Rob Riphagen, en el nombre del hijo

Rob Riphagen vivía con su madre, en Amsterdam. Su padre se tuvo que ir del país cuando él era un bebé. Se fue a trabajar a Argentina y a finales de los años 40 Argentina estaba bastante más lejos de Holanda que ahora.

A sus cinco años, las referencias de Robert sobre su padre eran las fotografías que decoraban su casa –una grande en el salón, otra en la mesita de noche– y lo que su madre le contaba sobre él. Cosas buenas: que se había marchado a trabajar lejos para que a ellos no les faltara de nada; eran tiempos difíciles para la mayoría, recién acabada una guerra atroz.

Así que en la mente infantil de Rob su padre era un héroe. Un hombre grande y fuerte, sin miedo a nada ni a nadie y que pronto volvería a casa para cuidarles y protegerles.

Por eso no podía entender por qué en el colegio sus compañeros se burlaban, insultaban a él y a su padre, le pegaban, abrían su cartera y tiraban sus libros y cuadernos al barro. Todo por culpa de su padre.

El pequeño Rob no entendía qué tenía de malo ser hijo de Andreas “Dries” Riphagen.

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Operación Dulcinea, Santa Liberdade

El 20 de enero de 1961 John F. Kennedy toma posesión de su cargo, convirtiéndose en el 35 presidente de los Estados Unidos. Su famoso -y muy manoseado– discurso aumenta su popularidad. No solo en EE.UU; en todo el mundo millones de personas ven en JFK una esperanza.

Aquel dulce día, el nuevo presidente no tiene ni idea de qué es el Santa María –alias Santa Liberdade–, ni el DRIL ni quiénes son el capitán Galvao o el profesor Xosé Velo. Tal vez tampoco quien era Dulcinea.

Pero un trabajo como el que acaba de estrenar no da tregua. Solo tres días después, Kennedy se enfrenta a su primera crisis. Una piedra de toque para probar su capacidad de liderazgo internacional. Y va a tener un montón de asesores explicándoles quienes son esos portugueses y españoles que acaban de liarla parda.

¿Quieren saber cómo?

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