, era aficionado a dibujar torturas que se inventaba con su imaginación bastante calenturienta. A sus ilustraciones siempre les ponía debajo: «La inquisición española». Y esas hojas (el internet y la TV de la época) se difundían por toda Europa.
    Merece la pena consultar -entre otros- el magnífico tratado de Elvira Roca: «Imperiofobia y leyenda negra».

    1. Juan Antonio, de acuerdo en varias cosas, como que no se puede leer la historia con los códigos mentales de la actualidad; aunque hacer daño a tus semejantes son valores que valen para todas las épocas. Aparece en el Nuevo Testamento, por ejemplo.
      De acuerdo también en que en el centro de Europa, en los países protestantes, la represión fue más sangrienta.
      Pero también es verdad que la Inquisición española duró bastante más. En este país siempre se lega tarde a la modernidad. Y que más que la quema o las torturas, que las hubo, la Inquisición era un instrumento propagandístico que fomentaba el terror ante cualquier pequeña desviación de la norma. Tribunales secretos y delitos no tipificados previamente -cualquier cosa podía ser delito para la Inquisición, imagina el miedo a la delación– la convertían en un instrumento de represión social y política temible. Tampoco pasemos a blanquearla.

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