La stufetta del cardenal Bibbiena

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stuffetaHabía decidido tomarme vacaciones por Semana Santa, pero me he encontrado con una historieta irresistible y creo que apropiada para estas fechas. O tal vez no, ya me dirán. Es la curiosa historia de una pequeña habitación que aún se conserva en el tercer piso del Palacio Apostólico del Vaticano, la conocida como Stuffeta del cardenal Bibbiena. Un lugar al que se le ha llamado “el rincón más secreto de la Ciudad Secreta”.

Tal vez un poco exagerado, pero ¿a que ahora quieren saber un poco más del asunto?

Stuffeta puede traducirse por ‘sala de baños’. Y de lo que estoy hablando aquí es de lo que ahora sería un baño de esos grandes con ducha efecto lluvia, jacuzzi y todos las comodidades para pasar una noche romántica. O una mañana. O un par de días, según el gusto. El gusto del cardenal Bibbiena, quien mandó hacerla y le da nombre a la estancia, se intuye por la decoración.

stufetta-del-bibbiena

Corría el año 1516, con León X pilotando a la cristiandad desde el trono de San Pedro, cuando Bernardo Dovizi, de nombre artístico cardenal Bibbiena, mandó al mismísimo Rafael Sanzio decorar tres estancias de su apartamento privado, de las que aún se conservan dos, la loggia y la stuffeta (una galería y el baño propiamente dicho). El artista delegó la decoración en unos colaboradores “que te lo van a dejar guapo guapo, ya verás”: Giulio Romano y Francesco Penni. El presupuesto, como es tradición en El Vaticano y el PP de Valencia, no era problema.

Amante de los clásicos

Presunto retrato del cardenal Bibbiena
Presunto retrato del cardenal Bibbiena

Bibbiena era amante de los clásicos y encargó un baño al estilo romano, con motivos paganos en sus paredes. En pleno corazón del Vaticano tiene su qué. La bañera es una base cuadrada de 2 metros y medio por cada lado, a imitación de un caldarium romano, incluida la cavidad que hacía circular el aire caliente. Y todo se remata con los frescos que decoran la estancia. Básicamente figuras de Venus como Zeus la trajo al mundo, en diferentes poses y perspectivas. También cupidos, ninfas desnudas y algún que otro sátiro.

Un ambiente ideal para las largas (y a veces frías) noches vaticanas. Perfecto para dejarse llevar por la contemplación y la reflexión espiritual, e incluso para debates escolásticos en la intimidad del tipo “¿os gustan con más o menos tetas?” ,“¿cadera ancha o estrecha?”, “no, yo es que soy más de cupidos”.

Rafael Sanzio.
Rafael Sanzio.

Leo en un artículo de La Reppublica que Bibbiena quiso añadir una estatua desnuda de Venus, pero Rafael se pone en plan esteta y lo rechaza. Aprovechando el rifirrafe, otro cardenal, Pietro Bembo, dice que ya se la queda él, por ayudar. Pero Bibbiena rehusa la petición, no quiere desprenderse de la estatua y la coloca en un santuario secreto que tiene en una habitación privada destinada a reflexionar aún más intensamente.

Es verdad que si comparamos los frescos de la stuffeta con el porno al uso en Internet Bibbiena se nos convierte en un bendito y el baño en algo para mayores de 7 años. Pero, aunque sea por el que dirán, aquello se mantuvo escondido durante siglos, se taparon las paredes y pasó a ser utilizada para otros menesteres (unos dicen que capilla, otros que cocina), hasta que en el XIX se recuperó. Hoy día siguen siendo habitaciones privadas, no abiertas al público.

Político, no sacerdote

Pero para entender mejor el contexto, hay que situar a Bibbiena: diplomático y dramaturgo que desde muy joven sirvió en la corte de los Médici florentinos. En 1504 se trasladó a Roma como secretario del cardenal Giovanni de Médici. Allí hizo de lo que hoy llamaríamos lobbista de los Médici y no le fue mal: tras la muerte de Julio II, Bibbiena maniobró en el cónclave y su jefe fue nombrado Papa con el nombre de León X, en 1513. Y el lobbista se convirtió en tesorero general y en el más influyente consejero del mismo, algo así como su jefe de gabinete. Durante este tiempo es cuando llega a cardenal muy rápidamente. Bibbiena era más fontanero del poder que religioso, más político que hombre de fe. Y no quiso renunciar a sus placeres y aficiones, ahora que además podía permitirse casi cualquier cosa.

Eran otros tiempos en El Vaticano, eso ahora no pasa.

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