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El amor que llegó de la Stasi

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Por San Valentín, patrón de los grandes almacenes, asistimos cada año a la celebración del amor a base de películas románticas y anuncios de colonias. Que conste que algunas de esa pelis a mí me gustan, pero eso sería motivo para otro post. Pero entre tanto amor yo no puedo evitar acordarme de la ‘estrategia Romeo’, urdida por uno de los personajes más interesantes de la ya de por sí nómina de personajes interesantes de la historia del espionaje, Markus Wolf.

Markus Wolf, una leyenda del espionaje, fue jefe del servicio exterior de la Stasi entre 1953 y 1986. Nota para los más jóvenes: la Statsi (Ministerium für Staatssicherheit) era el servicio secreto de la República Democrática Alemana (DDR, en alemán) un país que existió desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta que la otra Alemania se lo compró en 1990.

La RDA era la parte alemana ocupada por la Unión Soviética, un supuesto paraíso socialista con unos dirigentes tan benéficos que te obligaban a vivirlo, aunque no quisieras. De entre todos los servicios secretos comunistas la Stasi se ganó fama de ser el más efectivo, incluso por encima de KGB soviético. Y de todos sus líderes, Wolf era el más temido en Occidente. Una de sus iniciativas más exitosas fueron los ‘agentes Romeo’.

A por la secretarias

Wolf se dio cuenta que el camino más corto hacia los secretos políticos y militares de Occidente eran sus secretarias. El castellano la mayoría de las veces es bastante obvio ¿no creen? El uso del sexo por agentes femeninos nació con el espionaje pero Wolf innova al consagrar a agentes masculinos a la labor, los ‘agentes Romeo’.

Sí, a primera vista RDA y seducción parecen términos antitéticos, lo que quizás habla aún mejor de Wolf. Los agentes romeo no son gigolós, no se trata de sexo. El agente romeo era, en palabras de Richard Meier, mano derecha de Wolf “un hombre de mediana edad, bien parecido, educado, que despertase confianza”. O sea, la quintasesencia del buen yerno, no del ligue de Tinder.

¿Y sus víctimas? Las secretarias de altos cargos, mujeres solteras de cierta edad”, según cuenta Meier.

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Markus Wolf en el Muro de Berlín

Agente Romeo, más seducción que sexo

La labor del Romeo no era acostarse con la secretaria, era el arte de la seducción sutil más allá de un revolcón. El objetivo era que la víctima le confiara información secreta, la mayoría de las veces sin que la incauta supiera que dicha información acababa en manos de la Stasi.

A veces había una promesa de matrimonio, muy elástica, que tenía ‘atrapada’ a la julieta en cuestión. Otras veces directamente se oficiaba la ceremonia, real o falsa, qué más daba.

Hay historias trágicas, como la de Norma, secretaria de un cónsul francés, al que el agente Félix abordó en una parada de autobús. Meses después se casaron y tras la boda él le reveló que era un espía. Ella, enamorada, colaboró con él. Cuando los descubrieron ella se suicidó.

Venske y Margarethe

Pero mi historia favorita es la de Roland y Margarethe, una historia que le escuché hace ya un tiempo a Fernando Rueda, periodista experto en estos temas. Estamos en 1961 y Margarethe Lubig, de 25 años, trabaja para el enemigo, o sea, en el cuartel general de la OTAN en Fointenebleau. Soltera, discreta y ferviente católica, la señorita Lubig es una pieza difícil de conseguir. Por eso Wolf destina a uno de sus mejores agentes romeo.

Roland Gandt es un galán de teatro en la RDA. Refinado, buen conversador, apropiado para un trabajo delicado. Roland es reclutado y entrenado por la Stasi, pasando a tener como nombre en clave Venske.

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Sede de la Stasi en Berlín

El entrenamiento consiste en saber todo lo referente a Margarethe: gustos, aficiones, sueños, etc. Una vez preparado mandan a Gandt a Francia bajo la identidad de Kay Petersen, un periodista danés acreditado por Der Spiegel. Gandt lo prepara a fuego lento. Contactar directamente puede ser un poco evidentre, así que  primero traba amistad con su  hermana Marianne que, meses después, le presenta a Margarethe durante un fin de semana en Viena.

A partir de ahí el cortejo: le escucha, le hace reír, van al teatro, a exposiciones, pasean por el parque… en fin, imaginen uno de esos montajes musicales de peli romántica pero sin que salga el dichoso puente de Central Park, en este caso. Y nuestro Roland/Venske/Kay  la enamora, por supuesto. Tanto que al final se atreve a confesarle que él, Kay, no es un periodista: en realidad es un agente de la inteligencia danesa. Toma ya.

