La suerte del soldado Slovik

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Durante la Segunda Guerra Mundial, cerca de 50.000 soldados estadounidenses desertaron de sus tareas. De estos, a más de 21.000 se les condenó a diversas penas, la mayoría de ellas de arresto o encarcelamiento. Una junta de clemencia revisaba los casos graves, reduciendo las sentencias en el 85 por ciento de ellos.

Se decretaron 49 sentencias de muerte.

De esas 49 condenas a muerte, se conmutaron 48. Solo un soldado estadounidense fue ejecutado por deserción: Edward Slovik, 24 años, en sus propias palabras “el tipo menos afortunado del mundo”.

Los datos anteriores y la historia de Eddie Slovak están sacados del interesantísimo libro de Charles GlassDesertores”, del que prometo más “entregas” en este blog.

Ciertamente, las circunstancias no ayudaron a Eddie Slovik. En el momento en el que tuvo lugar su consejo de guerra –noviembre de 1944–, unos 6.000 soldados, de un total de 15.000 que componían la división de infantería en la que estaba destinado el reo, morían en los bosques de Hürten, una de las batallas entre estadounidenses y alemanes más feroces de todo el conflicto. Mal momento para que el tribunal mostrara clemencia.

Y en enero de 1945, su apelación contra la sentencia coincidió con la contraofensiva alemana en las Ardenas. Así, los mandos estadounidenses nuevamente se mostraron partidarios de castigar ejemplarmente la deserción para evitar que cundiera el ejemplo en un momento tan delicado para sus tropas. Aunque eso no sea del todo exacto, como veremos más tarde.

Tampoco ayudaron a Slovik sus antecedentes. Digamos que no era un ciudadano ejemplar. Eddie Slovik nació en Detroit en 1920, hijo de emigrantes polacos. A los 12 años sufrió su primer arresto, por robar un poco de latón de una fundición. A éste le siguieron otros por pequeños robos e infracciones de tráfico. Nada grave, pero lo suficiente para estar marcado como un muchacho problemático.

Eddie y Antoinette en su foto de boda.

En 1942 su vida parece enderezarse. Consigue un trabajo y se casa en noviembre con Antoinette. En aquel momento, sus antecedentes lo clasificaban como no apto para el servicio en el ejército. Pero al año de su boda, Slovak ya es apto; no se si el ejército ponderaba los beneficios de la vida matrimonial o es que necesitaba más mano de obra y pelillos a la mar.

Eddie debía ser una persona de buen juicio, ya que no parecía demasiado entusiasmado con la gloria militar. En enero de 1944 ingresa en un campo de entrenamiento en Texas. En agosto es trasladado a Francia, adscrito al 109 Regimiento de Infantería. Durante el trayecto para llegar al frente, sufre un ataque de la artillería alemana que hace que se pierda y no sepa seguir el camino hacia su unidad; algo nada inusual para los nuevos reclutas en ese momento de la guerra.

También ese ataque le confirma que eso de la guerra no es para él. “No estaba hecho para el combate”, en sus propias palabras.

Posteriormente se encuentra con una unidad de la policía militar canadiense, con la que permanecerá durante seis semanas, en las que va creciendo en él la determinación de no incorporarse al frente, de desertar. Cuando por fin se incorpora a su unidad, el 8 de octubre, le pide a su capitán que no lo lleve al frente, que lo reasigne a una unidad de retaguardia; si era enviado al frente se escaparía. Su capitán rechaza la petición y lo manda de nuevo a su pelotón.

Deserción

Al día siguiente, Slovik deserta. Camina hacia la retaguardia, se encuentra a un cocinero del Cuartel General, al que le entrega la carta con su deserción. No hay datos, pero me imagino al cocinero como un veterano curtido, recibiendo de un joven muy asustado una carta que lo metía en un lío aún mayor del que ya estaba. Intentó que recapacitara, pero Eddie se mantenía en sus trece. El cocinero avisó a su comandante, que hizo venir a la policía militar.  Estos también intentaron convencerlo, pidiendo que rompiera la carta y se olvidara del asunto. Pero nada. Así que estos policías lo llevaron hasta su comandante. Y, de nuevo, éste intenta hacerle recapacitar. Nada, Slovik es un desertor convencido, tenaz. Mejor la cárcel que el frente.

Ya en el calabozo y a espera de juicio volvieron a darle la oportunidad de recapacitar, tal vez por apiadarse del chaval, tal vez porque la deserción es un delito muy incómodo que todo el mundo quiere meter bajo la alfombra. Las deserciones estadounidenses eran muy bajas -casi todas en primera línea; en la retaguardia, como Slovik, rarísimas– aunque empezaban a aumentar.

