Johann Reichhart, al servicio de Alemania

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johann reichhart

Johann Reichhart siguió el negocio familiar, el que le enseñó su padre y su abuelo. Pero había empezado antes, ocho generaciones antes, nada menos. Johann hizo lo que había hecho siempre su familia. A falta de sus memorias (qué pena), desconozco si tuvo algún momento de rebeldía contra sus mayores o siempre aceptó su destino, al que dedicó toda su vida.

El caso es que una vez aceptado se dedicó en cuerpo y alma, como debe hacer un verdadero profesional. Él se lo tomaba muy en serio. Los más viejos del lugar deben recordarlo todavía con su uniforme, impecablemente vestido a la antigua usanza de su profesión: traje negro, camisa blanca, corbata negra de lazo, guantes blancos y sombrero de copa. Era muy estricto. Siempre aferrado a una libreta donde registraba todo con la exactitud y pulcritud que se presupone a un profesional germano.

También le acompañaba siempre su principal instrumento de trabajo, su fallbeil portátil.

Fallbeil
Fallbeil

¿Qué es una fallbeil? Una variante alemana de la guillotina francesa. Johann era verdugo. Un profesional que quitó la vida a 3.165 personas desde 1924 a 1947. Un buen profesional siempre es valorado y el señor Reichhart mató para la república de Weimar, para los nazis y para los aliados. Claro que, tal como están imaginando, no mató igual para todos. Sus años dorados fueron de 1939 a 1945, en los que, según sus propios registros, mató a 2.876 hombres y mujeres en nombre del Tercer Reich.

Joahnn Reichhart nace en un pueblecito de Baviera en 1893, en una familia de verdugos. Su tío Franz, lo fue durante muchos años, hasta que se jubiló. En la Primera Guerra Mundial sirve en las trincheras de Verdún, así que toda la crueldad y muerte imaginable ya la vio antes de empezar en su oficio, la lleva en sus ojos cuando vuelve a Munich y solicita el puesto de verdugo para el estado de Baviera. En abril de 1924 es nombrado oficialmente, en julio de ese mismo año tiene su primer día de trabajo.

En 1929 se traslada a vivir a Holanda, donde abre un puesto de verduras. Solo vuelve a Alemania para algún trabajito concreto. Esto lo hace porque parece ser que no era muy popular en su pueblo. Esas cosas pasan, incluso a quienes están a favor de la pena de muerte no les hace gracia tener un verdugo cerca.

 Condenados a entenderse

Con la llegada de Hitler al poder en 1933, Reichhart demuestra un gran olfato para el negocio y vuelve a Alemania. Su relación con el nuevo régimen no podía salir mal, estaban condenados a entenderse. Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer y un verdugo diligente para servirlos a todos. Cuatro años después (no se cómo interpretar esta tardanza) se une al partido nazi, desconozco si por motivos profesionales o sentimentales. O tal vez un poco poco de ambos. El caso es que los nazis tienen mucho trabajo para Johann eliminando a delincuentes comunes o a enemigos políticos. Éstos últimos eran los más peligrosos para los tribunales nazis, cualquier oposición al régimen suponía traición a la patria y merecía la muerte.

El método habitual es la decapitación mediante la fallbeil, una guillotina de fabricación alemana, más pequeña y con una hoja más pesada que la original francesa. Reichhart la perfecciona para matar más limpio y más rápido. La eficiencia es el valor supremo del nuevo régimen y parece que Johann se acomoda bien a eso, lo llevaba de serie. Con su fallbeil, por ejemplo, mata a los hermanos Scholl. Hans, y sobre todo Sophie Scholl, integrantes de La Rosa Blanca, han pasado a la historia como unos de los pocos héroes alemanes que se opusieron a los nazis.

De izq a derecha: Hans Scholl, Sophie Scholl y Christoph Probst
De izq a derecha: Hans Scholl, Sophie Scholl y Christoph Probst

La ventaja de su fallbeil es que es portátil, muy manejable, y puede acompañarle por toda Alemania, Austria, Polonia y otros territorios ocupados, donde es requerido Johann cada vez con más frecuencia. Tanto es así que le dieron un permiso especial para saltarse los límites de velocidad y que pudiera llegar a tiempo a las numerosas ejecuciones. Todo legal, todo con la documentación oportuna, muy civilizado. Debían verlo como un médico de urgencia, velando por la salud del Reich.

