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Elizabeth Siddal ¿heroína o víctima del arte?

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En 1849 Elizabeth Siddal todavía no sabía que iba a pasar a la historia como la Beatriz de Dante o la Ofelia de Shakespeare. No imaginaba que iba a ser una ‘supermodel’ del siglo XIX. Y no solo musa, también artista. Lizzie tenía en ese momento 19 años y trabajaba en una tienda de sombreros, en Londres. Necesitaba el trabajo. Su familia, de presunto origen noble, hacia un tiempo que había cogido el ascensor social hacia abajo a toda pastilla. 

Pero un día entró en la tienda Walter Deverell, un pintor que al instante supo que aquella muchacha era perfecta para el nuevo ideal de belleza que intentaba imponer. Siddel aceptó posar para Deverell y su vida cambió totalmente.

No se si para bien o para mal, eso lo decidirán ustedes si se quedan a leer su historia. 

Deverell captó el atractivo especial de Lizzie, alejado del canon del momento. Siddal era alta, esbelta, de largo cuello, ojos grandes y magnéticos y un cutis de porcelana blanquísima. Y sobre todo ello destacaba una salvaje cabellera de un rojo cegador. Una estampa que la convertiría en la principal musa del romanticismo prerrafaelita.

Pero Siddal estuvo en el meollo del movimiento no solo como su modelo favorita. Se casó con uno de sus fundadores, Gabriel Rosseti y ella misma escribió y pintó. Aunque, como suele pasar en estos casos, la obra de Elizabeth Siddal (1829-1862) no fue reconocida hasta muchos años después de su trágica muerte. 

Los prerrafaelitas

Antes de seguir con Elizabeth Siddal hay que detenerse un  momento en la Hermandad Prerrafaelita. Éstos eran un grupo de jóvenes artistas que, como es su obligación, querían romper con los cánones artísticos de sus mayores. 

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Estudio para Ofelia (John Everett Millais, 1852)

En su mayoría hombres de clase alta, exquisita educación y buenas rentas para dedicarse a pintar, escribir poemas y hacer crítica artística. La Hermandad fue fundada en Londres en 1848 por John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y William Holman Hunt. También cabe destacar al crítico de arte John Ruskin. 

La mirada de estos artistas buscará un pasado romántico, destacando personajes y temas medievales muy idealizados. Elizabeth Siddal tenía la presencia perfecta para encarnar ese ideal. Como heroína o como víctima. No se cuál de las dos vieron ellos en Siddal. 

Elizabeth Siddal y la muerte de Ofelia

Una de las primeras piezas para las que posó Siddal es la que le ha hecho más famosa y que hoy día es una de las joyas que exhibe la Tate Gallery de Londres: “Ofelia” (1852), de John Everett Millais. 

El cuadro recrea la muerte del personaje de Ofelia en Hamlet, algo que en la obra no se representa, sino que la cuenta uno de los personajes. La pintura de Millais es, por tanto, la primera representación gráfica de la misma. Y la que fijará el tema, con Elizabeth Siddal como la ‘verdadera’ Ofelia.  

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«Ofelia» (John Everett Millais, 1852)

Se supone que Ofelia flota sobre el agua, con solo la cara y las manos fuera, mientras el vestido flota y su vida se apaga poco a poco. Para captar exactamente esa imagen Millais mete a Elizabeth en una bañera durante horas. Calienta el agua con unas velas bajo la pila, que supongo que no conseguirían gran cosa. Así Siddal tenía la expresión apropiada para el cuadro: muerta de frío. 

Además, en una de las sesiones, el pintor, absorto en su trabajo, no se dio cuenta de que las velas se habían apagado. Elizabeth, muy profesional, no se quejó. Pasó horas empapada en el agua fría. Y enfermó gravemente, dejándole además secuelas para toda la vida. La Ofelia del cuadro se moría, Elizabeth estuvo cerca.

Tras renacer después de Ofelia empieza en verdad la nueva vida de Elizabeth Siddal.

Musa, esposa y artista autodidacta

Nunca más volvió a posar para Millais, aunque sí se convirtió en la musa preferida de todos los pintores prerrafaelitas. Y entre todos ellos, la preferida de Dante Rosseti. Fue su Betriz, en el famoso cuadro «Beata Beatrix» (1870), que rememora la famosa obra de Dante Aligheri. 

