Archivo de la categoría: Historias

Catástrofe en la isla de Pascua

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Cuando llegó el primero europeo a la isla de Pascua (Rapa Nui), el holandés Jakob Roggeveen en 1722, lo primero que tuvo que impresionarle, forzosamente, fueron los majestuosos moais (en idioma rapanui escultura) que le recibían dándole la espalda. Una vez en tierra descubrió una isla pobre y poco poblada y tuvo que preguntarse cómo es posible que tan poca gente y con tan pocos recursos pudieran levantar semejantes monumentos. Un misterio que se sigue discutiendo hoy día.

No se alarmen, esta entrada no va sobre el significado espiritual de los moais, quién los erigió (extraterrestres, dicen quienes subestiman a la raza humana) o cómo consiguieron hacerlo. Bueno, un poco sí. He llegado al tema leyendo el libro Colapso, en el que Jared M. Diamond estudia en el pasado y el presente el porqué algunas sociedades desaparecieron y otras perduraron. Una de mis lecturas optimistas para después de los telediarios.

Parece ser, al menos es la teoría más extendida esta mañana a primera hora, que entre los siglos XVI y XVIII hubo una hecatombe en dicha isla; una comunidad, no olvidemos, aislada completamente del mundo exterior, los únicos habitantes de su planeta. Una catástrofe medioambiental llevó a una cruenta guerra civil que casi exterminó a una población sumida en la desesperación que da el hambre. Y parece que los moais tuvieron algo que ver en ello.  Seguir leyendo Catástrofe en la isla de Pascua

Francisco de Cuéllar, náufrago en Irlanda

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Contra lo que dice la historiografía inglesa tradicional, el desastre de la Empresa de Inglaterra de 1588, también conocida como la Armada Invencible, no fue solamente obra de la marina inglesa, sino, muy mucho, de las tempestades y otros errores hispanos. De hecho, la mayor parte de las víctimas a manos inglesas fueron los exhaustos náufragos asesinados al llegar a la costa. Pero el náufrago del que voy a hablar hoy se les escapó a los ingleses. Franscisco de Cuéllar, logró salvar el pellejo y vivir para contarlo. La carta que dirigió a Felipe II contando sus desventuras  “que casi parecerá sacada de algún libro de caballerías”, según él mismo escribe, permaneció escondida trescientos años en la Real Academia de la Historia hasta que en 1884 fue rescatada. Si solo la mitad es verdad, su peripecia es asombrosa.
Como viene siendo tradicional con este tipo de personajes, Francisco de Cuéllar es más conocido en Irlanda que en la propia España. Se pueden visitar los lugares que frecuentó, cerca de Donegal, en el llamado “The Cuéllar Trail”. No hay personajes más olvidados en la historia oficial que los soldados derrotados.
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Paulin Gagné, el hombre que se quería comer el mundo

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Ante una crisis tan aguda todos debemos arrimar el hombro, poner nuestro granito de arena.  Lo primero es lanzar ideas para solucionarla. Yo voy a aportar una: comámonos a los viejos. A grandes males, grandes remedios. Ojo, la solución no es mía, es de Paulin Gagné.

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El Turco que venció a Napoleón

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10 de febrero de 1997, Nueva York, por primera vez una máquina gana una partida a un campeón del mundo de ajedrez. El campeón es Gary Kasparov y la máquina Deep Blue, una supercomputadora de IBM de 600 kilos de peso,  con 64 microprocesadores que le permiten analizar 200 millones de posiciones por segundo. El resultado final del encuentro es, sin embargo, favorable a Kasparov por 4 partidas a 2. Al año siguiente, a 6 partidas, ganó la máquina 3 y medio a 2 y medio. Aquello fue un acontecimiento mundial que creó gran expectación. Pero no era algo tan nuevo. Casi 200 años antes, en 1809, otra máquina, El Turco, se hacía famosa en el mundo al derrotar al mismísimo Napoleón Bonaparte.
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Hildegart, la hija imperfecta

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La madrugada del 9 de junio de 1933 había sido una noche calurosa en Madrid. Una noche especialmente terrible en un piso de la calle Galileo, el que ocupaban Aurora Rodríguez Carballeira y su hija Hildegart, de 18 años. Una noche en la que Aurora no ha pegado ojo. Tiene que tomar una decisión difícil, muy difícil: aguantar un poco más o acabar con la obra de su vida.

A las nueve de la mañana decide lo segundo. Entra en la habitación de Hildegart. Su hija todavía duerme. Fueron 4 disparos. Primero dos en la cabeza, luego otro en la barbilla y finalmente uno en el corazón, como para asegurarse.

No es un asesinato cualquiera, es un escándalo que conmociona a la España efervescente de la II República.

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Torres Quevedo, el Leonardo español

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En estos días de recortes en educación, paqué tanta educación tanta educación, a mí me ha apetecido hablarles del inventor más prolífico de la historia de la ciencia española: Leonardo Torres Quevedo. Seguro que todos ustedes, amables lectores, lo conocen desde el colegio porque en un país con una educación por encima de nuestras posibilidades debe ser de estudio obligado, pero yo es que ni me enteré, lo he descubierto hace cuatro días.

Sobre la biografía de Torres Quevedo (Cantabria 1852 – Madrid 1936) no me extenderé, pueden consultar aquí. Solo quiero resaltar su etapa de formación fuera de España y que viviera de las rentas de una considerable fortuna durante toda su vida, lo que le permitía tener tiempo y dinero propio para sus investigaciones. Solo así se explica su dedicación a la ciencia en un país como España, cuyo slogan más acertado (más que el Spain is different) sería la sentencia de Unamuno: ¡que inventen ellos! Y seguimos perseverando en la actitud, aunque ahora somos más rebuscados: formamos a los jóvenes en universidades españolas, los exportamos a golpe de paro para que una vez inventen cosas podamos comprar la tecnología a Alemania por un pastón. Brillante. Ah, coño, ahora entiendo lo de los recortes (a veces me cuesta).

Pero sigamos con nuestro Leonardo. En 1901, ya instalado en Madrid, pone en marcha el laboratorio de Mecánica Aplicada, que se llamaría más tarde de Automática, ese mismo año ingresa en la Academia de Ciencias y en 1920 en la RAE. Con esto quiero decir que reconocimiento en vida tuvo, aunque por aquel entonces, un país analfabeto ignoraba todo lo que no fuera el duelo entre Joselito y Belmonte. Ahora los cosas han cambiado mucho: no son toreros y se llaman Messi y Ronaldo. Cosas de la modernidad.

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