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Me gusta Ramoncín

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Se que decir esto en Internet es como entrar en el campo del Barça con un letrero de ‘Viva Mourinho’, pero ahí lo dejo.

La verdad es que el titular tiene un poco de trampa, como todos. No es que me guste el personaje en el que se ha convertido tras dejar la música por las tertulias y luego por la SGAE, una bajada en picado a los infiernos que él sabrá si le compensó.

Pero he de reconocer que lo escucho de vez en cuando, porque tengo una edad y en mi adolescencia era uno de los héroes del barrio. En mi barrio podías bajar por la calle de Los Chichos (qué grandes), girar por la esquina del Heavy Metal o sentarte en la plaza de los cantautores, en la que pasaba buenos ratos. O subir por la cuesta de lo que se llamaba rock urbano: Leño, Burning, Ramoncín y otros. Y me dió por ahí.

Ramoncín barriobajero, mucho antes de la SGAE
Qué jóvenes éramos. Yo mucho más, que conste.

Aquel chaval no era el tipo que es ahora, y me refiero a los dos.  Cuando me pongo las canciones, normalmente a escondidas, se produce la magia y los dos volvemos a aquellos maravillosos años.

Porque las canciones te acompañan toda la vida, e incluso evolucionan, pero siempre vienen marcadas por el lugar y el momento en el que nacen. En el estudio de grabación y en tu memoria, un lugar al que apetece volver de vez en cuando con un ipod y una cerveza.

Y vuelvo a aquellos vinilos, llenos de energía y con toda una vida por delante. Y mientras escucho veo las caras de mis amigos de entonces y de aquella chica que nunca volveré a ver, porque ya solo está cuando escucha conmigo Ángel de cuero, Hormigón mujeres y alcohol, Valle del Cas, Canciones desnudas, Forjas y aceros o Putney Bridge. ¡Cómo voy a desprenderme de ellas!

Así que mientras con Rosendo, el hermano bueno, legal, puedes salir a plena luz del día por las avenidas y sentarte en el parque, a Ramoncín lo veo en pequeños locales llenos de humo (en los bares de mi cabeza se fuma, pero no se lo digáis a la Pajín). Nos sentamos en un rincón y, como ahora mismo, recordamos, por ejemplo, aquel concierto en el que por primera vez toqué unas tetas por debajo de la ropa. La chica iba desabrochada y estaba tan borracha que se me cayó encima, yo solo quise evitar que se cayera y la agarré como pude. Puro romanticismo.

Llevo gafas de pasta, pero no me pidáis que renuncie a Ramoncín.

Prometo hacerlo a escondidas.

N.B. Ví el vídeo, y la ejecución que Ramoncín hace de la canción de Nirvana es algo cruel que nunca debía haber pasado. Una cosa no quita la otra.

¿Por qué insostenible?

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El nombre tiene, como todo en la vida, varios motivos.

El primero. No puedo estar cada día dedicándole el tiempo que merecería, me canso.

El segundo. La situación es insostenible pero nos  empeñamos en aguantar (yo el primero) y nos lo vamos repitiendo como una letanía (aquí igual soy el segundo).

El tercero. Me gusta la palabra, tanta sostenibilidad y tanta palabra hueca de políticos y asimilados para llenar la nada me pone de los nervios.

Son bienvenidos a este rincón todos aquellos (el masculino plural castellano es genérico, no excluye a nadie por su sexo ¿no es bonito, chicas?) que rechazan ese lenguaje políticamente correcto creado para disfrazar la realidad; y a los nuevos curas que desde distintos púlpitos (todos controlados por los partidos políticos, omnipresentes en este país) se empeñan en amargarme los telediarios. Van contra mí, porque, como cantaba el gran Serrat, entre esos tipos y yo hay algo personal. Y duele más porque hasta hace dos días, como el que dice, yo creía que eran los míos. Pero es que yo ya no se si soy de los nuestros.

Son bienvenidos también, por supuesto, esos nuevos curas. Este sitio es pequeño pero, si nos apretamos un poco, cabemos todos. Quien sabe, tal vez nos convenzan. Lo digo sin ironía.

Finalmente, todos aquellos admiradores del capitalismo especulativo, con pósters en el alma de Lehman Brothers, Goldman Sachs, la gente del FMI y compañía («gente que camina y va apestando la tierra«) no son bienvenidos aquí. Esos que se vayan a tomar por saco a otro lado. Son los mercaderes que Jesucristo, el de la otra mejilla, echó a golpes del templo.

Hasta él sabía que la tolerancia y el buen rollito tienen un límite.