Franz Honiok, la primera víctima

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En 1939 Franciszek –Franz– Honiok tenía 43 años y vivía en Silesia, una región fronteriza entre Alemania y Polonia. Malos tiempos para vivir allí.

Franz no era militar ni político sino un campesino de ascendencia polaca que vivía en la Silesia alemana y que había participado en algunos actos en favor de Polonia, lo que le había llevado a probar cómo se las gastaba la Gestapo.

No era necesario hacer gran cosa para acabar en el radar de la Gestapo, Honiok no era sino uno más de los miles de presos encarcelados por los nazis por su origen o ideología.

Pero Franz iba a ser recordado años después. Sin comerlo ni beberlo, por un atropello del destino, Franciszek Honiok se iba a convertir en la primera víctima de la Segunda Guerra Mundial.

El ataque el 31 de agosto de 1939 a una emisora de radio alemana en Gleiwitz (Gliwice en polaco) iba a suponer la muerte de Honiok y la excusa que necesitaba Hitler para la guerra que quería.

Luego voy con Honiok, primero un poco de contexto.

El “corredor polaco”, llamado por los polacos “Voivodato de Pomerania”.

Tras anexionarse Austria y parte de Checoslovaquia y comprobar que “la comunidad internacional” era incapaz de reaccionar, Hitler fijó sus ojos en Polonia. Tras los acuerdos de Versalles la región alemana de Prusia Oriental había quedado separada del resto de Alemania por el famoso corredor polaco, como le llamaban los alemanes. La llegada de los nazis al poder había reavivado el conflicto. El objetivo declarado públicamente por Hitler era unificar a toda la población alemana bajo un mismo país; el no declarado era invadir Polonia tras llegar a un acuerdo con la Unión Soviética (23 de agosto) que le dejaba las manos libres.

Por aquello de la cohesión interna, la diplomacia y tener los papeles en orden, un país siempre busca una excusa presentable para declarar la guerra, ya sea la voladura del Maine o unas inexistentes armas de destrucción masiva. Así que los alemanes se pusieron a ello y lo llamaron Operación Himmler. La operación involucraba a las SS y la Gestapo, y estaba dirigida por el propio Heinrich Himmler y por Reinhard Heydrich, lo mejor de cada casa.

Todo aquel verano la propaganda alemana se había volcado en denunciar supuestas persecuciones de la mayoría polaca contra la minoría alemana e informar sobre distintos altercados en la frontera, siempre responsabilidad de los provocadores polacos. A finales de agosto había llegado el momento de la acción definitiva.

La abuela murió

La noche del 31 de agosto de 1939 el SS-Sturmbannführer (comandante) Alfred Naujocks recibía un mensaje en clave:  Grossmutter gestorben (“la abuela murió”). Era la orden de salida hacia la emisora de Gleiwitz. La estación de radio –la más importante de la región– había sido construida en 1935 por la empresa alemana Lorenz y poseía dos antenas fabricadas en madera de alerce de 111 metros de altura. Una de las antenas aún se conserva (la estación es ahora un museo) y es la torre de madera más alta del mundo.

Horas después de aquel mensaje en clave, la Agencia Alemana de Noticias informa de un ataque a la emisora de Gleiwitz perpetrado por unos partisanos polacos que emitieron un comunicado en favor de un levantamiento polaco. Tras unos 15 minutos de enfrentamiento “los polacos fueron reducidos por la policía alemana que abrió fuego contra ellos; varios de los polacos resultaron muertos, pero las cifras aún se desconocen”.

Uno de esos muertos sería Honiok, que ni era polaco ni había participado realmente en la acción. Pero tengan paciencia, que en breve voy a ello.

Esa misma noche la BBC transmitía que le habían llegado “informes de un ataque a una estación de radio en Gleiwitz”, aunque de momento se desconocían más detalles.

Heyndrich y Naujocks

Los detalles no se conocieron hasta tiempo después. Una parte salió a la luz durante los juicios de Nuremberg (1945) y el resto años más tarde, en 1958, en una entrevista concedida por el propio Naujocks al escritor británico Comer Clarke en Hamburgo.

Tal como Alfred Naujocks –presentado por Clarke como “el hombre que comenzó la última guerra”– explicó, el plan era que soldados alemanes disfrazados de polacos llevaran a cabo una típica operación de falsa bandera para culpar a estos últimos.

De pie Alfred Naujocks, sentado Reinhard Heydrich

Días antes de la acción, Naujocks había sido llamado a una reunión con el todopoderoso Reinhard Heydrich. En su despacho, ante un gran mapa detallado del este de Europa, le comunicó que se estaban preparando para entrar en guerra contra Polonia, pero que necesitaban una excusa. “Hemos organizado incidentes en Danzig, a lo largo de la frontera este de Prusia con Polonia, y a lo largo de la frontera alemana. Pero tiene que haber algo grande y obvio”.

