La guerra de Schmiedel

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Cierro la miniserie sobre desertores -basada en el libro de Charles Glass– con Werner E. Schmiedel. Nada que ver con Slovik o Powers. Schmiedel no desertó por miedo, por negarse a matar o por amor.

Schmiedel decidió que lo de disparar y correr iba a ir en beneficio propio, sin bandera ni mandos a los que obedecer. Arriesgaría el todo por el todo, pero no precisamente por la patria.

La historia lo tiene todo para una buena peli. Verán.

Werner había nacido en Alemania, pero a los tres años su abuela se lo llevó a Estados Unidos, adonde habían emigrado sus padres poco tiempo antes. De temperamento revoltoso, se fugó dos veces de casa, una granja en Pensilvania. La segunda, en 1940, ya no volvió. Con 17 años se fue hasta Fort Knox, mintió sobre su edad y se alistó en el ejército.

Doble identidad y traslado a Europa

No se qué motivó a Werner a alistarse, pero seguro que no fue el gusto por la disciplina militar. Tras un año y medio de cuartel se largó sin pedir permiso y estuvo huido cuatro meses. Fue condenado como desertor a tres meses de trabajos forzados.

Werner no escarmentó. Al contrario, le pilló el gusto a escaparse; hasta 1942 se escapó varias veces. A la sexta ya no volvió a su cuartel de Virginia sino que apareció en Filadelfia y se alistó bajo el nombre falso de Robert Schmiedel. Conservó el apellido, tal vez para no liarse. Y conservó también las viejas costumbres: en seguida Werner/Robert volvió a fugarse.

Quizás el apellido Schmiedel empezaba a hacerse familiar entre la justicia militar, quizás fue el aroma alemán del mismo, el caso es que tras la nueva captura –primavera de 1943– se puso en marcha una investigación. Werner declaró que él era Robert y que ese Werner que constaba en los archivos era un hermano suyo, desertor múltiple para más señas. El FBI intervino y las huellas dactilares aclararon que aquel tipo era  Werner, alistado en 1942.

Soldados americanos tras la liberación de Roma, en junio de 1944.

Solucionado el enigma Schmiedel, al ejercito le pareció buena idea enviarlo  a Europa para ayudar en la lucha contra los alemanes. Con esos antecedentes ¿qué podía salir mal?

En enero de 1944 es destinado a un almacén de provisiones cerca de Nápoles y en marzo ya había desaparecido varias veces sin permiso. En una de ellas atacó a una joven italiana, a la que llego a rasgarle el vestido. Es arrestado de nuevo.

La banda de Lane y el coche del general

A partir de ese momento Schmiedel deja de flirtear con su afición y se hace desertor profesional. Se hace llamar Robert Lane y forma, junto a otros desertores, un grupo de delincuentes que durante 1944 llevará de cabeza a la policía militar de toda Italia. Roban gasolina, harina, cigarrillos, y azúcar al ejército americano y los revenden en el mercado negro. En agosto, tras hacerse con un vehículo armado del ejército, se dedicaron a asaltar a civiles por las carreteras: dinero, relojes y cualquier cosa valiosa que llevaran encima. Aparte del perjuicio directo, Schmiedel/Lane y sus muchachos eran todo un estorbo para la marcha de la guerra. Otras bandas similares de desertores habían obligado a detenerse a los tanques de Patton en su camino hacia Alemania, al robar en la retaguardia el combustible que necesitaban.

A mediados de agosto es detenido, hospitalizado para tratar su gonorrea  y por fin juzgado y condenado a 20 años de trabajos forzados y encerrado en una instalación militar cerca de Aversa. Caso resuelto.

