Archivo de la categoría: La zona gris

Nunca es blanco o negro pero hay situaciones y personas en la historia que habitan en territorios especialmente borrosos. En la zona gris, de la que hablaba Primo Levi.

¿Culpable? ¿inocente? ¿Podía haber actuado de otra manera? ¿Qué hubiera hecho yo en esa situación? Preguntas muy difíciles si las pensamos con calma.

Bajo el nombre del padre

El 30 de abril de 1945 Hitler se suicida en el búnker. El 7 de mayo, el general Jodl, jefe de lo poco que quedaba del ejército alemán, firma la rendición ante británicos y estadounidenses, el 8 ante los soviéticos.

Europa en ruinas, Alemania arrasada. Los responsables intentan escapar.  Algunos lo lograrán, esfumándose o pasando a trabajar para los vencedores. Pero los más notables no pueden huir de la muerte a la que habían convocado.

Hitler y Goebbels se suicidan antes de ser capturados. Bormann, aunque la causa no está del todo confirmada, también muere. Entre los capturados hay quien consigue suicidarse –Himmler y Goering– y otros que son ejecutados tras un juicio.

Pero sus muertes, su desaparición, no borran el horror y la vergüenza. Quedan los hijos de los nazis. Dejan hijos que han de cargar con apellidos infames, con una culpa que no es suya. A su manera, también son víctimas de sus padres. Se firma la paz pero ¿hasta cuándo dura una guerra?

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Genie: frágil, preciosa e inquietante

A Genie le robaron la vida. Todo. Ni siquiera el nombre es el suyo, Genie es el nombre que le puso el estado de California a una niña que desde su nacimiento en 1957 no tuvo ninguna posibilidad. La suya fue una vida no vivida. Pasó un tercio de la misma torturada por su padre, otro estudiada por especialistas y del resto no sabemos nada. Se supone que sobrevive todavía en alguna institución mental, pero se ha optado por respetar su privacidad después de que su triste caso gozara durante un tiempo de gran popularidad.

El nombre de Genie, según sus investigadores, proviene de la idea de un genio encerrado en una botella. Ellos pretendieron sacarlo a la luz, sin éxito. Genie es un caso moderno de niño salvaje, una de esas historias a las que la crueldad inicial de crecer sin contacto humano se une el interés que estos raros casos despiertan en la comunidad científica. Así, el ingreso en la ‘civilización’ viene a ser el paso de niño salvaje a objeto de estudio. Con mayor o menor compasión, pero cobaya al fin.

Todas las historias de los niños salvajes suelen ser trágicas y acaban mal, la de Genie es una de ellas.

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¿Quién era Kurt Gerstein?

La noche del 20 al 21 de agosto de 1942 Göran von Otter viaja en un tren hacia Berlín, donde conoce a un tal Gerstein.  Una larga noche que no olvidaría jamás. Y ya es decir para un diplomático, nieto de un primer ministro sueco, que es el secretario de la delegación sueca en la capital del Reich durante la Segunda Guerra Mundial.

No hacía mucho que acaba de salir de Varsovia cuando se le acerca un oficial de la SS e inician una conversación. Supongo que empezaron con trivialidades. Entonces el tren se detiene en medio de un descampado y  deciden bajarse a estirar las piernas.  El alemán enciende un cigarro y de pronto la conversación cambia la vida de von Otter: “he visto algo horrible ayer”, dice el SS.  El sueco ya ha escuchado rumores y le pregunta si es sobre esas historias que se cuentan sobre los judíos. Sí, responde el alemán, que empalmando un cigarro con otro y con gran agitación atropella al diplomático con una historia increíble, una atrocidad que va mucho más allá de los rumores.

Le resultaba difícil mantener la voz baja. Permanecimos allí juntos toda la noche, unas seis horas o quizá ocho. Y una y otra vez volvía a recordar lo que había visto. Sollozaba y escondía la cara entre las manos”, contó después von Otter.

