Archivo de la categoría: La zona gris

Nunca es blanco o negro pero hay situaciones y personas que habitan en territorios especialmente grises

Mastro Titta, matando al servicio del Papa

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mastro titta

Imagino a Giovanni paseando tranquilamente por su barrio del Borgo, tras jubilarse, siendo observado por todos. Había tenido dos trabajos. Con su mujer pintaba sombrillas que vendía a los turistas que visitaban Roma. Pero ese era el otro trabajo. En la ciudad todos le conocían por ser un funcionario muy particular del Vaticano. Había empezado a trabajar para el papa Pío VI a los 17 años; se jubiló, con Pío IX, a los 85 años, con una pensión de 30 escudos anuales, generosa para 1865.

Era famoso, su trabajo era público e intuyo que tendría admiradores y detractores. Giovanni Battista Bugatti, conocido por toda Roma como ‘Mastro Titta’, trabajó 68 años, de 1796 a 1865, dejando tal huella que su apodo se convirtió en la ciudad en sinónimo de su profesión. También dejó 516 cadáveres, a los que mató de uno en uno y a la vista de todos. El bueno de Giovanni era el verdugo del Papa.

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El secreto de Lina Rinkel

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lina rinkel

Elfriede, a la que todos llaman Lina, es una mujer menuda, de aspecto afable y hablar dulce. Nacida en Alemania, en 1922, había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. En 1959, en busca de una vida mejor y tal vez para dejar atrás el recuerdo de la guerra, deja su país y emigra a Estados Unidos. Llega a San Francisco y se junta con otros emigrantes alemanes.

Al año siguiente, en el club germano-americano conoce a Fred Rinkel, un judío alemán que tuvo más suerte que sus padres, muertos en el Holocausto, y ha podido escapar de la barbarie nazi. Dos años después, en 1962, se casan. Fred trabaja de camarero en buenos hoteles  y ambos viven  durante más de 40 años en Nob Hill, un barrio de San Francisco. No tienen hijos, llevan una vida sencilla, sin lujos. Los que los conocieron hablan de una pareja bien avenida que se entendía, se divertían juntos y se trataban amorosamente. Fred estaba implicado en la vida de la comunidad judía de la ciudad, siendo activista de la B’nai B’rith. Su esposa no podía acudir a las reuniones ya que no era judía, pero ayudaba a su marido en lo que hiciera falta. Probablemente allí se recordaba el horror del Holocausto, inevitablemente presente.

En 2004 muere Fred y Lina se queda sola con 82 años. En 2006, esa anciana bajita y regordeta, apoyada en un bastón por su artritis y con la pérdida de visión en un ojo por la diabetes es invitada por el gobierno estadounidense a abandonar el país y volver a Alemania. La razón es que Lina había mentido en su solicitud de asilo en 1959, ocultando un pequeño detalle: de junio de 1944 a  abril de 1945 Rinkel  había trabajado en Ravensbrück, uno de los más crueles campos de concentración nazis. Un pequeño detalle que nadie conocía, ni siquiera su esposo, que murió sin saberlo.

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La Tercera Ola

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La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona.
Voltaire

 

En 1967, Ron Jones era un joven profesor de Historia de la Cubberly High School, en Palo Alto, California, que se había encontrado a menudo con una pregunta de sus alumnos: ¿cómo pudo prosperar el nazismo en un país tecnológica y culturalmente tan avanzado como la Alemania de los años 30?

Eran los años 60, en los que todo parecía por inventar, y Jones un profesor joven con ganas de enseñar Historia y hacerla viva en sus alumnos. Licenciado en Stanford y con buen currículum, era un profesor carismático que ofrecía una nueva manera de enfocar las clases. Sus alumnos eran chicos blancos, hijos de profesionales liberales en un momento en que en Palo Alto nacía la industria de la informática. Para enseñarles la época nazi y responder a tan trascendental pregunta, Jones decidió dar a sus alumnos una lección de las que valen para toda una vida y puso en marcha un experimento: La Tercera Ola.

Iba a ser una semana muy intensa para aquellos chavales. La velocidad con la que aceptaron el experimento es escalofriante y sorprendió a todo el mundo. El propio creador se vio afectado y reconocía posteriormente: “Mi ego se infló, me gustó”. Pero vayamos paso a paso, son sólo cinco días.

