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El hombre del traje blanco

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Viendo por la tele como Francisco, el nuevo Papa de Roma, nos bendecía desde su balcón pensaba que ya tenía tema para esta semana.  ello esta semana. Pero no era el Papa. Deslumbrado por la blancura inmaculada del cardenal argentino recién ascendido me vino la imagen de otro hombre con traje blanco nuclear: Alec Guiness. No me digan que Sir Alec no daría bien como Papa. Y en cierta manera lo fue, nada menos que Obi Wan Kenobi, cardenal destacado del jediismo. Así que en mi retorcido sentido de la actualidad hoy les voy a hablar de cine, de una peli que me marcó: El hombre del traje blanco. Y, más concretamente, de su escena final.

El hombre del traje blanco (The man in the white suit, 1951) es película británica dirigida por Alexander Mackendrick para la productora Ealing, creadora de deliciosas comedias británicas durante los años 40 y 50. El argumento nos lleva a Sidney Stratton (Alec Guiness), un científico solitario y visionario; un químico graduado en Cambridge que ha salido rebotado de sus últimos siete empleos y al que solo le interesa su investigación para lograr un tejido que no se rompa ni se ensucie. Está dispuesto a lo que sea para conseguirlo. Stratton consigue el tejido, un éxito que acabará enfrentándole a todo el mundo ya que ni a patronos ni a obreros les interesa, supondría el fin del sistema tal como se conoce.

La escena elegida en esta ocasión son los últimos 15 minutos de película, cuando la película enloquece por completo:  Stratton ha conseguido hacerse el traje e inicia una alocada huida con la intención de publicar su descubrimiento, mientras todo el mundo intenta impedírselo. 

Nos situamos en la parte final de la película. La huida de Stratton comienza escapándose de la mansión del dueño de la empresa. Allí es tentado con dinero por una mujer hermosa, y rechaza ambas cosas. Su traje blanco también representa la pureza o, si prefieren, la ingenuidad del personaje.

Pero la huida de los patronos será para caer en las brasas. El rumor sobre el traje se ha extendido y los obreros no son ajenos a que dicho descubrimiento les dejará sin trabajo en unos meses. Tienen que evitarlo a toda costa, así que lo atrapan y lo encierran en una habitación. Aprovecha Mackendrick esa escena para caricaturizar a Stratton como al caballero de brillante armadura, un Don Quijote moderno, digno y a la vez ridículo, que lucha contra la realidad que lo rodea.

Los dirigentes obreros se dirigen a la mansión donde los patronos han montado un ‘comité de crisis’. Sidney es el futuro inmanejable que les asusta. Rápidamente llegan a un acuerdo. Un personaje, al que podríamos llamar “el socialdemócrata”, (lo vemos en el fotograma mediando entre patronos y obreros) se marca un impecable adelantamiento a Marx por la derecha:

“Queridos amigos, deben darse cuenta de que no existe ninguna clase de discrepancias. La empresa y el productor van de la mano en este asunto. Una vez más, como tantas veces en el pasado, cada uno necesita de la ayuda del otro”.

A la reunión llega la noticia de que Sidney ha escapado y todos se lanzan, juntos, en su batida por las calles. Es el momento cumbre de la película, que se convierte en una mezcla de cine cómico y expresionismo alemán. La fotografía está muy lograda, las sombras de las calles desiertas contrastan con la luminosidad del traje de Guiness. Su traje brilla en la oscuridad y ese hombre gris que se paseaba por la película pasando desapercibido se convierte en un blanco fácil (perdón por el chiste malo). Ahora quisiera camuflarse pero no puede, es demasiado excepcional.

Durante su huida se cruza con la señora Watson, su casera, quien le ayudó cuando él no podía pagarse ni la habitación ni la comida. Ella le pregunta cómo podrá ganarse la vida lavando si no hay nada sucio que lavar.  Es una bofetada en la cara de Sidney, una pequeña catarsis que lo saca por un momento de su mundo irreal y le pone los pies en el suelo. O tal vez lo arranca de su propio ombligo, ya que no tengo tan claro si Stratton actúa por altruismo o por vanidad.

En un montaje paralelo nos enteramos de que el tejido es inestable, el experimento ha fracasado. Las palabras de la señora Watson dejan a Sidney conmocionado, delante de las puertas de la fábrica, donde lo encuentra el comité de linchamiento, que lo rodea expectante. El primero de ellos se abalanza sobre él y le agarra del traje, percatándose de que éste se hace pedazos.

El sueño de Stratton se deshace, literalmente. Para patronos y obreros el peligro ha pasado y lo celebran riendo y gritando, arrancándole a Stratton el traje y dejándolo casi en ropa interior en medio de la calle. Solo las dos mujeres de la película que le han apreciado, Berta, la obrera, y Daphne, la hija del patrón, sienten pena por él.