Bueno, resuelto solo por 15 días, hasta el 2 de septiembre, cuando consigue escapar y reunirse en Nápoles con su dos principales compinches. Y vuelta a empezar. Los tres, armados y con uniformes estadounidenses –Scmiedel de sargento– roban a un grupo de italianos. Días más tarde detienen a punta de pistola otro coche. Secuestran al chófer, le roban lo que lleva encima y lo dejan en una cuneta unos kilómetros más allá. Primero le golpean y luego le disparan mientras el conductor corre en zigzag entre los arbustos, logrando escapar. Se vuelven a subir al cadillac, recogen a otros compinches e inician una juerga que dura hasta que estrellan el coche.

Pero esta vez habían apuntado demasiado alto. Ese cadillac pertenecía al teniente general Wladislaw Anders, comandante del ejército polaco en Italia. Schmiedel estaba empezando a hacer demasiado ruido: su hazañas consiguen titulares en periódicos militares, La banda de Lane ya está en el punto de mira.

Roma y la tienda de vinos

Ante eso Schmiedel/Lane decide trasladar a su banda –seis estadounidenses, dos desertores canadienses y algunos civiles italianos– a Roma, donde no llamen tanto la atención y puedan confundirse con otras bandas que ya operaban en la capital. Siguen atracando, vestidos con el uniforme estadounidense y el brazalete de la policía militar.

La tienda de vinos

El martes 10 de octubre, sobre las 9 de la noche, Schmiedel y uno de sus principales compinches, un tal Adams, entran en una pequeña tienda de vinos de la Via Príncipe Amedeo de Roma. No han ido a beber, Schmiedel lleva una Smith & Wesson calibre 38 y Adams una Beretta. Piden a los 8 clientes que se encuentran dentro que dejen sus carteras sobre una mesa y levanten las manos. Al principio los italianos se dejan engañar por los distintivos y creen que son policías militares que quieren inspeccionar sus documentos.

Scmiedel apunta mientras Adams va recogiendo las carteras. En el momento en que los italianos se dan cuenta de que en realidad están siendo atracados, se produce un revuelo en el que Schmiedel dispara su arma, que hiere de muerte a Eolo Ferretti, 44 años, hijo del propietario.

Loa atracadores huyen, pero los investigadores del ejército se emplean a fondo: se localiza a los miembros de la banda y se consiguen varias detenciones, entre las que está la de Adams. También consiguen una foto de Lane/Scmiedel y la distribuyeron por Roma y Nápoles. El 3 de noviembre es atrapado en Roma con el arma del crimen encima.

Nueva fuga y condena

A la espera de un nuevo juicio se le encarcela en las dependencias policiales del ejército en Roma. El 24 de diciembre, junto a otros compañeros de la banda intentan una fuga. Adams forma parte del grupo pero no lo consigue, Schmiedel vuelve a escaparse, aunque un par de días después vuelve a ser detenido.

En febrero de 1945 el ejército acusa a Adams, 23 años, y a Schmiedel, 22, del asesinato en la tienda de vinos y del resto de delitos ya comentados aquí. El 26 de marzo, la corte marcial los haya culpables de todos los cargos y los condena a “ser colgados del cuello hasta morir”.

Al final Adams consiguió que le conmutaran la condena y fue liberado en 1958. Pero ni las revisiones, ni la carta de su padre al presidente Roosevelt implorando perdón sirvieron de nada a Schmiedel.

El 11 de junio de 1945 le llegó su hora. Según la revista del ejército, se mantuvo tranquilo mientras se le leyó al sentencia. Sus últimas palabras fueron: “sé que he hecho mal y estoy dispuesto a pagar por ello”. Luego avanzó con una capucha negra en la cabeza hacia la horca. A las 8:17 de la mañana cayó la trampilla, 13 minutos más tarde un médico militar certificó su muerte.

Scmiedel fue uno de los 96 soldados estadounidenses ejecutados por su propio ejército en Europa y el Norte de África por distintos delitos. Gente que en la locura que es toda guerra vieron la oportunidad de usar las armas que ponían en su manos según su propio criterio y particular beneficio; de robar y matar en su único nombre, y no en el de la patria. Y, consecuentemente, fueron castigados por ello.

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