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Alma Rosé, música para sobrevivir

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Alma Rosé era una obsesa de la música y como tal una directora de orquesta muy perfeccionista. Cuentan que durante un concierto interrumpió la interpretación, visiblemente enfadada, porque entre el público algunos hombres hablaban demasiado alto. Hasta aquí algo casi normal. Pero la cosa cambia si se abre el encuadre y vemos el escenario. Alma Rosé era judía, directora de la orquesta femenina de Auschwitz-Birkenau y su distinguido público los SS encargados de torturar y asesinar a los presos. Dioses para los que matar a un preso era un acto tan banal como encenderse un cigarrillo.

En mi humilde contribución para celebrar el 8 de marzo propongo recordar la figura de una mujer excepcional atrapada en unas circunstancias que van más allá de la excepcionalidad. Una mujer que intentó sobrevivir en el infierno a golpes de música, teniendo que ganarse nota a nota cada minuto de vida en un lugar en la que el horizonte vital de un preso era de 3 meses. En Auschwitz cada día, cada pequeña decisión, cada gesto, era trascendental. Y Alma tomó algunas decisiones que años después la convirtieron en un personaje polémico, con luces y sombras. O sea, como todos los demás que hemos tenido la suerte de no vivir en el infierno.

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Milgram y la obediencia debida

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La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.

 Stanley Milgram (Los peligros de la obediencia, 1974)

 

El antidisturbios que golpea al anciano en youtube es su vecino, coincide con usted en el parque donde los hijos de ambos juegan juntos. El director de la sucursal que le vendió preferentes a unos jubilados analfabetos está a su lado en la barra del bar, tomando lo mismo que usted. El broker experto en evasión a paraísos fiscales se enamoró de la misma mujer que usted, y a él tampoco le hizo ningún caso. El CEO de la agencia de calificación sufre por su hija, que va por mal camino, como la de usted. La señora ministra, a la salida de su última reunión con el lobby de armamento, no puede dejar de pensar en esa mancha que le ha salido en el brazo. El del medio de la troika toma las mismas pastillas que usted para poder dormir.

Por las calles, las universidades, las plantas nobles de los bancos, los palacios y los estadios de fútbol caminan algunos verdaderos psicópatas, gente malvada que disfruta infligiendo daño al prójimo. Son muy pocos, poquísimos. Fanáticos hay unos cuantos más, pero siguen siendo minoría. El resto son personas como usted y como yo: personas normales, mediocres si me permiten, que, en determinadas circunstancias pueden convertirse en torturadores, sobre todo si cumplen órdenes de otros.

En julio de 1961, Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó un conocido experimento  en el que intentaba medir hasta dónde llega la obediencia a la autoridad cuando se enfrenta a la conciencia personal. Los resultados sobrecogieron al propio Milgram.

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El hombre que se quería comer el mundo

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Ante una crisis tan aguda todos debemos arrimar el hombro, poner nuestro granito de arena, y lo primero es lanzar ideas para solucionarla. Rajoy aporta las suyas: dar nuestro dinero a los bancos, subir impuestos, recortar derechos sociales, amnistía fiscal para los defraudadores, etc. Yo voy a aportar una mía: comámonos a los viejos. A grandes males, grandes remedios. La verdad es que ni las de Rajoy son suyas ni la mía es mía, es de Paulin Gagné.

Paulin Etienne Gagné (1808-1876) fue abogado, periodista, político y, ante todo, un excéntrico francés promotor de lo que llamó la filoantropofagia. Dicha teoría dice que en un acto de fraternité llevada al extremo deberíamos, al llegar a los 60 años, dejarnos comer por los demás. Pero no era de esos que predican rebajar el despido atrincherados en contratos blindados, lo suyo era un “marchemos todos, y yo el primero, por la senda de la filoantropofagia”: cuando lanzó la idea él ya tenía más de 60 años y se ofrecía voluntario.

Pongamos a Gagné en contexto. El es hijo de las ideas de la revolución francesa  y del socialismo utópico. Una especie de Marx devorado por la personalidad de Dalí. Sus ideas, en modo delirante, giran sobre la búsqueda del bien común. Esa es la intención de su “Constitución filantropofágica”, publicada en el diario l’Unité a raíz de la hambruna de Argelia en 1868. Allí habla de “sacrificios salvadores” que permitirían comerse los unos a los otros, siempre que el alimento fueran mayores de 60 años. Así se solucionaba el hambre y el problema de las pensiones de una tacada. Ni repago ni leches. “Los ancianos no son útiles ni ornamentales, y para probarlo estoy dispuesto a ofrecerme como comida para mis sublimes y sufridos conciudadanos«. Todo se haría dentro de un orden y el que no quisiera morir podría donar un brazo o una pierna. Su consigna: el amor del hombre por el hombre dado en alimento.

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