El oficial alemán es un SS llamado Kurt Gerstein, Jefe del departamento Técnico de Desinfección con orden de transportar grandes cantidades del gas venenoso Zyklon B al campo de Belzec. Allí se había encontrado con el Horror, en mayúsculas. Un plan para ejecutar a miles de personas. Gerstein, de fuertes convicciones cristianas, está tan horrorizado como arrepentido y le pide a von Otter que cuente la historia a su gobierno y al mundo.

Aquel hombre traumatizado será considerado, a la vez, un criminal de guerra y un resistente al nazismo. Aún hoy no está muy claro quién era Kurt Gerstein.

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La cárcel de Stanford somos todos

Seguro que no soy nada original –a estas alturas pocas cosas tengo más claras– pero al hilo de los últimos brotes de violencia callejera contra personas e incluso contenedores, yo no paro de acordarme del experimento del profesor Zimbardo, conocido también como el “experimento de la cárcel de Stanford“.

Zimbardo quiso demostrar, nada menos, que las líneas morales son extremadamente inestables y que es muy fácil moverlas dependiendo de la situación. Y lo hizo con uno de esos atrevidos experimentos que se llevaban en los 60, como el de su colega Milgram, y que ahora están demodés, criticados ferozmente por la psicología oficial. La no oficial vaya usted a saber lo que tiene ahora a fuego lento.

El de Phillip Zimbardo tuvo lugar en el verano de 1971 y es muy probable que hayan oído hablar de él o hayan visto una película basada en el mismo.

La película, claro, exagera, pero la verdad es que al profesor aquello se le fue un poco de las manos. Previsto para 2 semanas, tuvo que cancelarse a los seis días.

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El estómago del doctor Beaumont

En 1833, el doctor William Beaumont (1785-1853) era un desconocido médico de Connecticut que durante años había prestado sus servicios en el ejército como cirujano auxiliar, lo máximo a lo que podía aspirar por su formación de aprendiz de médico sin pasar por la universidad.

Pero ese mismo año su nombre pasa a la historia de la medicina al publicar “Experimentos y observaciones sobre el jugo gástrico y el funcionamiento de la digestión”. Su trabajo es un bombazo, una auténtica revolución respecto al conocimiento sobre la  fisiología del aparato digestivo. Fue su salto a la fama, a la gloria médica. Con su descubrimiento se abandonó la idea de que el proceso digestivo humano se basaba en la molienda y putrefacción de los alimentos en el estómago, para confirmar que se trataba de un proceso químico ‘limpio’, en el que toda fermentación supone una patología.

¿Cómo un oscuro médico con una precaria preparación teórica llegó a descubrir la verdad de la digestión humana? Gracias a un colaborador especial que le acompañó en todo el proceso, un humilde transportista canadiense llamado Alexis Saint Martin.

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Las dos muertes de Cynthia Ann Parker

El 17 de diciembre de 1860, Nautdah tiene 36 años y vive en las praderas de Texas con su familia. Es la mujer de Peta Nocona, el joven jefe de una de las tribus de la nación comanche.  Tiene 3 hijos: dos niños, Quanah y Pecos, y una niña, Topsana. Tal vez la noche anterior soñó con una tal Cynthia Ann Parker, el fantasma de una niña blanca que se le aparece  de vez en cuando. Sobre todo en pesadillas.

Pero en general a Nautdah la supongo feliz como única mujer de Peta. Ser la única es una señal de respeto en la poligámica cultura comanche.  La vida allí no es fácil; a medida que aumenta la presencia del hombre blanco mengua la de los bisontes, su principal medio de vida. Las disputas con los blancos son frecuentes desde hace siglos. Pero ahora se huele la derrota,  aquellos forasteros tienen dos armas incontestables: la viruela y el rifle de repetición.

La madrugada del 18 de diciembre son los rifles de la caballería de los Estados Unidos y de los Rangers de Texas los que aparecen por el poblado de Nautdah, cerca de Pease River. Su marido, que resulta herido, y sus dos hijos pueden escapar de la carnicería causada por el hombre blanco. Nautdah, con su pequeña Topsana en brazos, también intenta huir pero es capturada.

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