El negocio le va bien, con tal pico de actividad gana dinero que le da para comprarse una buena casa. Pero la guerra se acaba, y acaba mal para los jefes de Johann. Cuando ve venir a los aliados tira su guillotina al río e intenta disimular, como tantos otros.  Yo no se nada, nunca estuve allí. No cuela porque, como miembro del partido, será incluido en el programa de desnazificación.

Pragmatismo democrático

Pero los aliados también saben ser pragmáticos y valorar su talento, así que posponen el juicio para que antes haga ciertos trabajos para ellos, ajusticiando a criminales de guerra nazis en Landsberg, esta vez en la horca. Así que Reichhart vuelve a ser contratado, pero para eliminar a sus antiguos jefes. La misma meticulosidad con la que mató a Sophie Scholl la usa ahora para encargarse de Martin Gottfried Weiss, ex-comandante de Dachau, y que dios me perdone por juntar ambos nombres en la misma frase. No está claro el número de ejecuciones (unos hablan de 150, otros dicen que solo unas 20) pero se estima que estuvo trabajando para los estadounidenses hasta mayo de 1946 como asistente de verdugo.

Ejecución de Weiss
Ejecución de Martin G. Weiss

Porque los nazis han sido vencidos, pero la vida sigue y los vencedores no hacen ascos a los servicios de nazis experimentados en lo suyo. A Stalin ya se le supone despojado de cualquier sentido moral pero sus aliados occidentales no le van a la zaga. Por un lado es complicado culpabilizar a todo un país ¿qué haces con ellos? pero por otro, presuntos criminales son liberados de sus responsabilidades: un buen espía, un físico especializado en armamento o un experimentado agente de la Gestapo son muy útiles a unas democracias occidentales que acaban de empezar otra guerra, esta vez contra los soviéticos.

Aunque tal vez la reconversión de Reichhart no era por su utilidad – el famoso verdugo británico Pierrepoint, por ejemplo, podía hacer el trabajo– sino una especie de justicia poética contra los criminales nazis. Usaron la misma herramienta, Johann, que ellos habían usado contra sus víctimas.

Reichhart no estaba cómodo con eso, adujo que tenía miedo a venganzas (no se desnazifica de la noche a la mañana, aunque interese creerlo) y prefiere enfrentarse a un juicio. Es condenado a dos años de prisión en un campo de trabajo y se le confisca la mitad de su patrimonio. También se le inhabilita para cualquier cargo público y se le prohibe el voto y la actividad política, condena habitual para miembros destacados del régimen.

Johann deja de ser útil, queda arruinado y se divorcia. Su hijo Hans se suicida en 1950, al parecer a causa del enorme peso de su apellido, aunque eso nunca se sabe. Él desaparece del foco hasta que muere en abril de 1972 en una residencia de ancianos de Baviera. Es incinerado y enterrado junto a sus dos hijos y su tío Franz, desapareciendo con ambos una larga estirpe de verdugos.

 

Postdata:

Es una pena no disponer de ningún tipo de diario o memorias de Johann Reichhart. Tal vez sería decepcionante pero también podría ayudarnos a entender a ese hombre, si realmente tuvo elección o sentía que cumplía un deber ineludible, o qué opinaba sobre la pena de muerte. De Albert Pierrepoint, antes mencionado, sí tenemos una autobiografía. Y me he encontrado con esto, que no me resisto a transcribir:

«Si la muerte fuera disuasoria, yo debería saberlo. Todos los hombres y mujeres que he encarado en ese momento final me han convencido de que lo que yo he hecho no ha prevenido un solo asesinato. Si la muerte no sirve para disuadir a una persona, no debería preservarse para disuadir a ninguna otra”.

 

3 comentarios sobre “Johann Reichhart, al servicio de Alemania”

  1. Toda una «profesión»,para aquellos tiempos,un «profesional» como éste,no cualquiera era capaz de ocupar ese lugar.De todos modos,a mi parecer,solo se trata de un trabajo como cualquiera, se diferencia de otros,por su contexto y tiempo.

    1. Hombre, yo no diría que es un trabajo como cualquier otro. Fíjate que ni siquiera para él lo era, que venía de una tradición familiar, que era ‘lo que había visto en casa’ desde que nació. En un momento intentó dedicarse a otra cosa.
      No juzgo al personaje, pero de ahí a comprarlo con un panadero, por ejemplo…
      La lástima, como digo en el post, es que no haya dejado nada escrito sobre lo que él pensaba del asunto. Hubiera sido muy interesante.

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