Cuando callan las risas le hacen un pasillo y él se retira, humillado y a la vez digno en su derrota. Alguien le ofrece un abrigo para que se tape. Un abrigo como los demás, Stratton vuelve a ser un hombre como los demás.

Aunque con tonos negros, la película es una comedia y se permite el típico final esperanzador. O inquietante, según se mire. Sidney se despide de la fábrica y la voz en off nos dice que la crisis ha pasado, que ha sido el final de una quimera. Él camina repasando sus notas hasta que sonríe y exclama “Claro”. El sonido usado durante la película para el laboratorio nos indica que Sidney está preparado para un nuevo intento, que no se da por vencido.

 La quimera continúa, el sistema no está a salvo de soñadores. ¿Se imaginan que Francisco fuera un poco Stratton? Interesante idea ¿no? No se, ha empezado prescindiendo de joyería y hablando de pobreza, dios dirá.

Pero volvamos al cine. El hombre del traje blanco no es una película tan redonda como El Quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955), que recomiendo fervientemente, pero es otra de esas películas que me impresionaron cuando la vi de niño, por eso me apetecía compartirla con quien quiera leer esto.  Lo primero que me gusta de ella es que es difícil de encasillar. Mackendrick la definió como “una película de dibujos animados politizada”. Si él lo dice será cierto. También tiene rasgos de película fantástica. La mezcla de cine fantástico y comedia me recuerda a veces a El hombre invisible de James Whale, (The Invisible Man, 1933), otra maravilla maltratada por sus remakes.

La comedia llega por momentos al slapstick y enloquece en el tramo final, la escena descrita aquí. También incluye a una historia sentimental que se va diluyendo y que es lo más flojo del conjunto, ya que distrae más que otra cosa. Todo ello para rebajar la tremenda carga política subterránea.

También me parece una película muy actual en estos tiempos en los que el sistema económico, más que nunca, se basa en la llamada ‘obsolescencia programa’. Como ven no es un tema nuevo y el film plantea un dilema que no tiene fácil solución. La lógica del sistema soporta difícilmente la reforma y expulsa cualquier elemento que haga rechinar el mecanismo; la otra solución, el cambio radical, provoca el miedo al abismo de lo desconocido. A su vez, en el plano más existencial El hombre del traje blanco también tiene ecos ludistas, o como el avance de la ciencia por encima de cualquier consideración económica y/o social puede tener consecuencias catastróficas. Eso nos podría llevar a otro debate, también antiguo: ¿el avance tecnológico se corresponde con un avance moral o espiritual del hombre? No se asusten, lo dejo aquí.

Otro aliciente es disfrutar de la magnífica interpretación de Alec Guiness, que ya apuntaba en estos años el extraordinario actor en el que se iba a convertir, uno de los más grandes de la historia del cine, más allá de túnicas y espadas láser.

Bonus track: los Estudios Ealing y el british style

El nombre del director norteamericano (de origen escocés y criado en Glasgow) está muy ligado a la productora Ealing, dónde realizó sus trabajos más notables, como la película que nos ocupa, La Bella Maggie (The Maggie, 1954) o la ya mencionada El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955), con un genial Peter Sellers.

Otras de las películas destacadas de Ealing son “Ocho sentencias de muerte” (Kind Hearts and Coronets; Robert Hamer, 1949) u “Oro en Barras” (The Lavender Hill Mob; Charles Crichton, 1951).

Durante los años 50 los estudios fundados décadas antes en un barrio periférico de Londres se dieron a conocer por unas producciones de escaso presupuesto que fueron muy bien acogidas por el público y situaron al cine británico en el mundo. Se caracterizaban por un humor negro bastante ácido. Según las propias palabras de Michael Balcon, director y alma del estudio, en Ealing “se realizaron, durante un cuarto de siglo, numerosas películas que reflejan cómo son Gran Bretaña y el carácter británico«. Las películas del pequeño estudio londinense marcaron el carácter que luego han tenido películas y series de televisión que a primer golpe de vista identificamos como genuinamente británicas. Ahora me vienen la cabeza series como Yes Minister (1980-1984) o las últimas series de Rick Gervais. Ese humor incómodo con una gran carga crítica, desprovisto de los buenos sentimientos que acompañan a su homólogo norteamericano y que hace al británico mucho más afilado y, si me permiten, más preciso en la descripción de la naturaleza humana. También más incómodo, claro. Los dos tipos de comedia son terapéuticos, pero mientras un tratamiento es a base de cosquillas en el otro te clavan alfileres.

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