En ese momento, Heydrich apuntó con su dedo un punto del mapa: “Aquí es donde entran ustedes. La idea es que seis hombres bajo su mando irrumpirán en la estación de radio de Gleiwitz, golpearán al personal y emitirán un discurso, en polaco y alemán, en el que atacarán a Alemania y al Führer y anunciarán la intención de Polonia de tomar por las armas los territorios en disputa”.

Dicho y hecho. A los 8 de la tarde del día 31 de septiembre, Alfred Naujocks, y su comando de operaciones especiales de las SS llegó a Gleiwitz. Entraron por la fuerza, Naujocks disparó unos tiros al aire y ordenó a uno de sus hombres, Karl Hornack, que hablaba polaco, que se dirigiera hacia el micro para hacer su declaración.  “¡Atención! Esto es Gliwice. La emisora de radio está en manos polacas…”.

Eso es todo lo que se pudo oír. Por dificultades técnicas, el resto del mensaje no pudo emitirse. El objetivo inicial, que la falsa amenaza polaca se escuchara directamente en París y Londres, no se logró. Pero inmediatamente esas palabras fueron replicadas coordinadamente por todas las estaciones de radio alemanas; luego la BBC, The New York Times y el resto del mundo.

Carne en conserva

Se que hace rato que están impacientes: ¿qué pinta Franz Honiok en todo esto? Ahora llegamos.

Los alemanes necesitaban enseñar alguna prueba que reforzaran el engaño de que los polacos habían atacado la estación de radio. Tras vaciar la emisora de testigos, se habían trasladado varios cadáveres de presos comunes traídos desde Dachau. Se les había vestido como polacos para mostrarlos como los atacantes, víctimas de su enfrentamiento con la policía alemana. Pero, a pesar de que a los cadáveres se les había proporcionado documentación falsa, los nazis prefirieron desfigurarles la cara ante el riesgo de una identificación real.

Así que necesitaban a alguien con nombre y apellidos reales para mostrar al mundo como autor y víctima del ataque polaco a Gleiwitz. Y el elegido fue Franciszek Honiok, un alemán de ascendencia polaca que había participado en actos a favor de la Silesia polaca y que había sido detenido por la Gestapo el día anterior con el objetivo de ser la víctima propiciatoria.

Honiok fue lo que los alemanes llamaban en clave “carne enlatada” (Konserven). Un condenado mantenido vivo para poder ser utilizado cuando conviniera. Franz fue vestido con uniforme del ejército polaco y trasladado inconsciente, tras drogarlo, hasta Gleiwitz. Allí le pegaron un tiro en la cabeza y lo dejaron ante la puerta de la emisora, para que quedara como prueba de la culpabilidad polaca del ataque.

Soldados alemanes cruzando la frontera polaca el 1 de septiembre de 1939

El resto es historia. Porque esa misma madrugada del 1 de septiembre, a las 4.45, empezaba la invasión alemana de Polonia y al día siguiente Hitler lo justificaba ante el Reichstag como un movimiento defensivo tras las diferentes agresiones polacas, aunque curiosamente no mencionó expresamente el ataque a Gleiwitz.

Olvido

Tras la primera e insistente propaganda nazi, dicho ataque y el nombre de Franciszek Honiok pasaron al olvido. Aunque supuso el inicio de la guerra, aquello no era más que un pequeño detalle ante todo el horror que se desencadenó en los 6 años siguientes.

Torre de Gliwice en la actualidad

Tras la guerra a nadie interesó rescatar la figura de Honiok: ni a los alemanes, por supuesto, ni tampoco a los rusos o a los polacos. Su muerte no ha recibido, al menos hasta ahora, ningún tipo de conmemoración o recuerdo. En un interesante reportaje de The Telegraph su sobrino y único pariente vivo que queda, Pavel Honiok, declara que “nadie ha querido hablar de lo que sucedió, siempre ha sido secreto (…) incluso mi propia familia tenía demasiado miedo de hablar sobre eso cuando era niño y pasaron muchos años antes de que empezáramos a escuchar algo sobre lo que le sucedió”.

Y añade. ”Lo único que sé es que se rumorea que su cuerpo fue enterrado en las montañas. Pero no hay monumento. Era como si Polonia estuviera avergonzada de la forma en que su cuerpo fue utilizado para comenzar la guerra”.

Lo único que ha conseguido Franz después de tantos años es el dudoso honor de ser considerado, oficiosamente, la primera víctima de la Segunda Guerra Mundial; el primero de 60 millones de muertos.

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