Dinamarca es aliado pero a la vez excluido de la información importante de la OTAN y él quiere conseguirla. Margarethe accede a su amor y, lo que es mejor, a proporcionarle información sensible. Al fin y al cabo ¿quién no le pasaría información a Dinamarca, con la cara de buenos que tienen?

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Brezhnev y Honecker (líderes de la URSS y la RDA, respectivamente).

Escaparate made in Stasi en Dinamarca

Entre 1961 y 1964 Margaret le pasa a nuestro Romeo centenares de documentos top secret mientras siguen encontrándose furtivamente para hacer el amor y la guerra fría. Pero Margarethe tiene problemas de conciencia y de fe. Ella sigue siendo católica fervorosa y su comportamiento no le cuadra, quiere confesarse. En la Stasi se encienden todas las alertas, es una pieza demasiado buena para dejarla marchar. Y ponen un plan en marcha.

Kay se va antes a Dinamarca para prepararlo todo, pasarán un fin de semana en ‘su’ tierra y allí ella podrá confesarse. Cuando ella llega al aeropuerto de Copenhague él la recoge en un cadillac y la lleva a conocer a su madre.

Su madre es una comunista sueca que trabaja para la Stasi, al igual que su falso jefe del servicio secreto danés, otro hombre de Wolf en el partido comunista danés, al que también presenta. Ella sigue queriendo confesar así que Kay/Venske le sugiere que vayan a una pequeña iglesia casi abandonada, a ver a un párroco amigo. Ella accede y llegan a una pequeña iglesia.

Pocos feligreses y un párroco (Heinz Hüppe, otro agente de la Stasi) que la escucha en confesión y le viene a decir que lo suyo no es pecado, que puede vivir con ello como católica. Margarethe se vuelve a su tierra con esa tranquilidad y ligereza de espíritu que da la absolución a todo buen católico y el cura y los feligreses recogen sus bártulos y se vuelven a la RDA con la labor cumplida. Trabajo fino de espionaje, montar todo eso en Dinamarca sin que nadie se entere. Chapeau para Wolf y sus agentes.

Ella seguirá durante años pasando documentos a Kay y excusando el alejamiento de él por motivos de su trabajo en el espionaje danés. De hecho, Margarethe Lubig sólo descubre que estuvo espiando para la RDA muchos años más tarde.  Una vez derribado  el Muro de Berlín y desaparecida la RDA se destapa el caso y se entera de que el amor de su vida se llamaba Roland, era alemán y espía de la Stasi. Un agente Romeo enviado para engatusarla.

Un tribunal condena en 1996 a Lubig a dos años de libertad condicional con 9 mil marcos de fianza. El tribunal tiene en cuenta todos los atenuantes y la declaración del propio Roland excusándola. “Usé tu amor, lo siento”, le dice Roland ante el juez.

Y esta es  mi historia de amor de San Valentín.

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6 comentarios sobre “El amor que llegó de la Stasi”

  1. Mítica Stasi!
    Me quedo (apropio) con tu frase de ‘te obligaban a vivirlo’…¡que buena!
    Enhorabuena, Miguelón, lo sigues bordando

    Por cierto, este gentleman tendría ‘clase’, pero era un rato feo, según foto del Goooogle

    1. Muchas gracias. Pues si era feo, más mérito ¿no? A mi el montaje en Dinamarca (territorio enemigo) en la iglesia me provoca aplaudir, las cosas como son. Si esto lo hubieran hecho ‘los buenos’, la película igual tenía premios.

  2. Muy bueno, me ha encantado, mientras lo leía me ha venido a la memoria la película «La vida de los otros». Me sorprende el método, sobretodo por el contraste entre la emoción vibrante del amor y la mezquindad de los objetivos políticos.

    1. Gracias Teresa. Lo que yo me pregunto es si, años después, Margarethe no recordará algunos momentos con una sonrisa, a pesar de conocer la verdad. Porque ¿Se borra el amor que ella sintió (y disfrutó) con la revelación de a verdad? ¿No habría momentos de verdad en toda la simulación? ¿Cambiaría ahora no haber vivido esa historia tras desvelarse el engaño? Son preguntas que me gustaría hacerle a ella.
      Y a él otras tantas pero no vamos a enrollarnos ahora.

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