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Beata Beatrix (Dante Rosseti, 1870)

Pronto surgió el flechazo e iniciaron una relación.  Rosseti se dedicó a pintar a su amada de manera casi obsesiva. La admiraba hasta el límite, pero más como un ideal o como un objeto precioso que como una persona de carne y hueso. Era una relación abusiva de posesión; le prohibió posar para nadie más. 

Pero Rosseti sí se dio cuenta del potencial de Elizabeth Siddal para el arte. Ella iba sobrada de inteligencia, sensibilidad y ganas de aprender. De forma autodidacta, y con alguna ayuda de su marido (a modo de Pigmalión) la joven analfabeta se fue convirtiendo en una poeta y pintora de cualidades notables. 

Soledad y láudano 

Rosseti andaba por ahí con su vida de artista bohemio mientras Siddal se quedaba en casa centrada en sus poesías y sus cuadros. Y dándole al láudano.

No tengo claro si empezó como remedio médico para una salud débil –empeorada tras lo de Ofelia–  o simplemente como divertimento; el uso recreativo del opio no era algo inusual en ciertos ambientes.  El caso es que acabó muy enganchada al láudano, del que no logró deshacerse hasta el final de su corta vida. 

Las infidelidades de su marido, que ella misma deja entrever en sus poemas, también ayudaron. Elizabeth lo llevó como pudo. Y con más láudano. Su carácter se fue haciendo más sombrío, inestable y melancólico. Prueba de ello es el impactante autorretrato de 1854. 

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Autoretrato (Elizabeth Siddal, 1854)

Esta claro que ella no se veía a sí misma tal como la idealizaron sus prerrafaelitas. 

Sus poesías van en la misma línea. En «Worn Out» (Agotada) escribe: “Sólo puedo darte un corazón herido/ Y unos ojos agotados por el dolor/ Una boca perdida no puede sonreír, / Y tal vez ya nunca vuelva a reír”. (La traducción y el poema original en elespejogotico). 

Boda, embarazo y muerte

Tras nueve años de relación, Rosseti vence los prejuicios de clase –él de familia rica, ella trabajadora– y accede finalmente a casarse. La salud física y mental de Elizabeth Siddal está ya bastante deteriorada.

En 1861 queda embarazada. La niña nace prematura y muerta, presumiblemente porque por aquel tiempo Siddal ya va de láudano hasta las cejas. El círculo vicioso se acelera. La depresión se acentúa. Cuentan los testigos que se la encuentran cantando una nana mientras mece una cuna vacía y pide silencio para dormir a un bebé inexistente. 

La noche del 10 de febrero de 1863 Elizabeth Siddal no pudo más. Tomó una sobredosis de láudano y cayó inconsciente. Durante esa noche se intentó reanimarla, pero en vano.  A primera hora de la mañana se certificó su muerte como accidental. Tenía pinta de suicidio, aunque igual solo se le fue la mano con el láudano.

Tumba y legado 

Podríamos decir que por fin descansó, pero no sería del todo cierto. Rosseti estaba sufriendo problemas de visión, por los que había decidido pasarse de la pintura a los versos. La muerte de su esposa le conmocionó y decidió coger sus poemas inéditos y meterlos en el ataúd, junto a su amada. 

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La segunda por la izquierda es la tumba de Elizabeth Siddal. Foto: Andrea Pucci / Getty

Años después, con la vista ya muy tocada (y dicen que también un poco pasado de drogas) Rosseti quiso recuperar esos versos que había enterrado junto a la roja cabellera de Elizabeth. Él no fue, pero un grupo de amigos accedió a abrir la tumba y recuperar los versos. El hecho se hizo público, los legajos estaban muy dañados y tampoco consiguió gran cosa, más que la falta de respeto final hacia su exmujer fuera conocida por todo el mundo. 

Elizabeth Siddal dejó el rostró de Ofelia para la posteridad y una diosa idealizada y luminosa como musa del prerrafaelismo. También otra cara, muy distinta, en su propia pintura. Y unos poemas rescatados por los amantes del gótico romántico muchos años después que no hablan de una vida plácida, precisamente.

Con solo 32 años. Una vida trágica, corta e intensa. ¿Se arrepentiría alguna vez de dejar la sombrerería?

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