“La Gran Niñera” en Nueva York

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Tras perseguirlo con empeño, Michael R. Bloomberg, alcalde de Nueva York, lo ha logrado. Desde el pasado jueves 13 de septiembre la guerra contra la obesidad tiene una nueva baja: las bebidas azucaradas de gran tamaño. La Junta de Salud de Nueva York aprobó (8 votos a favor y una abstención) la prohibición de vender bebidas azucaradas de tamaño grande en locales de comida rápida, cafeterías, restaurantes, cines, estadios, salas de conciertos, teatros, lugares de trabajo y otros sitios dónde se vendan alimentos preparados. El tamaño máximo permitido para los envases será de 16 onzas, medio litro redondeando. La prohibición no afecta a los supermercados

Los argumentos de la alcaldía no son nuevos, se trata de luchar contra un problema real y preocupante, la obesidad que carcome la salud de los países ricos. El propio alcalde, en su cuenta de twitter se felicitaba por la nueva política diciendo que era “el mayor paso que cualquier gobierno haya tomado para controlar la obesidad. Ayudará a salvar vidas«.

La medida ha sido duramente criticada desde varios sectores. Evidentemente los lobbies de los fabricantes de refrescos están planteando batalla. Vale, son los malos, que les veo venir. Pero que a los productores de bebidas azucaradas les importe más la cuenta de resultados que la salud del personal no nos tiene que nublar el juicio ante argumentos de bastante peso. A mi me convencen.

En primer lugar, opinan que la medida no va a tener un impacto real en su objetivo de reducir la obesidad, un problema grave en Estados Unidos (y en España) pero cuyas causas son complejas y van más allá del tamaño de los vasos de coca-cola.  Los propulsores de la prohibición creen que la gente tendrá vergüenza de hacerlo pero nada impide a alguien comprar cinco envases pequeños y quedarse tan ancho, nunca mejor dicho.  Yo creo que este tipo de medidas políticas tan de moda (¿o fue siempre así?) se hacen desde el despacho de marketing y no desde el de operaciones. No sirven para mucho y no darán resultados, pero eso ya lo saben, lo que se busca es crear impacto y dar ejemplo. “Yo soy un gobernante bueno que me preocupo por vuestro bienestar”, la efectividad real se queda en la letra pequeña que luego casi nadie lee.

Como niños

Con permiso de Orwell, podríamos rebautizar esa concepción del estado que tienen políticos como Bloomberg como La Gran Niñera (su cruzada anterior contra el tabaco también fue encarnizada) y esa es la crítica más común entre los neoyorkinos. Las encuestas muestran que el 60% de los residentes en la Gran Manzana se opone a la medida, frente a un 35% que la aplaude. Para ellos no es más que una imposición absurda que coarta su derecho a elegir un producto que, al fin y al cabo, es legal. Recordemos que esos tamaños sí los pueden comprar en el súper. ¿Habrá botellón de Pepsi en Central Park?

Creo que casi nadie se opone a que los alimentos preparados  informen de la manera más concienzuda y clara posible sobre sus ingredientes, es un  derecho básico del consumidor. Ni que las administración tengan a bien hacer campañas informativas -sí, las carga el diablo, pero bueno- sobre productos que puedan ser dañinos. Una sobredosis de Sálvame o de El gato al agua, puede causar daños irreparables, animo a una campaña institucional al respecto. Pero una cosa es informar y otra imponer mediante prohibiciones, limitando el derecho a ser mayores de edad y elegir que me bebo un vaso enorme de red wine & soda  (tinto de verano en neoyorkino, idea gratis) mientras me fumo un pitillo porque yo lo valgo y asumo el riesgo. En las democracias avanzadas parece que el progreso lo marca el grado de infantilización a la que se somete a los gobernados. Nos tienen que decir qué hacer con nuestras vidas, con nuestros cuerpos, porque nosotros no sabemos.

Esto de la medida del vaso de coca-cola puede parecer una cuestión menor pero no lo es, describe la relación de los gobernados con el poder: si son nuestros representantes o nuestros papás. Muchas de las personas favorables a la medida son aquellas que más consumen refrescos con azúcar. Algo similar al asunto del tabaco: hago dejación de mi responsabilidad como persona adulta y prefiero que venga alguien de fuera a decirme qué y cómo tengo que hacer las cosas. Vivan las caenas. Con esa actitud no es extraño que pase lo que pasa con todo lo demás.

Y no es un tema exclusivamente norteamericano. En Europa la guerra contra este tipo de refrescos también está en marcha. Pero con un tono más sutil, se recarga de impuestos (Francia, Finlandia o Italia, por ejemplo) y de paso se recauda; sacrificios al dios déficit.

Así que no se confíen, el PP ha cogido carrerilla y como está en plan “cuidao conmigo que estoy mu loco” cualquier viernes nos despertamos con impuestos especiales para la coca-cola, los panchitos, la panceta o el jamón de jabugo. Bueno, esto último no, como es cosa de ricos le bajarán el impuesto.

*Foto de portada: Andrew Burton (Reuters)

Un comentario sobre ““La Gran Niñera” en Nueva York”

  1. Ahí le has dado Miguel. No sé hasta que punto son conscientes de ello, ya que no creo en el concepto » hermano mayor » – que no «gran hermano»; aunque pueda parecer un listillo, creo que es una mala traducción del ingles-, pero me da a mi que lo que consiquen con estas gilipolleces es , como indicas, rebajarnos el listón de la responsabilidad personal, simplificándonos y por tanto haciéndonos mas manipulables. Si perdemos grado de responsabilidad, propongo lo siguiente. Si me pillan fumando en un bar, que multen al estado, por no haberme enseñado bien, que coño. De la misma manera que multamos al dueño del perro cuando el perro muerde, ¿no?

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