Soldados estadounidenses prisioneros en las Ardenas

Slovik se mantenía firme, prefería enfrentar su destino como desertor. Tal vez confiaba en una pena menor o, a malas, una conmutación de la condena a muerte (48 de 49, recuerden) y pensaba que unos años en la cárcel eran mejor que enfrentarse a los bosques de las Ardenas. Total, él ya había estado en prisión y había salido, había encontrado un trabajo y se había casado. Además, la guerra no tardaría en finalizar y a otros desertores de su división no les fue tan mal.

Ejecución

Pero la suerte, poca o mucha, se le acabó a Eddie; él fue la excepción. No hubo perdón. En la remota aldea francesa de Sainte-Marie-aux-Mines, el 31 de enero de 1945, a las 10 de la mañana Slovik se enfrentó con coraje al pelotón, formado por soldados de su propia compañía. En 15 minutos todo acabó.

Para Slovik, no fue solo mala suerte. Mientras le preparaban para conducirlo ante el pelotón dijo a los allí presentes que no le condenaban por desertar, eso lo habían hecho miles antes que él. “Tan solo necesitan dar ejemplo con un tipo, y yo soy ideal porque soy un exconvicto. Robaba cosas de crío, y es por eso que me ejecutan. Me fusilan por el pan y los chicles que robé cuando tenía doce años”. Según los testigos, esas fueron sus palabras.

Recreación en la película de 1974 sobre el fusilamiento

Teóricamente era una decisión dura pero encaminada a dar un escarmiento, a evitar que su ejemplo cundiera y pusiera en peligro a los compañeros y el desarrollo de la guerra. Pero eso se contradice con varios aspectos. En primer lugar, cuando se ejecuta a Slovik la campaña de las Ardenas ya está ganada para los Aliados; y con ello la última gran resistencia alemana. Solo quedaban cuatro meses para el final de la guerra en Europa.

Además, todo el asunto se llevó con un secreto que también desmiente su intención propagandística. Se elige un lugar apartado en un acto casi secreto. A Slovik se le entierra en un cementerio  junto a otros 95 soldados estadounidenses ejecutados por violaciones y/o asesinatos. En aquellas lápidas no aparecían nombres, solo unos números que hacen imposible cualquier identificación si no se sabe la clave. A Antoinette se le comunica que su marido ha muerto en el teatro de operaciones de Europa, sin más detalles.

Tal como explica Glass en su libro, el caso lo destapa el periodista William Bradford Huie en 1948 en la revista Liberty. Pero solo a medias, en el reportaje se oculta la identidad del condenado: “un estadounidense blanco de veinticinco años… llamémoslo Lewis Simpson… un soldado de reemplazo de la 28ª División”. Eso demuestra que la deserción seguía siendo un tema muy espinoso, una suerte de tabú.

Desde 1865

Huie se muestra muy crítico con los desertores, a su juicio “cobardes” que ponen en peligro a sus compañeros. Y da una serie de datos que ahondan en la mala suerte de Slovik. Según el periodista, los psiquiatras del ejército habían evitado el servicio militar a 1.750.000 hombres, uno de cada ocho examinados, por “motivos no físicos”. Otros se libraron, ya en combate, por colapsos nerviosos, la famosa “fatiga de combatede la que hablamos en otro post. Además,  unos 38.000 militares (10% de ellos oficiales) pasaron por consejos de guerra “por intentar evitar tareas peligrosas por medios deshonestos” y ninguno de ellos se enfrentó a la pena capital. Bueno, sí, otros 48, cuya sentencia fue conmutada.

Y si nos vamos hacia atrás vemos que el último soldado estadounidense ejecutado por deserción fue un tal William Smitz, en 1865, durante la Guerra de Secesión. Según Glass, más de 300.000 soldados desertaron de los dos bandos durante aquella guerra. Y otros tantos miles entre 1865 y 1945. Durante la Primera Guerra Mundial se firmaron 24 sentencias de muerte por deserción; todas fueron conmutadas.

Ciertamente, Edward Slovik tuvo muy mala suerte.

No hubo perdón para Slovik ni tras su muerte. En 1954 William B. Huie decide dar a conocer la identidad del desertor cuando publica “La ejecución del soldado Slovik”. Es en ese momento cuando su mujer, Antoinette, descubre la verdad y pide al ejército que repatríen sus restos. Antoinette muere en 1979 sin conseguirlo. Durante ese tiempo también solicitó perdón para su marido a 7 presidentes (Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford y Carter), pero no le fue concedido.

En 1987, un veterano polaco-estadounidense consiguió convencer a Reagan y recaudó lo suficiente para que Slovik fuera enterrado en Detroit junto a su mujer.

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2 pensamientos sobre “La suerte del soldado Slovik”

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